Edición 50

Publicaciones web


De Suaita para el mundo: el nonagenario multitalentos

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017
 POR: ALEJANDRA ACELA, JULISSA GARRIDO Y ÁNGELA MESA
Andrés Platarrueda es un suaitano de 90 años que entregó su vida a la fotografía. Además ha dedicado tiempo a tres de las siete artes...

El embolador: una profesión que se aprende en la calle

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017
POR: MICHELL RODRÍGUEZ, JULIETH VILLAMIZAR Y SEBASTIÁN NONSOQUE
En Bucaramanga, un grupo de emboladores se reúne de lunes a domingo en el Parque Santander para conseguir dinero a cambio de...

“Más que vanidad, este deporte es un estilo de vida”

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017
Por Miguel Orlando Alguero Montano
Aunque en Santander el fisicoculturismo no es reconocido como deporte, hace un par de años cinco culturistas vienen practicándolo como un estilo de vida...


SOS Animal

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017

Un ‘Gomelo’ entre cerdos

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017
Un ‘Gomelo’ entre cerdos
Él nunca se visualizó trabajando en un lugar de estos, dice que todo fue de imprevisto y en sus planes no estuvo quedarse ejerciendo este oficio; solo pensó viajar por un tiempo, pero se ‘amañó’ y ya lleva 16 años ejerciendo una labor a la que “no cualquiera se le mide”. Dentro de ‘La Marranera’, una turbo Mazda con cabina roja y furgón frigorífico, Ramón Ramírez, un cucuteño de 34 años, más conocido como el Gomelo, recorre bajo la luz de la luna las principales plazas de mercado de Bucaramanga y su área metropolitana. Mientras cursaba quinto primaria en un colegio de Cúcuta, Ramón decidió interrumpir sus estudios para dedicarse a trabajar como lavador de carros en una bomba de gasolina de la ciudad, pues prefería empezar a ganar dinero que seguir estudiando, ya que la escuela le aburría y no le llamaba la atención. Inconforme con la carga laboral y el salario que devengaba en aquel lavadero, pasó su hoja de vida a una fábrica de pantalones en Ureña, una vecina ciudad venezolana. Allí se le contrató , junto a un primo, para pegar marquillas, insertar los taches de la relojeras, poner botones, doblarlos y empacarlos. Trabajó en ese lugar durante seis meses, pues ese era el tiempo de duración del contrato. Luego, viajó a Bucaramanga por invitación de su hermana. No pensó que se quedaría más de lo planeado. “Me vine para acá a los 18 años, a pesar de que en Cúcuta está toda mi familia y pues porque no tenía nada que hacer, no tenía trabajo”, relata el Gomelo. Además, agrega que viajó con unos primos que son muy buenos zapateros, Ramón descartó el oficio de sus primos porque no tenía idea de él. Su cuñado le ayudó a conseguir un empleo en el matadero y decidió arriesgarse. Aprendió a cargar los animales mirando, pues entró al matadero sin saber nada; sin embargo, los que tenían más experiencia en el empleo también le colaboraron en la práctica. Todos ayudan mucho. Cuando entra un novato al medio de los cargadores, se le enseña y explica con calma la forma de hacer el trabajo: “La mano se mete acá, se pasa la cabeza por aquí, en el hombro una pierna, acá la costilla y pues uno mira y así aprende rápido; la cosa en sí era ‘hacele’ y ya, pero pues un poco de fuerza también se necesita”, señala Ramón. “Soy el único que me dedico a esto de seis hermanos que somos en total, cuatro hermanas y dos hermanos”, comenta sentado en una silla Rimax. Se viste con uniforme blanco y botas amarillas plásticas salpicadas por sangre animal, cuenta que su única labor a diario es cargar cerdos muertos o ‘canales’ para la venta. Primero empezó en el matadero del barrio La Feria, pero ese fue cerrado y, luego, se abrió uno nuevo llamado El Vijagual, que está en el kilómetro ocho vía Bucaramanga-Rionegro, Santander; allí siguió ejerciendo el oficio. Ramón reconoce que no le dio duro empezar en este trabajo, lo tomó normal y no se ‘asqueó’ para nada, de hecho, le apasionó. Desde que llegó al matadero lo apodaron como el Gomelo por su cabello largo, tatuajes y aretes de color fosforescente que nunca se quita. “Siempre me han dicho así, hasta los patrones, y me gusta”, dice. A pesar de que les asignan dos dotaciones cada seis meses, asegura que hasta el momento los empleados no han tenido inconveniente alguno con los uniformes, ya que trabajan de lunes a sábado con dos que van turnando. “Lo bueno es que la tela es muy bonita para lavarla, se lava con jabón y límpido y ya, es suave de lavar y no se mancha”, afirma. Cuando estaba soltero, él era quien se encargaba de lavar sus uniformes todos los martes, jueves y sábados, pero ahora quien le ayuda a hacerlo es su esposa, una cucuteña con quien lleva aproximadamente 12 años de relación y es la madre de su hijo de cinco años. Actualmente, el Gomelo reside en el barrio Colorados con su familia. Antes, cuando vivía en el Girardot, se le presentaban más dificultades con respecto al transporte, pues el barrio estaba mucho más lejos del matadero. Algunas veces un compañero le hacía el favor de llevarlo en su moto o en ocasiones cuando no alcanzaba al bus de las 10:00 de la noche, se veía obligado a esperar algún camión de carne para que lo acercara, pero a cambio de eso le pedían ayuda para descargar las vísceras y ‘canales’. Tiempo después estuvo al mando de un cargue de 200 a 400 vísceras para exportación, esto le permitió aumentar sus ganancias y comprar una moto para movilizarse con más facilidad de su casa al matadero; ya no perdía tanto tiempo de sueño esperando a alguien que lo acercara a su casa. Ramón llama constantemente a su jefe para saber a qué hora se realizará la ‘matada’ y llegar puntual. Ya dentro del matadero, no se les permite acceder a la ‘línea’ donde se realiza el sacrificio de los animales. Los trabajadores se preparan con toda la indumentaria de trabajo que se compone de guantes, gorro, tapabocas, camisa, pantalón, delantal y botas; una vez listos se trasladan hacia la ‘sala de oreo’, donde se cuelga a los animales ya sin vísceras para que se ‘aireen’ y se sequen. Ramírez menciona que tienen horario de entrada, pero no una hora fija de salida: “Eso depende de la matada, pero entre más temprano sea, pues mejor, más rápido se termina”. También depende del número de cerdos. Si hay gran cantidad, deben hacerse dos viajes, ya que el furgón solo tiene capacidad para el transporte refrigerado de 80 cerdos. Normalmente, el recorrido que hacen a diario inicia en la plaza del Centro, luego pasa por la Satélite, sigue por Villabel, Lagos, Piedecuesta, Guarín y, finalmente, San Francisco. Algunos días las plazas de La Concordia, el Mutis y Florida hacen pedidos, entonces la ruta se modifica, todo depende de “la hora en la que empieza el movimiento en cada plaza”. El primer destino es la Plaza Central, allí demoran más tiempo descargando porque es el lugar donde más cantidad de cerdos llevan. “Uno descarga trotando, ¡corriendo casi!, para agilizar y uno también soltar el peso rápido”, comenta mientras se pone otro marrano a cuestas. Con un tinto en la mano se sienta en un andén frente a la Plaza Satélite a descansar por un momento, ya que llegaron a la ‘la zona refrescante’; así es como le denomina el Gomelo a un puesto ambulante frente a la plaza donde una señora vende empanadas y bebidas. Afirma con toda seguridad que no le da asco nada, “yo puedo terminar de ‘botar’ o dejar un cerdo con las vísceras en algún puesto y voy y me tomo un tinto con pan como si nada. Como delante de los sesos y no se me da nada. Solo me lavo las manos y ya”, asegura mientras sorbe un pucho de café. Ramón considera que “el trabajo no es nada fácil”, pues aparte de lo arduo que es cargar porcinos entre 80 y hasta 250 kilogramos, también “es complicado adaptarse a la noche” y ausencia de descanso los fines de semana. Con la cara en alto confiesa que para su oficio se requiere “la voluntad y la gracia de probar el trabajo”, pues según él, la cuestión de la fuerza queda en un segundo plano cuando las personas quieren y se esfuerzan por lograr algo. Una de las cosas que más le costó al inicio de su empleo fue acomodar sus horarios de sueño; se acostumbró a bañarse apenas llega a la casa, desayuna alrededor de las tres o cuatro de la mañana y se acuesta a dormir hasta las dos o tres de la tarde. Al respecto, Ramón afirma: “La tarde, si es toda libre, algunas veces entonces me pongo a hacer cosas por ahí, que tengo que salir a hacer diligencias en el centro y así, o así sea en la casa, que una cosa o la otra, pero no vuelvo a dormir más”. Aunque ha tenido ciertos malentendidos con su esposa, la entiende y se pone en su posición porque “siempre le toca pasar las noches sola”, eso algunas veces le hace querer buscar otro empleo. Pero de cierta forma este oficio le brinda una estabilidad porque, aunque no tiene un sueldo fijo, le pagan por porcentaje; aproximadamente está ganando un millón 200 mil pesos cada mes, con lo cual mantiene a su familia. Detalla sus manos y luego mira al techo mientras cuenta que le gustaría tener plata para pasear, ayudar a su familia y viajar; “no conozco ni la costa”, agrega. Afirma que le gustaría ganarse la lotería para ayudar a sus hermanas y especialmente a su sobrino, quien con 22 años de edad cayó en la droga, y aunque estuvo en centros de rehabilitación, “no logra reponerse”. Ramón también cuenta que una de las cosas que más anhela en la vida es verlo bien, pues lo mantiene tranquilo pensar en el bienestar de su familia. Entre las terminaciones de las mangas de su camisa, se alcanza a notar uno de los dos tatuajes que tiene. No cree en que los tatuajes necesariamente deben tener un significado, pues las ‘enredaderas’ que tiene por toda su espalda y que rebosan en sus brazos se las realizó por simple gusto, ya que, según cuenta, su sobrino le propuso ‘rayarse’ con un amigo de él, que vendría a Bucaramanga; entonces, se animó. El segundo tatuaje, y el que cree más importante, se lo hizo en su antebrazo derecho: “Son las huellitas del registro civil de mi hijo Alejandro, así siento que siempre está conmigo”, afirma mientras sonríe y pasa sus manos sobre él. A pesar de que trabaja en medio de cerdos, la carne de estos animales no es de su agrado. De la gastronomía derivada de ellos, solo le gusta la lechona y el chicharrón; sobre el tema, señala: “Lo como, pero no es que yo diga que voy a ir a la plaza a comprar cerdo, me gusta más la carne de res porque me da más asco el cerdo, por el sentido en el que se alimentan”. Sin embargo, su apreciación sobre el cerdo purino es diferente: “Ese sí es lo mejor”, expresa. ‘El Gomelo’ es muy disciplinado en su trabajo, se siente muy contento recalcando que es “cumplido, muy responsable, muy buen trabajador, lo mejor”. Afirma: “Soy buen empleado, súper, súper, me considero súper buen empleado”. Ejerce su oficio junto a Hernando, el conductor de ‘La Marranera’, quien de vez en cuando ayuda a empujar ‘la zorra’ hasta el ascensor que usan para el descargue en la Plaza Central, para ahorrar tiempo y ‘echar una mano’. Aunque en otras ocasiones “él siempre parquea la turbo con furgón en el muelle y espera [que carguen] para salir”. El otro compañero de Ramón se llama Rafael y tiene la función de realizar la misma tarea de cargador; admite que “entre nosotros sí hay inconvenientes, pero no agresivos, a veces que ‘mamamos mucho gallo’, pero él no es mal compañero, es muy buen compañero, no es envidioso ni nada, y el chofer tampoco, los tres trabajamos siempre súper, súper bien”. La relación entre ellos es muy buena, pues hasta ‘recochan’ y bromean con los patrones. Los ‘cacharros’ del Gomelo Entre el frío de la madrugada y el olor característico de la carne fresca, Ramírez hace memoria de los ‘cacharros’ por los que ha atravesado a lo largo de su vida. Se refiere así a las historias o anécdotas que con gracia componen sus recuerdos. Ramón ha sido testigo de infortunados sucesos que han vivido sus compañeros; cuenta que un día mientras realizaban un descargue, uno de sus compañeros sufrió un accidente insertándose un garfio en la mano mientras ‘desganchaba’ un cerdo. Tiempo después, en la Plaza Central, otro de sus compañeros se partió un diente con un gancho que rebotó justo cuando estaba soltando una presa. Una semana después al hecho, estando en el matadero, un muchacho se recostó en la parte trasera de la turbo, se resbaló y al intentar agarrarse de la puerta para evitar la caída, una lata le cortó todo el antebrazo. “A ese muchacho lo vi hace días por ahí en la Plaza Guarín, parece que ya se recuperó”, comenta. Antes de que Hernando fuera el conductor, quien hacía las rutas y los transportaba era ‘don Sabas’, un señor de 60 años que según él “poco dormía porque llegaba a la casa y los nietos no lo dejaban. Además, le tocaba llegar a lavar el furgón todos los días, entonces no le quedaba mucho tiempo para descansar”. Narra que en ese entonces, pasaron por algunos accidentes viales, pues ‘don Sabas’ siempre se quedaba dormido mientras conducía. Uno de los sucesos que más recuerda fue un choque en el que “fueron solo latas”. Cuenta que un sábado 20 de diciembre a eso de las cinco y media de la mañana, estaba descargando una turbo de Kikes y precisamente cuando terminó su turno en la Plaza Central, lo llamó ‘don Sabas’ preocupado y le dijo: “Ay mano, si supiera lo que me pasó… me estrellé”. El choque ocurrió por la carrera 21 con 20, más abajo de la Plaza San Francisco, exactamente en una calle que tiene tres carriles. Rafael, el compañero del Gomelo, estaba recostado en toda la cabina, por eso no se dio cuenta cuando ‘don Sabas’ se quedó dormido y desvió la turbo hacia el parqueadero de un templo evangélico, estrelló un Renault 9 que en ‘efecto dominó’ se llevó otro carro y cuatro motos. Debido a eso, fue necesario sellar toda la vía, pues “eso acabó con todo”, siete vehículos en total: cuatro motos, dos carros y la turbo. “Cuando yo llegué allá, mi compañero y el chofer estaban bien, no les pasó nada gracias a Dios. Hasta en el Q'hubo salió un titular que decía ‘El matasiete’”, dice riendo y asintiendo con la cabeza; a esto agrega: “Qué ‘cacharro’ bueno ese que nos pasó”. De esa vez, solo la cabina se dañó y tocó cambiarla toda, “la que ahora tenemos está nueva”. El furgón quedó entero, Ramón agrega: “Es un furgón muy espectacular (….); ese fue el accidente más ‘recochero’ que hemos tenido”. Otro susto que les pasó tuvo lugar en Piedecuesta, por un pare; el conductor se ‘lo comió’ y, ‘prácate’, fue a dar con un taxi. Al conductor lo dominó el sueño, “para ese entonces tenía por ahí como 63 años y pues no es que se viera tan abuelito, sino que el sueño es duro. Si uno no descansa bien, lleva del ‘tabliao’”. Durante los 16 años que Ramírez lleva laborando en este oficio, le gusta cuidarse mucho para prevenir algún accidente, pues considera que no es bueno estar incapacitado. Nunca se ha cortado; confiesa usar siempre una correa, “de esas que usan los que alzan pesas, la propia”, para protegerse la columna; afirma que con la correa se siente más seguro y confiado al levantar cualquier peso, pues la anchura trasera del cinturón le hace sentir que está protegido. Ramón reconoce que el cuidado está en cada persona y que en su caso solo ha tenido un accidente. Antes de contar lo sucedido, aclara que los cerdos van colgados de las patas a unos garfios y también a una varilla que se llama espernancador; esta es gruesa, de hierro macizo y puntas curvas para ‘enganchar’ el animal. Ramírez cuenta: “Un día en el matadero iba a bajar el cerdo y a lo que lo alcé de la pata, la varilla se salió y cayó de punta en mi pie, me traspasó la bota y me rompió”. Ramón recuerda que eso sucedió cuando empezaban a cargar los animales al furgón, por lo que Rafael tuvo que trabajar sin compañero por esos días. No se consiguió a nadie que rindiera y ‘diera la talla’ que daba su desempeño. Después de ese incidente, acudió a urgencias; allí le pusieron ocho puntos en la herida. “Esa varilla pesaba mucho y se me cayó como a una altura de dos metros y medio, y preciso de punta; me rompió la bota y se me enterró en el segundo dedo del pie izquierdo. Lo único bueno fue que no me agarró el tendón ni nada de eso”, expresa. Por aquel hecho a Ramón le otorgaron diez días de incapacidad médica. En la Plaza de Lagos, Ramón resalta que gracias a Dios, él solo ha tenido ese accidente. Sin embargo, sostiene que sí tiene muchos compañeros ‘jodidos’ de la columna. Todo esto debido a las fuertes cargas que deben soportar en su espalda cada madrugada. También hay otros colegas ‘vueltos nada’ de los pies, porque cuando van bajando por la escalera se deslizan con la presa y lastiman los tobillos. El Gomelo, en medio de la fortaleza, las ganas, el empeño y la ‘cara dura’ que le pone al trabajo, resalta su sensibilidad humana cuando cuenta que le produce lástima el proceso de sacrificio de los animales dentro del matadero. Además, le impresiona ver canales de 50 o 60 kilos, pues son demasiado pequeños para matarlos y darlos a la venta. Ramón es consciente de diversos factores que rodean su trabajo, entre ellos: los peligros que corre en las altas horas de la noche, los riesgos que conlleva ejercer un oficio como el suyo, los accidentes que inquietan, la sensación no dedicar el tiempo suficiente a la familia, etc.; a pesar de estas circunstancias, el Gomelo siente gusto y orgullo cuando dice ser cargador y transportador de carne. “Lo que empezó siendo una obligación, se convirtió de a poquito como en un gusto y pues, nada, me siento bien”, expresa mientras se quita los guantes y cierra la puerta de ‘La Marranera’, dando así por terminado el recorrido.
POR LINA MARÍA RUEDA VELÁSQUEZ, ANGIE DAYANA ARCILA CÁCERES Y NATHALIA MARTÍNEZ ARENAS
Mientras la ciudad duerme, Ramón Ramírez se desempeña en una labor que parece desagradable para muchos....

Un negocio entre la vida y la muerte

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes 22, de Agosto de 2017
POR LAURA NATHALIA PEÑA CÁRDENAS, MARÍA INÉS AYALA PEDROZA Y ANGIE CELIS ACUÑA 
Las floristas, sepultureros y marmolistas conforman el negocio que está al servicio de los que partieron de la...
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