El silencio de la inocencia

Publicado en Revista | Jueves 21, de Febrero de 2019 | Actualizado el Jueves, 21 de Febrero de 2019

[FOTO 1]: El silencio de la inocencia
Son muchas las víctimas que no denuncian por miedo a ser castigadas más severamente. Foto: María José Echeverry/Pfm. Foto

A mitad de la madrugada Antonia*, una joven de 21 años, se despertó y lo primero que recorrió su cuerpo fue una parálisis momentánea que luego estuvo acompañada de una total desorientación del lugar en el cual se encontraba. Una sensación de miedo y desesperación la poseía. A pesar de la oscuridad, al intentar incorporarse notó algo que había ignorado: estaba desnuda, con la mitad de su cuerpo adolorido y manchada de sangre entre sus piernas. Sin saberlo acababa de ser abusada sexualmente y desconocía quién era su agresor.

La noche había iniciado de manera improvisada, Antonia cuenta que, junto a una amiga cercana, de un momento a otro, decidieron ir a una de las discotecas más concurridas de Bucaramanga. El destino jugaba a su favor, contaban con la compañía de varios amigos, así que entre risas y alegrías se unieron a la euforia que la noche les brindaba.

La música en alto volumen, el baile, el alcohol y las amistades que tenían, les hizo ignorar las penas que sentían, a tal punto que perdieron el conocimiento. Pero antes de esto, sin adelantar los acontecimientos, Antonia se encontró unos conocidos oriundos de su ciudad natal, quienes estaban acompañados por algunos desconocidos. Entre ellos había un joven que ella nunca pasaría por alto, ni olvidaría su silueta sin rostro.

Él constantemente se le insinuaba, pidiéndole que bailaran, que tomaran juntos y que le diera información personal, a pesar de tanta presión y acoso, Antonia se limitaba a decirle no o simplemente a ignorar lo que le decía. Ella dice que no le gusta relacionarse en discotecas con gente que no ha conocido antes y como constantemente los hombres se le insinúan, no entró en pánico ni le dio importancia en el momento.

Y es que las miradas de los hombres nunca se le apartan, ya sea en la universidad o en la calle, siempre están sobre Antonia: “independientemente de la ropa que yo use, sea algo corto o escotado, a los hombres no les da el derecho de abusar de mí, como ellos quieran o cuando ellos quieran”, dice. Cerca de las 12 de aquella noche, la mente de Antonia se nubló y hasta el día de hoy esa laguna la sigue persiguiendo. Sin embargo, hay un momento que tiende a azotar su tranquilidad en las noches; recuerda sentir la necesidad de luchar, de gritar y salir corriendo porque percibe y ve a un hombre sobre ella que le aprisiona el pecho, un dolor se abre camino en medio de sus piernas y le nubla el pensamiento, la ciega al instante. El alcohol le da una mala jugada, es este el que no le permite tomar control de su cuerpo, no le permite entender en dónde está y qué hay a su alrededor; es este un cómplice del hombre sin rostro que le quita su tranquilidad, la marca y la oprime de por vida.

Cuando Antonia relata su historia, su cuerpo se inquieta y mira a su alrededor temiendo si aquel sujeto estará ahí escuchando o riendo de su pena. El nerviosismo y un temblor en su voz dejan en evidencia que a pesar de haber pasado un año desde aquella tragedia, ella sigue pensando al respecto y sufriendo por ello, pero ¿cómo puede alguien olvidar eso? — Esta es la hora y no sé cómo se veía o cómo es él —dice un poco nerviosa— yo sé que fue ese joven que me seguía en la discoteca, pero cómo sé que no me lo he encontrado ya en la calle o que yo ya le he dirigido la palabra. Es un fantasma que me atormenta en las noches y mi mente juega con eso.

 Sitios en los que puedes denunciar

-La Fiscalía General de la Nación es la autoridad encargada de investigar los hechos de violencia sexual en sus Unidades de Reacción Inmediata (URI).

-Centros de Atención Penal Integral a Víctimas (CAPIV)

-Centros de Atención Integral a Víctimas de Violencia Sexual (CAIVAS)

-Salas de Atención al Usuario (SAU)

- Además a las Comisarías de Familia.

-Estaciones de Policía y SIJIN

-En caso de menores de edad, la línea gratuita 141 del ICBF, está habilitada para todo el país.

Nunca denunció. Cuando se levantó de la cama, atravesó todo un cuarto sumido en un desorden que no se veía por la oscuridad. No pensó en buscar pistas que le ayudarán a entender qué acababa de pasar, ¿cómo iba pasar esa idea por su cabeza? ella solo quería huir, no volver y de igual manera no recuerda cuando cruzó la salida, ni en qué momento tomó el taxi a su casa. Afirma haber visto a su amiga; ambas igual de desorientadas y confundidas, se salieron de ese lugar. Antonia llegó en hurtadillas a su casa y justo cuando se encontraba dentro de su habitación, fue que se dio cuenta, entre llanto, de lo que le habían hecho.

—Llevo un año tratando de recordar qué pasó exactamente, quién era él y por qué me tomó a mí. Nunca denuncié ni le dije a mis padres, porque no quería ser “a la que había violado”, no quería que me tuvieran lástima, ni que me señalan o juzgaran más, suficiente tengo conmigo. Además, ¿cómo una hija puede decirle a su madre que la acaban de violar? —dice Antonia con un poco de ira.

En Colombia en el último año, según Medicina Legal, los abusos aumentaron en un 8,9% en el país, una cifra a la cual muchos son ajenos o desconocen. Ahora hay que pensar en cuántos de estos casos no son denunciados por el miedo que las víctimas sienten de ser juzgadas, señaladas, miradas o apartadas. Una realidad silenciosa azota bajo sabanas el país. Se les dice a los hijos, cuando están creciendo, que nunca se queden callados, pero ¿cómo decir eso si muchos padres desconocen la conmoción del momento? es más, ¿cómo denunciar algo que muchas veces ocurre dentro del hogar? tal como sucedió en la infancia de Sandra*.

Tenía 13 años cuando alguien se escabulló en su habitación y le arrebató la inocencia que poseía. Sandra nació en la costa caribe colombiana, pero durante el inicio de su adolescencia, por asuntos familiares, vivió en Venezuela. Allí intentó adaptarse a esa nueva vida que se le era impuesta, sin embargo, el abuso que recibió en su hogar hizo que odiara su estadía en el vecino país.

Sandra cuenta que una noche se disponía a descansar, se despidió de sus padres y se acostó en su cama. Pasados unos momentos, cuando la oscuridad ya estaba consumiendo cada rincón de su cuarto, “Él” entró sin permiso, pasó el cerrojo de la puerta y se abalanzó sobre ella.

Primero tapó su boca, impidiendo que su cuerpo diera la respuesta automática en una situación semejante; gritar, pedir auxilio, implorar ayuda. Lentamente sus manos la corrieron, el tacto absorbió cada parte de ella hasta llegar a su intimidad; sin importarle la resistencia que su cuerpo ponía y la fuerza que Sandra estaba ejerciendo para liberarse, aquel hombre introdujo sus manos entre las piernas para luego darle paso a su miembro. Él la doblaba en tamaño, pues ella era solo una niña que en el momento en que sintió el dolor consumir su cuerpo y el ardor quemar su alma, dejó de resistir y cayó en una parálisis; sabía que sus esfuerzos eran inútiles y era consciente que su tranquilidad había sido arrebatada.

[FOTO 4]: El silencio de la inocencia
Para el primer semestre de 2018 la Fiscalía General de la Nación, Seccional Bucaramanga, reportó 826 denuncias por delitos sexuales y de estas al menos el 70 por ciento de los casos las víctimas involucran menores de 14 años. Foto: María José Echeverry/Pfm. Foto

En pocos minutos fue marcada de por vida y desde entonces un fantasma suele visitarla en las noches, para recordarle que nunca nada será igual para ella. Cuando “él” acabó, se levantó, la miró, subió sus pantalones y sin decir ni una palabra salió de la habitación. Sandra escuchó los pasos del hombre alejarse y su llanto interrumpió. Algo había muerto dentro de ella.

Muchas cosas pudieron pasar después, pudo ir a la habitación del lado y contar a sus padres lo que acababa de ocurrir o salir al pasillo para gritar a su familia lo que un miembro de ellos acaba de arrebatarle. Nada de eso ocurrió, las lágrimas la consumieron en aquella noche y en todas las siguientes; han pasado 5 años, pero el miedo, de que esa puerta vuelva a ser abierta, sigue latente.

Era una historia que solo le pertenecía a “él” y ella. Nunca denunció y sus padres nunca se enteraron: “No era capaz de decirlo, por más que quisiera o lo intentara, no era capaz. Sé que a mi madre le habría destrozado saber eso, ella no tiene que pagar por el dolor que me hicieron sentir a mí”, dice Sandra.

Como Antonia y Sandra, hay muchas otras mujeres que han sido abusadas a lo largo de sus vidas y algunas de ellas en repetidas ocasiones. Sin saberlo, la mujer de al lado puede ser una víctima silenciosa de la inocencia de una violación. Siempre se dice lo importante de no exponerse a situaciones como estas, pero ¿cómo cuidarse de algo que nunca se sabe cuándo vendrá o si ocurrirá? La sociedad está en crisis de humanidad y es preciso recordarles a las personas el valor del otro y que no pueden tomar las vidas de otros como si les pertenecieran.

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