Relatos urbanos

Nacionalidades diferentes, corazones iguales

Publicado en Revista | Martes 06, de Marzo de 2018 | Actualizado el Martes, 06 de Marzo de 2018

No todas las personas tienen buen corazón, pero aquellas que sí lo tienen prestan una ayuda social por el bienestar de su prójimo. Este es el caso de Manuel Alarcón, un bumangués de 45 años de edad, licenciado en Educación Física que un día caminaba por el Parque García Rovira en Bucaramanga y se encontró con la cantidad de ciudadanos venezolanos quienes permanecían en ese lugar en condiciones no óptimas. Por eso se solidarizó y decidió ayudarlas.

Manuel es considerado como el ‘líder venezolano’, pues a pesar de su nacionalidad colombiana ha sido la única persona que se ha entregado en alma y cuerpo a su labor social como representante de estos compatriotas. Les ayuda con la comida, un techo para pasar las noches y con alguna que otra ayuda material, como ropa y zapatos. Esta entrega lo llevó a renunciar a su trabajo, por lo cual ya lleva un año sin ejercer su profesión, pero él dice que ha valido la pena porque se siente a gusto, tranquilo y apasionado por lo que hace a pesar de los obstáculos que ha enfrentado.

Los venezolanos solían permanecer en este parque, pero una riña en la que a Manuel Alarcón resultó herido con un arma corto punzante por un ciudadano de ese país les costó su estadía allí. El caso fue ampliamente difundido en los medios locales y nacionales y generó rechazo.

Los inmigrantes tuvieron que salir de lugar, porque para la policía ‘’ellos estaban invadiendo espacio público’’. Muchos de ellos aseguran que en Venezuela las oportunidades son pocas actualmente, esto producto de las situaciones políticas y económicas actuales; por esa razón tuvieron que emigrar a otras regiones como Brasil, y obviamente Colombia para conseguir una mejor calidad de vida.

Actualmente, hay aproximadamente cincuenta mil venezolanos en Bucaramanga. Algunos de ellos son cabezas de hogar que solo vienen aquí a trabajar para poder mandar algo de dinero a sus familias que están en la frontera con Venezuela para comprar alimentos pues lo que ganan allí no es suficiente. Una libra de yuca, por ejemplo, vale más de dos salarios mínimos venezolanos y, paradójicamente, esta cantidad de dinero la consiguen en dos días trabajando en Bucaramanga, afirmó Wiston Acosta, un abogado venezolano que aquí en Bucaramanga se dedica a la venta ambulante de frutas.

Muchos colombianos que ven a los venezolanos piensan que son gente de mala fe y aunque algunos sí lo son, según cuenta Manuel, la mayoría son personas de bien, educadas y estudiadas. Dentro de esa multitud se encuentran abogados, comunicadores sociales, enfermeros, administradores de empresas y hasta un patólogo que solo se pudo dedicar a vender tintos en La Ciudad Bonita. Las políticas de su país no les permite tener documentos de salida; por ende, se encuentran indocumentados ‘’pero no porque queramos, sino porque así nos tocó y no hemos tenido oportunidades para obtener la ciudadanía colombiana y estar legalmente aquí’’, dice Richard Rojas, quien trabajaba en Venezuela en una empresa automotriz, pero aquí vende dulces en un ‘carrito’.

Manuel lucha cada día para que esta población tenga mejores oportunidades de vida. Él consigue ayudas por medio de un Presbítero de la Arquidiócesis de Bucaramanga, quien colabora económicamente con lo que puede.  

Igualmente, el restaurante El Peregrino les ofrece almuerzos a los venezolanos a tan solo $500 pesos. También José Rodríguez ofrece a 3.000 pesos llevándolos hasta el lugar; él camina desde el parque García Rovira hasta unas cuadras más arriba con el fin de ofrecerles alimento. Al igual que Wiston y Richard, José es venezolano; lleva tres años en Colombia y junto a su esposa cocinan y venden almuerzos para tener un sustento.

Ahora, los ciudadanos del país vecino quieren mostrar que no por uno tienen que pagar todos. La agresión de la que fue objeto Manuel no debe ser un impedimento para ver que hay personas que verdaderamente pueden entregarse al trabajo legal en Colombia; pese a que no es mucho lo que ganan, sí lo es frente a lo que consiguen en su país.

Muchos de ellos cuentan que quieren hacer las cosas por el bien. Por ello se han opuesto a propuestas de personas de mala fe quienes les ofrecen que ‘rayen’ coca y la vendan, ya que son conscientes que esto les traerá problemas; prefieren evitar y demostrar que no son una ‘plaga’, ‘ladrones’ o ‘estorbos’ como los definen algunos colombianos, y que tampoco pueden aprovecharse de su situación para reclutar gente ‘fácil’.

Para los inmigrantes no ha sido sencillo aceptar el rechazo, y no están dispuestos a hacerlo; son personas ‘’comunes y corrientes que también tienen derechos humanos y que en este momento están siendo vulnerados’’, manifestó Richard.

Ellos necesitan una oportunidad para vivir mejor. De hecho, con lo que ganan al menos les alcanza para pagar cuatro mil pesos diarios de vivienda y el resto para comer, aunque tengan que vivir aproximadamente 12 personas en una sola casa.

¿Por qué no han logrado ser aceptados? La respuesta es sencilla, porque la minoría de ellos han cometido errores que llevan a que los tilden a todos como ‘vagos’, y como personas que no son buenas, pero para esto Manuel tiene soluciones. Por eso sigue tocando puertas y aunque muchas se las cierran otras se abren, por ejemplo, la de Celestino Mojica, excandidato a la Alcaldía de Bucaramanga, quien les ayuda con algo de subsistencia como dinero.

Si bien los venezolanos dicen no sentir el cariño y la aceptación de toda una población, creen que arriba hay un Dios que todo lo ve y “solo Él sabe cómo hacer sus cosas”. Así reconocen que tienen fe en que algún día el momento de triunfar les llegará.

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