Huellas de guerra, memorias al olvido

Publicado en Edición 52 | Jueves 22, de Febrero de 2018 | Actualizado el Jueves, 22 de Febrero de 2018

 

“Quemaron a Norosí, no tenemos nada mamá, fueron las palabras que Aurora Pacheco pronunció con melancolía en su voz recordando aquella tarde de noticias tristes traídas por su hijo menor, Efraín.

 Era una fresca y soleada mañana en Norosí, un pueblito campesino acogedor en el sur de Bolívar, lleno de oro en todos los sentidos, por su riqueza natural, pero también su gente humilde y trabajadora, mientras se oía el sonoro cantar de los gallos, los campesinos salían con su burro bien ensillado a buscar el pan del día a día y saludando a todos por las calles.

Las personas se conocían unas con las otras, eran amables y se le servía al vecino, al compadre, amigo, ahijado y al desconocido; amaneciendo olía a café, se escuchaban los sonidos del pilón preparando el arroz recién tomado de la siembra para hacerlo al desayuno, almuerzo y si quedaba para la cena se repetía. Las mujeres trabajaban a la par de los hombres, muy temprano barrían la calle y alistaban la ponchera para irse a lavar a la orilla de la quebrada, mientras que los niños iban a la escuela, épocas y amaneceres de antaño.

[FOTO 2 ]: Huellas de guerra, memorias al olvido
Iglesia de Norosí años 90’s Foto

Lo que no se imaginaban, era que todo cambiaría en Norosí, porque días antes de la tragedia, las calles se empezaron a inundar con unas atemorizantes palabras impresas en panfletos que la brisa levantaba por todo el pueblo: “Salgan porque vamos para allá, no respondemos por la vida de nadie” contaba Aurora o Lola, como de cariño le decían todos. Era la alerta de que se iban a “meter” los paramilitares y que debían abandonar su terruño, dejando lo que con tanto esfuerzo habían logrado conseguir.

"Se escuchaba que venían cerca por los lados del río con destino hacia la zona montañosa, en la que estábamos ubicados nosotros", narraba Jailthon Ariza ahora yerno de Aurora, en aquel tiempo vecino, líder de acción comunal y docente, con la misma preocupación e incertidumbre.

La tensión en el pueblo era punzante, la orden era que quedara totalmente desolado para cuando llegaran los asesinos, muchas familias con miedo, tristeza y angustia se desplazaban con lo que podían, a otros lugares cercanos, unos en mula, en vehículos y otros a pie, pero todos huyendo de la muerte.

Entre esas familias la de Aurora Pacheco, quien en aquella época era toda una comerciante productiva, con varios bienes entre ellos tres casas, en la calle central del pueblo seguidas una al lado de la otra, la primera donde vivía con sus nueve hijos y esposo, la segunda era un estadero llamado “La Barequera” término oriundo de la región, ya que los campesinos se iban a barequear o más específicamente a sacar oro de las quebradas para venderlo y sostener a sus seres queridos, pero también allá “iban a dar” para refrescarse con una cervecita, y la última casa un almacén donde vendían toda clase de artículos toda clase de artículos al por mayor y detal. Por todos lados había ingresos económicos lo que les permitía tener lo que se puede necesitar, fincas, animales, máquinas, contratos y una numerosa familia, sin preocupación alguna, pero no esperaba el vuelco que su vida daría gracias a la violencia armada.

[FOTO 3]: Huellas de guerra, memorias al olvido
Muestra de las recetas que Aurora prepara. Foto: Laura Ariza Foto

Los días no alcanzaban para asimilar y actuar ante tal acto que iba a suceder, todo era incertidumbre e impotencia ya que no se podía hacer nada en tan poco tiempo sólo huir, los insurgentes invadieron, lo que no quemaban, lo saqueaban, hubo muertes de civiles como de militares, el pueblo quedó devastado totalmente, tanto así que desde ese aterrador noviembre del 98 hasta los primeros meses del siguiente año Norosí, estuvo abandonado, incinerado junto a los sueños de sus habitantes, que lo perdieron todo.

“Llegaron los paramilitares y acabaron con todo“, fue la noticia que recibió la señora Lola, con la voz entrecortada en una mezcla de impotencia y dolor.

En esos días ella se encontraba de viaje en la ciudad de Bucaramanga Santander, cuidando de su madre que yacía enferma en una clínica mientras sus hijos sufrían los estragos del conflicto; esa mañana, 11 de noviembre de 1998, las letras amenazantes tomaron sentido y forma, sin tiempo de reaccionar los grupos armados se tomaron el pueblo destruyendo, robando y arrasando con todo a su paso, incluyendo, las pertenencias de Aurora y su familia, dejándolos sin nada, llevándose sueños e ilusiones y consigo la vida digna que ellos habían construido.

 El menor de los nueve hijos fue el último que salió y lo único que alcanzó a rescatar fue un retrato de su abuela “Encha” y 120.000 pesos que horas antes una señora le había pagado; no se pudo salvar nada, lo único que esperó a Aurora fue el perro que tenían por mascota, gallinas, paleteros, neveras, nada quedó solo los solares como terrenos baldíos.

Solo algunos vieron luz en medio de la oscuridad, ya que al pasar el tiempo fueron retornando a su pedacito de tierra y encontraron sus viviendas como las dejaron o lo más parecido a cuando salieron corriendo de ellas, algunas personas nunca volvieron, decidieron dejar atrás tanto dolor y rehacer su vida en otros lugares empezando de cero, contaba Jailthon.

Aurora no recibió ayuda del gobierno, en aquel momento tan difícil, porque en los pueblos “el que tiene más salida traga más harina”, por esta situación, alguna vez solo recibieron unas láminas de zinc y un cemento que alcanzó para levantar una pared, sólo eso.

Al transcurrir los años, esta mujer ha logrado salir adelante con la ayuda de su familia, sus hijos y sus hermanos, quienes les han dado la mano, mientras ella se sustenta de lo que aún la edad le permite hacer, la herencia de sus generaciones pasadas: los dulces de leche, las panochas, quequis, galletas, cortadas, pan dulce y demás delicias que vende donde actualmente vive, en un pueblito del cesar llamado Chiriguaná, pero no sólo allí “mis dulces han llegado hasta el exterior” alardea con una sonrisa, “son tan buenos que quien los compra, ¡vuelve! le lleva a la familia, los reparte al exterior, luego los preguntan y hasta los extrañan”.

En el Sur de Bolívar aún sigue en pie aquel pueblito que resurgió de las cenizas, hoy en día Jailthon Ariza el yerno de doña Lola es el alcalde del nuevo municipio de Norosí y desempeña su labor en pro de las víctimas a las que también él pertenece, velando por el bienestar de su gente.

Actualmente gracias al proceso de paz y las diferentes políticas que han  implementado proyectos en Colombia a través del punto de reparación de victimas, Aurora y su núcleo familiar recibieron como remuneración a sus bienes perdidos hace 20 años la suma de 18 millones de pesos, por medio de una carta cheque entregada por la alcaldía municipal, de un presupuesto de 180 millones de pesos, para mitigar las huellas de guerra no sólo de esta familia si no de cientos de personas que vivieron una situación similar.

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Quebrada Norosí, rica en oro lugar en el que “barequeaban" los habitantes Foto

Aurora sigue a la espera de otra suma de dinero para restaurar su casa que está allí detenida a través del tiempo, tal cual la dejaron los invasores y dueños de lo ajeno. Han pasado 19 años y aún no cuenta con una vivienda propia, solo espera que le devuelvan algunos de esos sueños que fueron frustrados por la violencia.

José Luis Jiménez Rodríguez, enlace municipal de víctimas habla de lo importante que es mantener a los afectados comunicados con el Estado, en su tarea de asesorarlos para que den sus declaraciones; como en el caso de Aurora para ayudar a incorporarlos al registro único de víctimas (RUV). “Tienen que exigir los derechos por haber sido víctimas”, expresa José con contundencia.

La idea del proyecto, es remunerar o a los núcleos familiares, o a las personas individuales aunque muchos aún están expectantes de la llegada del dinero completo, así como Lola, que aún espera lo que resta de su dinero, pero hay muchas otras familias que aún no han recibido nada, por tratarse de un largo proceso.

Al día de hoy, aún hay muchas inconformidades en Norosí, los afectados por el desplazamiento no quieren morir dejando en el olvido sus vivencias de guerra, el Estado no da prisa a curar las heridas abiertas que todavía palpitan a sangre viva.

Lola ya tiene 75 años, el espíritu y las memorias siguen intactas pero el cuerpo no, ya no puede hacer lo que con su juventud desempeñaba. Los días son más cortos acompañados de achaques notorios por la edad, las dolencias van apareciendo yendo la vida en cuenta regresiva; hoy junto a su familia ha logrado superarse, solo espera que se cumpla el plazo y broten las ilusiones por mucho que se tardaron en renacer, el sueño de volver a su casa propia es todo lo que le queda. Porque, uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida, donde fue feliz.

[FOTO 5]: Huellas de guerra, memorias al olvido
Foto de archivo Foto

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