Benjamín trabaja con “el alma”

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Miércoles, 18 de Octubre de 2017
Benjamín trabaja con “el alma”
El motor de Benjamín López es su familia. Sara, una de sus hijas hace que sus días sean más livianos. Con una sonrisa le cambia el mundo. Foto

No es una historia de un ícono mundial, es la de un hombre que sacrifica sus días en una planta industrial, convive con bacterias y desechos peligrosos. Él les da el destino final.

Benjamín es un hombre como cualquier otro, viene de una familia grande y es el tercero de siete hermanos. Hace cuatro años pasa sus días entre bolsas rojas que indican “peligro”, transporta desechos químicos de hospitales. Las jornadas de ocho horas diarias, en las que los olores desagradables traspasan su uniforme y se impregnan en él, son parte de un mundo donde nunca soñó estar.

Detrás de la grabadora periodística está un hombre de 46 años y 1.55 metros de estatura, de tez blanca, cabello negro, con iris verdes como las esmeraldas y ojos pequeños por el cansancio. Su espalda encorvada refleja que su trabajo no es nada fácil. Sus manos son robustas, fuertes, grandes, ásperas, tienen las uñas sucias porque no hay ni un segundo para pensar en mantenerlas como debería.

Benjamín es de origen campesino y aunque anhela la vida tranquila en la finca El Placer, en el municipio santandereano de Rionegro, explica que decidió venir a la ciudad para “sacar adelante a sus hijos”. Hace muchos años por un golpe de suerte en un casino logró ganarse más de 20 millones en una máquina tragamonedas, con ese dinero compró su finca, “por poco y me envicio con ese juego”, dice Benjamín. Gracias a Esperanza Suárez, su esposa, pudo salir adelante e invertir bien lo que se ganó.

Se despierta todos los días a las 4 de la mañana, con un “gracias a Dios empieza mi día”. Esperanza prepara el desayuno y lo acompaña con un tinto, comparte con su esposo un buen rato y, luego, alista el almuerzo que Benjamín llevará a su lugar de trabajo. Ya está todo preparado, toma su casco y a las cinco enciende su moto y se dirige hacía Chimitá, una vereda del municipio de Betulia en el departamento de Santander, donde queda la planta donde labora. “Chao mi amor cuídate mucho, que Dios y la virgen te acompañen”, le dice Esperanza.

Durante la entrevista, sus expresiones dicen más que sus palabras. Al principio le falla la dicción, habla entrecortado, siente un poco de nerviosismo; esto cambia cuando una de sus hijas sale de su habitación y se acomoda en sus piernas. Con sus pequeñas manos lo agarra, abraza, molesta y dice: “papi cuenta que ya cumplí siete años y que me hicieron una fiesta”, con estas palabras logra que su padre se sienta en confianza y continúe con la entrevista. La noche transcurre con el sonido de los grillos y televisión, en el comedor de cuatro puestos de la casa está Benjamín, voltea la mirada hacia una virgen que está a su lado en una mesita con un velón.

A la 6 de la mañana llega a la planta de trabajo, sus manos parecen entumecidas por el frío, las estira y hace un calentamiento para abrigarlas. Al poco tiempo van llegando los compañeros con quienes pasará el resto de día, son siete. Pedro, uno de ellos, lo saluda dándole un golpe en la espalda y diciéndole: “qué hubo mano, hoy va a estar pesado”. Mientras hablan se disponen para esperar a que llegue Juan Gómez, su jefe inmediato, quien les indicará lo que van a realizar en la jornada de trabajo.

Al poco tiempo llega su jefe, con una lista en la mano en la que ya tiene todo planeado, se le acerca a Benjamín y a cuatro compañeros que estaban al lado suyo, les dice: “a ustedes cinco les corresponde quedarse en la planta”. Inician labores a las seis de la mañana, Benjamín toma los guantes, máscara y se dispone a desactivar desechos peligrosos que han llegado el día anterior, se levanta y con un suspiro profundo empieza a trabajar. El aire se torna pesado, el olor es muy fuerte y desagradable, ahora está impregnado en él y así estará todo el día, “los primeros días quería vomitar a cada rato, pero con el tiempo me acostumbré”, dice.

Han pasado tres horas, está cansado por la fuerza que ha tenido que ejercer, levanta su mano y limpia su frente del sudor, ha manipulado más de 40 bolsas llenas de desechos de hospitales, en su mente está la alegría de su familia al ver que regresa sano a casa, sonríe y continúa. Las horas transcurren entre bolsas y charlas con sus compañeros, quienes comentan que descansarán todo el fin de semana, el único que asegura que hará algo diferente es Vicente, el más adulto de sus compañeros, “yo estaré en la fiestecita de mi hija Marcela que cumple 9 años el sábado”, dice.

Después de varios meses sin tener un trabajo estable, de retomar nuevamente la vida en la ciudad, Benjamín entró a una de las empresas pioneras en la desactivación de residuos peligrosos y descontaminación de los mismos: Sandesol. El trabajo lo consiguió gracias a una recomendación de María Fernanda, una vieja amiga de la ciudad. Antes de iniciar tuvo que realizar cursos en los que aprendió a reconocer los desechos, qué hacer con ellos y cómo manejarlos. La empresa constantemente realiza capacitaciones para que esté al cien por ciento preparado al momento de ejercer su labor.

A las diez de la mañana toma un descanso, se dirige a la cafetería de la planta, saca de su bolso un porta con arepa y huevo revuelto, y un termo con jugo, come todo lo que trae, llama a Esperanza para ver si los niños ya se están preparando para ir a estudiar, “todo esto lo hago en un abrir y cerrar de ojos, porque solo tengo 15 minutos”, agrega.

“Mi primer día de trabajo fue muy arrecho”, evoca. Le correspondió recoger desechos en la Clínica la Merced, El Hospital Universitario, laboratorios clínicos y hasta cementerios. Al llegar a Medicina Legal vio cómo le terminaban de practicar la autopsia a un señor. El encargado de esta se dio cuenta que era el primer día para Benjamín, así introdujo las vísceras en una bolsa, y con una risa sarcástica se acercó y se las entregó. En ese momento Benjamín puso en cuestión la continuidad de su empleo, se respondió a sí mismo que seguiría porque de él dependía su familia.

“Benjamín, apure, mire que ya se pasaron los 15 minutos”, le dice Alejandro, compañero que inició labores hace año y medio. Guarda rápidamente su bolso, se pone los guantes, la máscara, las gafas y continúa. Llega corriendo al área de desactivación de los desechos hospitalarios, supervisa que las máquinas estén funcionando bien y espera un tiempo para sacar los residuos libres de peligro.

En total, Benjamín debe visitar más de 40 lugares en el área metropolitana; al recoger los residuos, no puede demorarse mucho. Los clientes se molestan cuando no son puntuales porque esto representa irrespeto. Cuenta con cinco minutos, como máximo, para recolectar los desechos de cada lugar, “para uno poder cumplirles a todos, debe ser muy rápido”, recalca Benjamín.

El martes y el jueves son los días más pesados en la empresa Sandesol, porque son las jornadas en las que se recoge más residuos. En algunos de eso momentos, Benjamín recuerda su vida en el campo, donde no tenía que cumplir horarios, solo dedicarse a cultivar la tierra.

Le llevó más de dos meses acostumbrarse a una nueva vida entre olores desagradables, químicos peligrosos, sangre, bacterias, enfermedades, viajes que lo dejan exhausto y accidentes. El peligro siempre acecha. Benjamín cuenta que hace dos meses cuando iba a quitar la polea, esta se reventó y le rajó la ceja derecha y una parte del labio. Después de este incidente, se siente más seguro en la empresa porque en ese momento le brindaron una excelente y oportuna atención.

A las 12 del mediodía va a la cafetería, esta es un lugar grande, con muchas mesas y sillas, hornos microondas y una pequeña venta de almuerzos, galletas y gaseosas que atienden dos señoras de edad. Benjamín acompaña a sus cuatro compañeros, juntos hacen fila para calentar el almuerzo, todos almuerzan al mismo tiempo. Deja a un lado lo peligroso de su labor y come tranquilamente. “Hoy si quedé lleno, almorcé lo que más me gusta, arroz con pollo”, comenta.

El uniforme de López está pensado para su protección, este es de tela gruesa color rojo muy similar al de la sangre y cubre todo su cuerpo. Al terminar su día, lo tiene que lavar en la planta, no puede llevárselo porque es muy riesgoso por todo lo que manipula.

Después de dos horas más de trabajo y haberse quitado los implementos para lavarlos en el equipo que la empresa tiene dispuesto, Benjamín dice: “Al fin en pocos minutos respiraré aire libre, este es muy dañino”. A las las cinco de la tarde ya está listo para irse, toma su moto y se despide de sus compañeros.

Al llegar a su casa, Benjamín encuentra a su esposa Esperanza decorando vasos de fiesta y a sus cuatro hijos: Silvia, Manuel, Sara y Elizabeth (enumerados de mayor a menor). “Hola amor, cómo te fue en el trabajo”, le dice Esperanza dejando a un lado lo que está haciendo; luego, le sirve la comida, mientras él les da la bendición a sus hijos. Benjamín descarga todo, lo organiza, se da nuevamente un baño y se acomoda en su zona de confort. Su hija Sara Gissel López lo abraza, consiente y hace cariñitos; Elizabeth, su hija menor, está dormida; Silvia, la mayor de las niñas, sentada en un sofá viendo televisión, y su hijo Manuel está en su cuarto haciendo las tareas.

Después de cenar, Benjamín se sienta en la sala a esperar la hora de la entrevista, el reloj que está en la cocina indica que son las nueve de la noche y que empezará la conversación. Se acomoda en el comedor de su casa, emocionado pero un poco cansado, empieza por hablar de su trabajo y lo bien que se ha desenvuelto en este.

Al finalizar la entrevista, cuando se indaga sobre los temores, Benjamín cuenta que, en su trabajo, no tiene miedo de contagiarse de algo o de sufrir un accidente, en realidad teme tener alguna discordia con sus compañeros en un lugar tan peligroso. A pesar de los riesgos cotidianos, este valiente trabajador destaca muchos aprendizajes de su labor, al respecto López afirma: “aprendí a valorar, a cuidar el ambiente, aprendí sobre la descontaminación del mismo”.

-¿Alguna vez te imaginaste haciendo este tipo de trabajo?

“No, siempre pensé en el campo, pero uno en la vida nunca termina de conocer en qué va a trabajar”, responde Benjamín López.

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