El embolador: una profesión que se aprende en la calle

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Martes, 22 de Agosto de 2017
El embolador: una profesión que se aprende en la calle
Los lustrabotas del Parque Santander están organizados, tienen gremio y el apoyo de la Alcaldía de Bucaramanga para ejercer su labor. Foto

POR: MICHELL RODRÍGUEZ, JULIETH VILLAMIZAR Y SEBASTIÁN NONSOQUE

En Bucaramanga, un grupo de emboladores se reúne de lunes a domingo en el Parque Santander para conseguir dinero a cambio de una lustrada de botas. Para algunos trabajadores este ha sido el único sostenimiento diario durante décadas. Aún se mantienen en esta labor.

Una caja desteñida y sin color; un par de betunes; una botella de plástico, vieja y llena de agua; trapos viejos, y una silla de metal negra acomodada con un cojín de algodón en el asiento del posible cliente acompañan cada día a Alexander Jaimes, de 33 años, oriundo de Nuevo Girón. Todos aquellos objetos hacen parte de su cotidianidad y del oficio de lustrar zapatos, labor a la cual le ha dedicado un poco más de 15 años.

Cada embolada tiene un valor de 2 mil pesos. Jaimes explica que a veces “aguanta hambre, sed, desprecio y lluvia”. Cuenta que al día puede ganarse 8 mil pesos, alcanza los 15 mil cuando ‘le va bien’. “La gente ya no manda a embolar los zapatos, ahora es puro tenis”, dice con tono melancólico y un gesto de tristeza.

Alexander es un hombre de baja estatura, contextura gruesa, le gusta usar jean y botas para sentirse cómodo y una camisa amarilla a cuadros que es su favorita; su rostro es ancho y resalta su dentadura, la cual descuidó durante mucho tiempo. Suele salir al parque todos los días alrededor de las siete de la mañana. Al llegar a su destino, se dirige a sacar los implementos de trabajo que guarda en una pequeña bodega sucia, ubicada diagonal al Parque Santander, allí la luz es escasa, el bombillo es pequeño y viejo.

La fuerza y la velocidad que le imprime a las lustradas van en contravía del sentido que le da a su vida. Jaimes asegura que no quiere vivir más, este deseo lo tiene desde que le mataron a su mamá; recuerda el suceso entre lágrimas y resentimiento. A pesar de sus apreciaciones sobre la vida, Alexander es un hombre trabajador, dedicado a su profesión, abierto a entablar una charla con todos sus clientes y también con quienes solo se sientan en el parque a ver pasar la gente o con aquellos que van a alimentar a las palomas.

En la otra esquina del ‘cuadrilátero’ del parque está Wilson Muñoz, presidente del gremio de emboladores. “Buenos días, sigan, en qué les puedo colaborar”, pregunta con expectativa, el hombre de contextura gruesa, cabello corto y baja estatura; porta un par de botas grandes, un jean y un chaleco verde. Sus manos reflejan años de trabajo.

Muñoz pertenece al sindicato de emboladores del Parque Santander, este grupo lleva aproximadamente 74 años. Wilson asumió la vocería hace dos, vela por los intereses de los lustrabotas y defiende el derecho al trabajo. El gremio se mantiene gracias a la colaboración de los trabajadores, cada uno aporta 2 mil pesos cada mes para suplir gastos básicos. “Aquí conozco a todos los emboladores y sé cuál es su situación”, dice; comenta que Alexander Jaimes tiene dos hermanos, y junto a su hermano menor se turnan para embolar.

La ganancia del embolador varía diariamente, los que trabajan la lustrada devengan, aproximadamente, de 15 mil a 20 mil pesos; la zapatería y pintada trae una ganancia adicional: de 30 mil a 40 mil. Muñoz dice que el trabajo de lustrador es un oficio que no pasará de moda, así el zapato deportivo se use con más frecuencia, puesto que la creación del calzado trae consigo el lanzamiento mercantil de productos para su limpieza, y esto les genera trabajo.

El Parque Santander está en el corazón de la capital santandereana, cerca de él se encuentra la Sagrada Familia (iglesia de belleza emblemática), La Triada, el Paseo del Comercio y las distintas sedes bancarias de la ciudad. Gracias a esta ubicación, los clientes son recurrentes y los emboladores se benefician de esto.

En una zona donde predomina el cemento, los árboles que alcanzan los tres metros dan frescura al ambiente en medio del bochorno provocado por el sol. Suenan las campanas de los carritos de helado. Se escucha la venta de chicles, maní, agua, gaseosa y otros alimentos. A pocos metros está Pedro Amaya.

Pedro viste un pantalón de tela gris con marcas de betún, botas cafés, camiseta blanca y un chaleco azul. Se acercó muy amablemente para comenzar con la charla llena de sabiduría y experiencia sobre el trabajo de embolador. “Hay que hacer las cosas con amor”, indica al contar que en ocasiones ha escuchado a personas renegar del lugar donde trabajan, sin darse cuenta que es por medio de este donde pueden suplir sus necesidades.

Entre charla y charla, Amaya resalta que es un hombre que le gusta la política. Al hablar del tema del plebiscito (aquel del 2 de octubre de 2016), deja clara su postura y opinión por medio de chanzas. Al final, cuenta un poco más de su vida. Este personaje vivió en Medellín, pero tenía claro que quería establecerse en Santander, su tierra natal. Viviendo ya en Bucaramanga y cerca del parque, expresa que, aunque habita solo, es feliz porque le gusta su trabajo. Como sabe administrar su dinero, ha podido cumplir varias de sus metas.

Al transcurrir una tarde soleada, en medio del clima ‘loco’ que la capital santandereana atraviesa, se percibe que este trabajo no suple completamente las necesidades personales de los lustradores; a pesar de esto, en la actitud de ellos se evidencia la calidad de su servicio y el empeño constante que ponen en cada lustrada. Así, los visitantes del parque sienten la acogida que este grupo de trabajadores brinda a las personas y a la ciudad.

Hay distintas clases de emboladores: los que utilizan la técnica para sacar mayor brillo al zapato; los que, por medio de una conversación, informan de actualidad al cliente, y aquellos que agilizan su trabajo para obtener mayor ganancia al término de la jornada laboral. Todos, sin importar su modalidad, trabajan usualmente con disposición y buen ánimo.

Alexander Jaimes, Wilson Muñoz, Pedro Amaya y los otros ocho lustrabotas del Parque Santander no eligieron llegar a vivir de esta profesión, pero la calle y la falta de oportunidades los hicieron emprender un nuevo rumbo de búsqueda de oportunidades en la Ciudad Bonita.

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