Pa’ el descuaje y otros males

Publicado en Edición 50 | Miércoles 07, de Junio de 2017 | Actualizado el Miércoles, 06 de Diciembre de 2017
Pa’ el descuaje y otros males
Movido por su fe en el ‘Santo Cristo del Cementerio’, Bernardo Delgado asegura que no es él quien soba, sino Dios a través de sus manos. Foto

Bernardo Delgado se dedica a un oficio en ‘peligro de extinción’, usa sus manos como un instrumento de alivio para aquellos que, con ilusión, aún acuden a los remedios tradicionales.

Con sus canas bien peinadas, camisa dentro del pantalón, uñas totalmente impecables y un ostentoso anillo, Bernardo Delgado recibe a quienes lo buscan en un billar reconocido de San Gil, en Santander. Este es el punto de encuentro. Luego, en su casa es donde hace sus ‘milagritos’. 

Por casi 40 años, el oficio de Bernardo ha sido sobar a los que llegan a buscarlo con dolor. Sí, Delgado es el compañero fiel del ‘descuaje’ y las aberturas de pecho. Tantos años en el oficio también le han dado la habilidad de sanar otros males. Las consultas sobre problemas de amigdalitis, vejiga baja, cólicos, artritis e incluso diabetes son las  que han hecho de Bernardo uno de los mejores y más reconocidos sobanderos, no solo de San Gil, en la provincia Guanentá, sino de muchas partes de Colombia. 

“La experiencia la he ganado sobando y sobando”, dice este hombre, quien con 75 años asegura haber producido un spray y una crema capaces de curar cualquier mal que aqueja a sus clientes. “No le puedo revelar mi secreto”, responde riendo cuando le preguntan qué usa para hacer los ‘menjurjes’ que envía a países como Alemania y Venezuela, y entre lo poco que cuenta, repite con seguridad que si las hierbas no fueran traídas del Perú, poco o nada funcionarían. Claro está que, aunque los productos sirven, es él quien sabe cómo y dónde sobar para curar a la gente. 

“Permítame su brazo un momento”, agrega. Muy confiado muestra con exactitud la parte del antebrazo que debe sobar para tratar la amigdalitis. “Claro que si sobo [a la persona]  y no tiene nada, la mando a la clínica al menos por un cuarto de hora”. Asegura que cada enfermedad tiene un punto físico en el cuerpo que es posible sobar para tratarla, y que tal vez es por eso que hasta los cólicos ‘desaparecen’. Para la diabetes, el remedio es fácil; al menos así lo hace ver él: “Eso es que tiene el páncreas muy bajito y no le bota la insulina suficiente, hay que acomodarlo y ya”. 

El oficio de Bernardo es uno de los más criticados por la medicina. Cuenta que muchos médicos niegan que, además de las vacas, los humanos ‘tienen cuajo’; también afirma que es capaz de curar enfermedades que la ciencia no ha podido, como las mencionadas anteriormente. Asimismo, con su pecho muy en alto, se jacta de sobar hijos de médicos y enfermeras del pueblo. Muestra, a través de su oficio, que sí es posible calmar los dolores sin necesidad de medicamentos. “Yo visito a niños en las clínicas que están a punta de suero (…) y la verdad es que están es ‘descuajados’, pero eso allá no lo creen”, comenta. 

Según la creencia popular, el “descuaje” se da principalmente en los niños. Sus movimientos bruscos y caídas hacen que el estómago se descuelgue y produzca malestar. 

Don Bernardo, aunque el “don” sobra, porque odia que lo llamen así, tiene su método para saber si los niños sí están descuajados: “Yo los coloco en una mesa con las piernas bien estiradas, si los pulgares están parejos, el niño está bien; pero si hay uno más arriba, hay que sobarlo, y en cinco minutos ya está bien”. Igualmente, posee una táctica para saber si la persona tiene el pecho abierto, para ello usa un cordón para tomar las medidas. Se mide del cuello hasta el ombligo, esta medida se duplica y, finalmente, si al pasarla alrededor del pecho, no alcanza el cordón, la persona está abierta de pecho. 

Muy precavido y siempre sonriente, este señor da paso para mostrar su lugar ‘sagrado’. Sin mucho apuro, saca la llave de su pantalón para quitar el candado que cuelga de la puerta. En la habitación de su casa guarda y cuida con cautela todo lo que necesita para su trabajo. 

Ya adentro, las cosas empiezan a cambiar. Se respira un ambiente más calmado, además de un particular olor que ronda por la habitación. Contra la pared había una camilla impecable; debajo, un balde repleto de hojas secas, de allí emanaba un olor dulce y difícil de describir; y en la esquina, una mesa con varios de los famosos sprays. Curiosamente, el lugar donde Bernardo soba coincide con su habitación. Su cama está muy bien tendida, los zapatos se encuentran ordenados bajo una mesa y en medio de su ‘templo’ se halla un escapulario grande y llamativo que cuelga en la pared en honor a sus creencias. 

“¿Le duele aquí?”, pregunta tocando el cuello. Después de confirmarle que sí había dolor, dice: “Acuéstese y verá, parece que se estresa mucho”. La persona adolorida que entre por la puerta del ‘santuario’ de Bernardo debe saber que saldrá totalmente diferente, sin dolor. 

El spray es frío y la crema que utiliza, más fría aún. Estos elementos acompañan las manos del sobandero. En ellas se reflejan 40 años de dedicación absoluta a su oficio. La confianza en el trabajo y el amor por una pasión definen a Bernardo y su manera de sobar, hablar y hacer sus cosas. 

Su amor por sobar lo lleva también a sentir mucha tristeza al ver cómo, con el pasar de los años, esta humilde y valiosa ocupación se ha ido quedando en el olvido. Actualmente, poco jóvenes se interesan por aprender el arte de sobar; según Bernardo “para sobar hay que tener deseo”. Por lo pronto, él y otros sobanderos pasarán sus días dispuestos a ayudar a la gente y con el anhelo de que alguien quiera aprender y perpetuar con pasión el noble oficio de sobar. 

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