El embolador: una profesión que se aprende en la calle

Publicado en Revista | Miércoles 14, de Diciembre de 2016 | Actualizado el Miércoles, 14 de Diciembre de 2016

En Bucaramanga, se reúnen emboladores de lunes a domingo en el parque Santander para conseguir dinero a cambio de una lustrada de botas. Para algunos este ha sido el único sostenimiento diario durante décadas y aun así se mantienen en esta labor. 

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Los lustrabotas del Parque Santander están más organizados, tienen gremio y el apoyo de la Alcaldía de Bucaramanga para ejercer su labor. Foto: Michell Rodríguez. Foto

Una caja desteñida y sin color, un par de betunes, una botella de plástico vieja llena de agua, trapos viejos, y una silla de metal negra acomodada con un cojín de algodón en el asiento del posible cliente, eso es lo que acompaña cada día a Alexander Jaimes, oriundo de Nuevo Girón, en el municipio de Girón, quien tiene 33 años y más de 15 dedicado a lustrar zapatos.

Cada embolada tiene un valor de 2 mil pesos, explicando que “uno a veces aguanta hambre, sed, desprecio y lluvia”. Cuenta que al día puede ganarse 8 mil pesos y alcanza los 15 mil cuando ‘le va bien’. “La gente ya no manda a embolar los zapatos ahora es puro tenis”, dice con tono melancólico y un gesto de tristeza.

Alexander Jaimes sale al parque todos los días a eso de las siete de la mañana. Es un hombre de baja estatura, de contextura gruesa, le gusta usar jean y botas para sentirse cómodo y una camisa amarilla a cuadros que es su favorita; su rostro es ancho y resalta su dentadura la cual descuidó durante mucho tiempo. Al llegar a su destino se dirige a sacar sus implementos de trabajo los cuales guarda en una pequeña bodega sucia donde la luz es escasa, ya que el bombillo es pequeño y viejo, está ubicada diagonal al parque Santander.

La fuerza y la velocidad que le imprime a las lustradas va en contravía del sentido que le da a su vida. Jaimes asegura que no quiere vivir más, un sentimiento que tiene desde que le mataron a su mamá, recordando el suceso entre lágrimas y resentimiento. De repente Alexander decía cosas sin sentido, resaltaba que era inglés, que había creado el celular y que hasta diseñó los puentes de la ciudad. Aun así, es un hombre trabajador, dedicado a su profesión, abierto a entablar una charla con todos sus clientes y también con quienes solo se sientan a ver pasar la gente y alimentar a las palomas.

[FOTO 2]: El embolador: una profesión que se aprende en la calle
Algunos emboladores además de lustrar, tienen otras habilidades como remontar los zapatos y aconsejar a sus clientes. Foto: Michell Rodríguez. Foto

En la otra esquina del ‘cuadrilátero’ del parque está Wilson Muñoz, presidente del gremio de emboladores. “Buenos días, sigan, en qué les puedo colaborar”, pregunta con expectativa, el hombre de contextura gruesa, cabello corto, de baja estatura, que traía puestas unas botas café grandes, un jean, y un chaleco verde, sus manos reflejan años de trabajo.

Más de medio siglo lleva el sindicato

El sindicato de emboladores del parque Santander lleva aproximadamente 74 años y Wilson asumió la vocería hace dos, velando por los intereses de los lustrabotas y defendiendo el derecho al trabajo, el sostenimiento del gremio es gracias a la colaboración de los trabajadores en aportar 2 mil pesos cada mes para suplir gastos básicos. “Aquí conozco a todos los emboladores y sé cuál es su situación”, dice, comentado que Alexander Jaimes tiene dos hermanos y junto a su hermano menor se turnan para embolar. Wilson apunta que sus colegas al parecer heredaron un problema genético.

La ganancia del embolador varía diariamente, los que trabajan la lustrada ganan aproximadamente de 15 mil a 20 mil pesos; la zapatería y pintada les trae una ganancia adicional entre 30 mil a 40 mil. Muñoz dice que el trabajo de lustrador es un oficio que no pasará de moda, así el zapato deportivo se use con más frecuencia, ya que a su vez también lanzan al mercado productos para su limpieza y esto les genera trabajo.

El parque Santander está en el corazón de la capital santandereana, la emblemática Sagrada Familia, al otro costado La Triada, muy cerca está el Paseo del Comercio, y las distintas sedes bancarias de la ciudad. Gracias a su ubicación los clientes son recurrentes y los emboladores se benefician de esto.

En una zona donde predomina el cemento y no los árboles, son estos últimos, aquellos que alcanzan los tres metros, los que le dan frescura al ambiente en medio del bochorno provocado por el sol. Suenan las campanas de los carritos de helado, también se escucha la venta de chicles, maní, agua, gaseosa, entre otros alimentos. A pocos metros estaba Pedro Amaya.

Pedro, que vestía con un pantalón de tela gris con marcas de betún, una botas café, camiseta blanca y un chaleco color azul, se acercó muy amablemente para comenzar con la charla llena de sabiduría y experiencia sobre el trabajo de embolador. “Hay que hacer las cosas con amor”, indica, porque en muchas ocasiones ha escuchado a personas renegar del lugar donde trabajan sin darse cuenta que es por medio de este donde pueden suplir sus necesidades.

Entre charla y charla Amaya resaltó que es un hombre que le gusta la política y debido a que por esos días se iba a realizar la votación del plebiscito [2 de octubre de 2016] dejó clara su postura y opinión por medio de chanzas. Este personaje vivió en Medellín pero tenía claro que quería establecerse en Santander, su tierra natal. Viviendo ya en Bucaramanga y cerca del parque, expresa que aunque vive solo es feliz, ya que le gusta su trabajo y como sabe administrar su dinero ha podido cumplir varias de sus metas. 

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Alexander Jaimes no conoce limitaciones, a pesar de sus dificultades emocionales y económicas es un embolador humilde y comprometida por hace más de 15 años. Foto: Michell Rodríguez. Foto

Al transcurrir una tarde soleada en medio del clima ‘loco’ que la capital santandereana atraviesa, se percibe que el trabajo de lustrador no suple completamente sus necesidades personales, pero en la actitud de ellos se evidencia la calidad en su servicio y el empeño constante en cada lustrada, para que así los visitantes del parque sientan la acogida que este grupo de trabajadores le brinda a la ciudad.

Hay distintas clases de emboladores: los que utilizan la técnica para sacar mayor brillo al zapato, los que por medio de una conversación informan de actualidad al cliente, y aquellos que agilizan su trabajo para obtener mayor ganancia al término de la jornada laboral. Tanto Alexander Jaimes, Wilson Muñoz, Pedro Amaya como los otros ocho lustrabotas del Parque Santander, no eligieron llegar a vivir de esta profesión pero la calle y la falta de oportunidades hizo que emprendieran un nuevo rumbo buscando substitir en la Ciudad Bonita.

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Los tarifa de los emboladores se mantiene en 2 mil pesos a pesar de que cada año la situación económica es más difícil. Foto: Michell Rodríguez. Foto

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