Benjamín trabaja con “el alma”

Publicado en Revista | Miércoles 14, de Diciembre de 2016 | Actualizado el Miércoles, 14 de Diciembre de 2016

No es una historia de un ícono mundial, es la de un hombre que sacrifica sus días en una planta industrial, conviviendo con las bacterias y desechos peligrosos. Él les da el destino final. 

[FOTO 1]: Benjamín trabaja con “el alma”
Esperanza Suárez decora vasos para fiestas mientras espera la llegada de su esposo Benjamín López. Foto: Maura López. Foto

Benjamín es un hombre como cualquier otro, viene de una familia grande, el tercero de siete hermanos, pero, hace cuatro años pasa sus días entre bolsas rojas que indican “peligro”, transporta desechos de hospitales, químicos; jornadas de ocho horas diarias en las que los olores desagradables traspasan su uniforme impregnándose en él, es parte de un mundo donde nunca soñó estar.

Detrás de la grabadora, un hombre de 46 años y 1.55 de alto, de tez blanca, cabello negro, con iris verdes como las esmeraldas y ojos pequeños por el cansancio, su espalda encorvada refleja que su trabajo no es nada fácil; sus manos, son robustas, fuertes, grandes, ásperas y con las uñas sucias porque no hay ni un segundo para pensar en eso.

Aunque es de origen campesino y anhela la vida tranquila en la finca El Placer, en el municipio santandereano de Rionegro, Benjamín explica que decidió venir a la ciudad para “sacar adelante a sus hijos”. Hace muchos años por un golpe de suerte en un casino, logró ganarse más de 20 millones en una máquina tragamonedas con los que compró su finca, “por poco y me envicio con ese juego”, dice Benjamín. Gracias a que en su vida estaba Esperanza Suárez, su esposa, pudo salir adelante e invertir bien lo que se ganó.

Se despierta todos los días a las 4 de la mañana, con un “gracias a Dios empieza su día”, Esperanza le prepara el desayuno acompañado con un tinto, comparten un buen rato y espera mientras ella le hace el almuerzo, para llevárselo a su lugar de trabajo. Ya está todo preparado, toma su casco y a las cinco enciende su moto y se dirige hacía Chimitá, una vereda del municipio de Betulia en el departamento de Santander, donde queda la planta. “Chao mi amor cuídate mucho, que Dios y la virgen te acompañen”, le dice Esperanza.

Mientras habla sus expresiones dicen más que sus palabras, al principio le fallaba la dicción hablaba entrecortado, sentía un poco de nerviosismo, esto cambió cuando una de sus hijas salió de su habitación y se acomodó en sus piernas. Con sus pequeñas manos lo agarraba, lo abrazaba, lo molestaba y le decía: “papi cuenta que ya cumplí siete años y que me hicieron una fiesta”, logrando que su padre se sienta en confianza y continúe con la entrevista. La noche transcurría con el sonido de los grillos y la televisión, en el comedor de cuatro puestos de la casa está Benjamín, voltea la mirada hacia una virgen que está a su lado en una mesita con un velón. 

[FOTO 2]: Benjamín trabaja con “el alma”
El motor de Benjamín López son sus hijos. Sara, una de sus hijas hace que sus días sean más livianos. Con una sonrisa le cambia el mundo. Foto: Maura López. Foto

A las seis de la mañana llega a la planta de trabajo, sus manos parecen entumecidas por el frío de la mañana, las estira y hace un calentamiento para que se le pase. Al poco tiempo van llegando sus compañeros con los que pasará el resto de día, son siete. Pedro, uno de ellos, lo saluda dándole un golpe en la espalda y diciéndole: “qué hubo mano, hoy va a estar pesado”. Mientras hablan se disponen para esperar a que llegue Juan Gómez, su jefe inmediato, quien les indicará lo que van a realizar en la jornada de trabajo.

Al poco tiempo llega su jefe, con una lista en la mano en la que ya tiene todo planeado, se le acerca a Benjamín y a cuatro compañeros que estaban al lado suyo, les dice: “a ustedes cinco les corresponde quedarse en la planta”. Inician labores a las seis de la mañana, toma sus guantes, máscara y se dispone a desactivar desechos peligrosos que habían llegado el día anterior, se levanta y con un suspiro profundo empieza a trabajar. El aire se torna pesado, el olor es muy fuerte y desagradable, ahora está impregnado en él y así estará todo el día, “los primeros días quería vomitar a cada rato, pero con el tiempo me acostumbré”, dice.

Han pasado tres horas, está cansado por la fuerza que ha tenido que ejercer, levanta su mano y limpia su frente del sudor, ha manipulado más de 40 bolsas llenas de desechos de hospitales, en su mente está la alegría de su familia al ver que regresa sano a casa, sonríe y continúa. Las horas van pasando entre bolsas y entre charlas con sus compañeros, quienes comentan que descansarán todo el fin de semana, el único que comenta que hará algo diferente es Vicente, el más adulto de sus compañeros, “yo estaré en la fiestecita de mi hija Marcela que cumple 9 años el sábado”, dice.

Después de varios meses sin tener un trabajo estable, de retomar nuevamente la vida en la ciudad, Benjamín entró a una de las empresas pioneras en la desactivación de residuos peligrosos y descontaminación de los mismos, Sandesol. El trabajo lo consiguió gracias a una recomendación de María Fernanda, una vieja amiga de la ciudad. Antes de iniciar tuvo que realizar cursos en los que aprendió a reconocer los desechos, qué hacer con ellos y cómo manejarlos. La empresa constantemente realiza capacitaciones para que esté al cien por ciento preparado al momento de ejercer su labor.

A las diez de la mañana toman un descanso, se dirige a la cafetería de la planta saca de su bolso un porta con arepa y huevo revuelto y un termo con jugo, come todo lo que trae, llama a Esperanza para ver si los niños ya se están preparando para ir a estudiar, “todo esto lo hago en un abrir y cerrar de ojos, porque solo tengo 15 minutos”, agrega. 

[FOTO 3]: Benjamín trabaja con “el alma”
En sus ratos libres disfruta con su familia, ve televisión, salen a comer un helado a la iglesia y a visitar al resto de su familia. Foto: Maura López. Foto

“Mi primer día de trabajo fue muy arrecho”, evoca. Le correspondió recoger desechos en la Clínica la Merced, El Hospital Universitario, laboratorios clínicos y hasta cementerios. Al llegar a Medicina Legal vio cómo le terminaban de practicar la autopsia a un señor, el encargado de esta introdujo las vísceras en una bolsa, y con una risa sarcástica se acercó y se las entregó, sabiendo que era su primer día porque nunca antes lo había visto. En ese momento Benjamín puso en cuestión el conservar o no su empleo, se respondió así mismo que sí porque de él dependía su familia.

“Benjamín, apure, mire que ya se pasaron los 15 minutos”, le dice Alejandro, compañero que inició labores hace año y medio. Guarda rápidamente su bolso, se pone los guantes, la máscara, las gafas y continúa, llega corriendo al área de desactivación de los desechos hospitalarios, supervisa que las máquinas estén funcionando bien y espera un tiempo para sacarlos ya libres de peligro.

En total son más de 40 lugares a los que tiene que ir en el área metropolitana, al recoger los residuos no puede demorarse mucho. Los clientes se molestan cuando no son puntuales porque esto representa respeto. Cuenta con cinco minutos, como máximo, para recolectar los desechos de cada lugar, “para uno poder cumplirles a todos debe ser muy rápido”, recalca Benjamín.

De la semana los martes y jueves son los más pesados en la empresa Sandesol, porque son los días en los que se recoge más residuos, viene a la mente de Benjamín los días en el campo donde no tenía que cumplir horarios, solo dedicarse a cultivar la tierra.

Le llevó más de dos meses acostumbrarse a una nueva vida entre olores desagradables, químicos peligrosos, sangre, bacterias, enfermedades, viajes que lo dejan exhausto y accidentes. Como el que le ocurrió hace dos meses “cuando iba a quitar la polea esta se reventó y me rajó la ceja derecha y una parte del labio”, dice Benjamín. Después de este incidente él se siente más seguro en la empresa porque le brindaron una excelente atención en el momento. 

[FOTO 4]: Benjamín trabaja con “el alma”
Antes de salir a su trabajo o a viajar a Cartagena le da gracias a Dios y le pide protección para que todo le salga bien. Foto: Maura López. Foto

A las 12 del mediodía va a la cafetería, es un lugar grande, con muchas mesas y sillas, hornos microondas y una pequeña venta de almuerzos, galletas y gaseosas que atienden dos señoras de edad. Está con sus cuatro compañeros, hacen fila para calentar el almuerzo, todos almuerzan al mismo tiempo. Deja a un lado lo peligroso de su labor y almuerza tranquilamente. “Hoy si quedé lleno, almorcé lo que más me gusta, arroz con pollo”, comenta.

El uniforme de López está pensado para su protección, este es de tela gruesa color rojo muy similar al de la sangre y cubre todo su cuerpo. Al terminar su día los tiene que lavar en la planta ya que no los puede llevar porque es muy riesgoso por todo lo que manipula.

“Al fin en pocos minutos respiraré aire libre, esté es muy dañino “, asegura Benjamín sobre las cuatro, después de dos horas más de trabajo y de haberse quitado los implementos y ponerlos a lavar en el equipo que la empresa tiene dispuesto. Ya está desinfectado y a las cinco de la tarde ya está listo para irse, toma su moto y se despide de sus compañeros.

Al llegar a su casa está su esposa Esperanza decorando vasos de fiesta y sus cuatro hijos; Silvia, Manuel, Sara, Elizabeth, enumerados de mayor a menor. “Hola amor, cómo te fue en el trabajo”, le dice Esperanza dejando a un lado lo que está haciendo, ella le sirve la comida, mientras él les da la bendición a sus hijos, descarga todo lo trae, se da nuevamente un baño y se acomoda en su zona de confort. Su hija Sara Gissel López lo abraza, lo consiente y le hace cariñitos; Elizabeth, su hija menor, está dormida, Silvia la mayor de las niñas está sentada en un sofá viendo televisión y su hijo Manuel está en su cuarto haciendo las tareas.

Después de cenar Benjamín se sienta en la sala a esperar la hora de la entrevista, el reloj que está en la cocina indica que son las nueve de la noche y empezará la conversación, se acomoda en el comedor de su casa, emocionado pero un poco cansado, empieza por hablar de su trabajo y lo bien que se ha desenvuelto en este.

Al finalizar la entrevista Benjamín cuenta que no le teme tanto a contagiarse de algo o a sufrir un accidente; en realidad le teme a tener alguna discordia con sus compañeros en un lugar tan peligroso. Además, Ha aprendido mucho de su trabajo, “aprendí a valorar, aprendí a cuidar el ambiente, aprendí sobre la descontaminación del mismo”, dice López.

-¿Alguna vez te imaginaste haciendo este tipo de trabajo?

No, siempre pensé en el campo, pero uno en la vida nunca termina de conocer en qué va a trabajar, responde Benjamín López. 

[FOTO 5]: Benjamín trabaja con “el alma”
En pocas horas Benjamín López saldrá con rumbo hacia Cartagena, por cuestiones de trabajo, para transportar desde Bucaramanga desechos peligrosos para descontaminarlos y darles un destino final. Foto: Maura López. Foto

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