Un ‘Gomelo’ entre cerdos

Publicado en Revista | Miércoles 14, de Diciembre de 2016 | Actualizado el Miércoles, 14 de Diciembre de 2016

Mientras la ciudad duerme, Ramón Ramírez se desempeña en una labor que parece desagradable para muchos. Expuesto a los peligros que trae la noche podría llegar a cargar hasta 250 kilos en su espalda. 

[FOTO 1]: Un ‘Gomelo’ entre cerdos
Mientras Rafael -botas blancas- instala la escalera, Ramón -botas amarillas- distingue lo que debe descargar en los diferentes puestos de la Plaza Guarín. Foto: Angie Arcila. Foto

Él nunca se visualizó trabajando en un lugar de estos, dice que todo fue de imprevisto y que en sus planes no estaba quedarse ejerciendo este oficio; solo pensaba viajar por un tiempo, pero se ‘amañó’ y ya lleva 16 años ejerciendo una labor a la que “no cualquiera se le mide”.

Dentro de ‘La Marranera’, una turbo Mazda con cabina roja y furgón frigorífico, Ramón Ramírez, un cucuteño de 34 años, más conocido como “El Gomelo”, recorre bajo la luz de la luna las principales plazas de mercado de Bucaramanga y su área metropolitana.

Mientras cursaba quinto primaria en un colegio de Cúcuta, Ramón decidió interrumpir sus estudios para dedicarse a trabajar como lavador de carros en una bomba de gasolina de la ciudad, pues prefería empezar a ganar dinero que seguir estudiando, ya que le aburría y no le llamaba la atención.

No conforme con la carga laboral y su salario en aquel lavadero, pasó su hoja de vida a una fábrica de pantalones en Ureña, una vecina ciudad venezolana, donde fue contratado junto a un primo para pegar marquillas, los taches de la relojeras, ponerles botones, doblarlos y empacarlos. Estuvo allí durante seis meses, pues esa era la duración del contrato y luego viajó a Bucaramanga por invitación de su hermana, sin pensar que se quedaría más de lo planeado.

“Me vine para acá a los 18 años, a pesar que de en Cúcuta está toda mi familia y pues porque no tenía nada que hacer, no tenía trabajo”, relata ‘El Gomelo’, además agrega que viajó con unos primos que son muy buenos zapateros, pero él de zapatería no tenía idea absoluta, por lo que su cuñado le ayudó a conseguir un empleo en el matadero y decidió arriesgarse.

Aprendió a cargar los animales mirando, pues entró al matadero sin saber nada; sin embargo, los que tenían más experiencia en el empleo también le colaboraron en la práctica. Todos ayudan mucho, cada que va entrando un novato al medio de los cargadores se le va enseñando y explicando con calma la forma de hacerlo: “la mano se mete acá, se pasa la cabeza por aquí, en el hombro una pierna, acá la costilla y pues uno mira y así aprende rápido; la cosa en sí era ‘hacele’ y ya, pero pues un poco de fuerza también se necesita”.

“Soy el único que me dedico a esto de seis hermanos que somos en total, cuatro hermanas y dos hermanos”, comenta sentado en una silla Rimax, vestido con uniforme blanco y botas amarillas plásticas salpicadas por sangre animal. Cuenta que su única labor a diario es cargar cerdos muertos o ‘canales’ para la venta. Primero empezó en el matadero del barrio La Feria, pero ese fue cerrado y se abrió uno nuevo llamado El Vijagual, que está en el kilómetro ocho vía Bucaramanga-Rionegro, Santander, donde siguió ejerciendo el oficio. Ramón reconoce que no le dio duro empezar en este trabajo, lo tomó normal y no se ‘asqueó’ para nada, de hecho le apasiona lo que hace.

Desde que llegó al matadero lo apodaron como ‘El Gomelo’ por su cabello largo, los tatuajes y los aretes de color fosforescente que nunca se quita. “Siempre me han dicho así, hasta los patrones, y me gusta”, dice.

A pesar de que les asignan dos dotaciones cada seis meses, asegura que hasta el momento no han tenido inconveniente alguno con los uniformes, ya que trabajan de lunes a sábado con dos que van turnando. “Lo bueno es que la tela es muy bonita para lavarla, se lava con jabón y límpido y ya, es suave de lavar, y no se mancha”, afirma. Cuando estaba soltero, él era quien se encargaba de lavar sus uniformes todos los martes, jueves y sábados, pero ahora quien le ayuda a hacerlo es su esposa, una cucuteña con quien lleva aproximadamente 12 años de relación y tienen un hijo de cinco años.

Actualmente ‘El Gomelo’ reside en el barrio Colorados con su familia, pero antes cuando vivía en el Girardot se le presentaban más dificultades respecto al transporte, pues el barrio está mucho más lejos del matadero. Algunas veces un compañero le hacía el favor de llevarlo en su moto o en ocasiones cuando no alcanzaba al bus de las 10:00 de la noche, se veía obligado a esperar algún camión de carne para que lo acercara, pero a cambio de eso le pedían que les ayudara a descargar las vísceras y los ‘canales’.

[FOTO 2]: Un ‘Gomelo’ entre cerdos
Ramón Ramírez junto a la turbo ´La Marranera´luego del descargue de cuatro ´canales´en la Plaza Villabel. Foto: Lina María Rueda. Foto

Tiempo después estuvo al mando de un cargue de 200 a 400 vísceras para exportación, esto le permitió aumentar sus ganancias, y así poder comprar una moto para movilizarse con más facilidad de su casa al matadero; ya no perdía tanto tiempo de sueño esperando a alguien que pudiera colaborar acercándolo a su casa.

Ramón constantemente llama a su jefe para saber a qué hora se realizará la ‘matada’ y llegar puntual, a pesar que de su casa a Vijagual son solo como cinco minutos en la moto. Ya estando dentro el matadero no se les permite acceder a ’la ‘línea’ donde se realiza el sacrificio de los animales, así que se preparan con toda la indumentaria de trabajo que se compone por guantes, gorro, tapabocas, camisa, pantalón, delantal y botas; una vez listos se trasladan hacia la ‘sala de oreo’, donde los animales son colgados ya sin vísceras para que se ‘aireen’ y se sequen.

Menciona que tienen horario de entrada pero no una hora fija de salida, “eso depende de la matada, pero entre más temprano sea, pues mejor, más rápido se termina”. También depende del número de cerdos, porque si hay gran cantidad  deben hacerse dos viajes, ya que el furgón solo tiene capacidad para el transporte refrigerado de 80 cerdos.

Normalmente el recorrido que hacen a diario va desde la plaza del Centro pasando luego a la Satélite, siguiendo por Villabel, Lagos, Piedecuesta, Guarín y finalmente San Francisco,

pero algunos días las plazas de la Concordia, el Mutis y Florida hacen pedidos, entonces la ruta se modifica “dependiendo de la hora en la que empieza el movimiento en cada plaza”.

El primer destino es la Plaza Central, donde más tiempo demoran descargando puesto que es allí donde más cantidad de cerdos llevan. “Uno descarga trotando, ¡corriendo casi! para agilizar y uno también soltar el peso rápido”, comenta mientras se va poniendo otro marrano a cuestas.

[FOTO 3]: Un ‘Gomelo’ entre cerdos
Luego de descargar en La Plaza Central de Bucaramanga, por un poco más de una hora, la turbo abordada por Ramón, Rafael y Hernando inicia el recorrido para abastecer de carne porcina las diferentes plazas bumanguesas y de su área metropolitana. Foto: Lina María Rueda. Foto

Con un tinto en la mano se sienta en un andén frente a la Plaza Satélite a descansar por un momento, ya que llegaron a la ‘la zona refrescante’, así es como le denomina ´El Gomelo´ a un puesto ambulante frente a la plaza donde una señora vende empanadas y bebidas. Afirma con toda seguridad que no le da asco nada, “yo puedo terminar de ‘botar’ o dejar un cerdo con las vísceras en algún puesto y voy y me tomo un tinto con pan como si nada, como delante de los sesos y no se me da nada. Solo me lavo las manos y ya”, asegura mientras sorbe un pucho de café.

Ramón considera que “el trabajo no es nada fácil”, pues a parte de lo arduo que es cargar porcinos entre 80 y hasta 250 kilogramos, también “es complicado adaptarse a la noche” y a la ausencia de descanso los fines de semana. Con la cara en alto confiesa que lo que se requiere “es la voluntad y la gracia de probar el trabajo y que le nazca” pues según él, la cuestión de la fuerza queda en un segundo plano cuando las personas quieren y se esfuerzan por lograr algo.

Una de las cosas que más se le hicieron difíciles al principio, fue acomodar sus horarios de sueño; acostumbró a bañarse apenas llega a la casa, comer a eso de las tres o cuatro de la mañana y acostarse a dormir hasta las dos o tres de la tarde. “La tarde si es toda libre, algunas veces entonces me pongo a hacer cosas por ahí, que tengo que salir a hacer diligencias en el centro y así, o así sea en la casa, que una cosa o la otra, pero no vuelvo a dormir más”.

Aunque ha tenido ciertos malentendidos con su esposa, la entiende y se pone en su posición porque “siempre le toca pasar las noches sola”, eso algunas veces le hace querer buscar otro empleo, pero que de cierta forma este oficio le brinda una estabilidad, porque aunque no tiene un sueldo fijo, ya que le pagan por porcentaje, aproximadamente está ganando un millón 200 mil pesos mensual para mantener a su familia.

Detalla sus manos y luego mira al techo mientras cuenta que le “gustaría tener plata para pasear, ayudar a mi familia y viajar; no conozco ni la Costa”, agregando que le gustaría ganarse la Lotería para ayudar a sus hermanas y especialmente a su sobrino, quien con 22 años de edad cayó en la droga y aunque ha estado en centros de rehabilitación, “no logra ‘reponerse’”. Cuenta que una de las cosas que más anhela en la vida es verlo bien, pues lo mantiene tranquilo pensar en el bienestar de su familia.

Entre las terminaciones de las mangas de su camisa, se alcanza a notar uno de los dos tatuajes que tiene. No cree en que los tatuajes necesariamente deben tener un significado, pues las ‘enredaderas’ que tiene por toda su espalda y que rebosan en sus brazos, se las realizó por simple gusto, ya que según cuenta, su sobrino le propuso ‘rayarse’ con un amigo de él, que vendría a Bucaramanga y se animó. El segundo tatuaje y el que cree más importante, se lo hizo en su antebrazo derecho, “son las huellitas del registro civil de mi hijo Alejandro, así siento que siempre está conmigo”, menciona mientras sonríe y pasa sus manos sobre él.

A pesar de que trabaja en medio de cerdos, esa carne no es de su agrado, exceptuando la lechona y el chicharrón. “Lo como, pero no es que yo diga que voy a ir a la plaza a comprar cerdo, me gusta más la carne de res porque me da como digamos más asco el cerdo, por el sentido en el que se alimentan”, aunque excluye al cerdo purino “ese sí es lo mejor”, expresa mientras en el puesto 15 de la plaza de Lagos cuelga un marrano sin vísceras o lo que en el oficio se conoce como ‘canal´.

‘El Gomelo’ es muy disciplinado en su trabajo, se siente muy contento recalcando que es “cumplido, muy responsable, muy buen trabajador, para qué, lo mejor. Soy buen empleado, súper, súper, me considero súper buen empleado”. Ejerce su oficio junto a Hernando, el conductor de ‘La Marranera’, quien de vez en cuando ayuda a empujar hasta el ascensor ´la zorra´ que usan para el descargue en La Plaza Central, para ahorrar tiempo y ‘echar una mano’, aunque generalmente “él siempre parquea la turbo con furgón en el muelle y espera que carguemos y ya para salir”.

El otro compañero de Ramón se llama Rafael y está encargado de realizar la misma tarea de cargador; admite que “entre nosotros sí hay inconvenientes, pero no agresivos, a veces que ‘mamamos mucho gallo’, pero él no es mal compañero, es muy buen compañero, no es envidioso ni nada, y el chofer tampoco, los tres trabajamos siempre súper, súper bien”. La relación entre ellos es muy buena, pues hasta ‘recochan’ y bromean con los patrones.

Los ´cacharros´ del Gomelo

Entre el frío de la madrugada y el olor característico de la carne fresca, Ramírez hace memoria de los ‘cacharros’ por los que ha atravesado a lo largo de su vida, refiriéndose así a las historias o anécdotas que con gracia componen sus recuerdos.

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Ramírez lleva en su espalda y con ayuda de su mano izquierda un ‘canal’ de 87 kilos, mientras en su derecha una ración de vísceras para descargar en la Plaza Satélite. Foto: Lina María Rueda. Foto

Ramón ha sido testigo de infortunados sucesos que han vivido sus compañeros; cuenta que un día mientras realizaban un descargue, uno de sus compañeros sufrió un accidente insertándose un garfio en la mano mientras ‘desganchaba’ un cerdo. Tiempo después, en la Plaza Central, otro de sus compañeros se partió un diente con un gancho que rebotó justo cuando estaba soltando una presa. Una semana después al hecho, estando en el matadero, un muchacho se recostó en la parte trasera de la turbo, se resbaló y al intentar agarrarse de la puerta para evitar la caída, una lata le cortó todo el antebrazo. “A ese muchacho lo vi hace días por ahí en la Plaza Guarín, parece que ya se recuperó”, comenta.

Antes de que Hernando fuera el conductor, quien hacía las rutas y los transportaba era ‘don Sabas’, un señor de 60 años que según él “poco dormía porque llegaba a la casa y los nietos no lo dejaban, además le tocaba llegar a lavar el furgón todos los días, entonces no le quedaba mucho tiempo para descansar”. Narra que en ese entonces, pasaron por algunos accidentes viales, pues ‘don Sabas’ siempre se quedaba dormido mientras conducía.

Uno de los sucesos que más recuerda, fue un choque en el que “fueron solo latas”. Cuenta que un sábado 20 de diciembre a eso de las cinco y media de la mañana, estaba descargando una turbo de Kikes alquilada y precisamente cuando terminó su turno en La Plaza Central, lo llamó ‘don Sabas’ preocupado y le dijo “ay mano, si supiera lo que me pasó… me estrellé”. El choque ocurrió por la carrera 21 con 20, más abajo de La Plaza San Francisco, exactamente en una calle que tiene tres carriles. Rafael, el compañero del ‘Gomelo’ estaba recostado en toda la cabina, por eso no se dio cuenta cuando ‘don Sabas’ se quedó dormido y desvió la turbo hacia el parqueadero de un templo evangélico, estrellando un Renault 9 que en ‘efecto dominó’ se llevó otro carro y cuatro motos.

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‘El Gomelo’ -botas amarillas- y su compañero de carga Rafael -botas blancas-, dentro del frigorífico buscan la oreja marcada con el número del puesto en el que el animal debe ser dejado. Foto: Lina María Rueda. Foto

Debido a eso fue necesario sellar toda la vía, pues “eso acabó con todo”, siete vehículos en total: cuatro motos, dos carros y la turbo. “Cuando yo llegué allá, mi compañero y el chofer estaban bien, no les pasó nada gracias a Dios. Hasta en el Q'hubo salió un titular que decía ‘El matasiete’”, dice riéndose y asintiendo con la cabeza, a lo que agrega “qué ‘cacharro’ bueno ese que nos pasó”.

De esa vez, solo la cabina se dañó y tocó cambiarla toda, “la que ahora tenemos está nueva”. El furgón si no, él quedó entero, “es un furgón muy espectacular”. Bueno ese fue el accidente, “el más ‘recochero’ que hemos tenido”.

Otro susto fue uno que les pasó en Piedecuesta, por un pare; el conductor se ‘lo comió’ y ‘prácate’, fue a dar con un taxi. El conductor fue dominado por el sueño, “para ese entonces tenía por ahí como 63 años y pues no es que se viera tan abuelito, sino que el sueño es duro, sí uno no descansa bien, lleva del ‘tabliao’”.

Durante los 16 años que Ramírez lleva laborando en este oficio, le gusta cuidarse mucho para prevenir algún accidente, pues considera que no es bueno estar incapacitado. Nunca se ha cortado; confiesa siempre usar una correa “de esas que usan los que alzan pesas, la propia” para protegerse la columna; afirma que se siente más seguro y confiado alzando cualquier peso, pues el que sea ancha atrás le hace sentir que está protegido.

Ramón reconoce que el cuidado está en cada persona y que en su caso solo ha tenido un accidente. Antes de contar lo sucedido, aclara que los cerdos van colgados de las patas a unos garfios y también a una varilla que se llama espernancador, es gruesa, de hierro macizo y de puntas curvas para ‘enganchar’ el animal. “Un día en el matadero iba a bajar el cerdo y a lo que lo alcé de la pata, la varilla se salió y cayó de punta en mi pie, me traspasó la bota y me rompió”, detalla. Ramírez recuerda que estaban empezando a cargar los animales al furgón, por lo que Rafael tuvo que trabajar sin compañero por esos días, porque no se consiguió a nadie que rindiera y ‘diera la talla’ a su desempeño.

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Para entrar a la Plaza Central y por diversión, Rafael va en el frigorífico agarrado de dos ganchos, junto a los ‘canales’. Foto: Lina María Rueda Foto

Después de ese incidente, en urgencias le pusieron ocho puntos en la herida. “Esa varilla pesaba mucho y se me cayó como a una altura de dos metros y medio; y preciso de punta; me rompió la bota y se me enterró en el segundo dedo del pie izquierdo, lo único bueno fue que no me agarró el tendón ni nada de eso”, expresa. Por aquel hecho a Ramón le otorgaron diez días de incapacidad médica.

En la Plaza de Lagos, Ramón resalta que gracias a Dios, él solo ha tenido ese accidente, pero que sí tiene a muchos compañeros ‘jodidos’ de la columna, todo esto en consecuencia a  los fuertes cargas que deben soportar en su espalda cada madrugada. Como también hay otros ‘vueltos nada’ de los pies, porque cuando van bajando por la escalera se deslizan con la presa, y se ‘joden’ los tobillos.

‘El Gomelo’ en medio de la fortaleza, las ganas, el empeño y la ‘cara dura’ que le pone al trabajo, resalta su sensibilidad humana cuando cuenta que le produce lástima el proceso de sacrificio de los animales dentro del matadero, además le impresiona ver canales de 50 ó 60 kilos, pues son demasiado pequeños para matarlos y darlos a la venta.

A pesar de tener claros los peligros a los que se expone cuando recorre la ciudad a altas horas de la noche, conocer los riesgos físicos que conlleva ejercer un oficio como este, experimentar anécdotas que muchas veces lo han dejado inquieto, además de su poca disponibilidad para dedicar el tiempo suficiente a su familia, ‘El Gomelo’ se siente a gusto y orgulloso cuando dice ser cargador y transportador de carne. “Lo que empezó siendo una obligación, se convirtió de a poquito como en un gusto y pues nada, me siento bien”, expresa mientras se quita los guantes y cierra la puerta de ‘La Marranera’, dando así por terminado el recorrido. 

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Bajo una gran luna llena y una noche fría, siendo las 3:37 de la mañana se cierran las puertas del frigorífico de la turbo transportadora de alimentos cárnicos ‘La Marranera’ porque el turno de Ramón y sus dos compañeros ha culminado. Foto: Lina María Rueda. Foto

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