La ruleta de la adicción

Publicado en Edición 49 | Jueves 04, de Agosto de 2016 | Actualizado el Jueves, 16 de Noviembre de 2017

[FOTO 1]: La ruleta de la adicción
Una persona que acuda de forma recurrente a un lugar para apostar su dinero, que se obsesione con la idea de gastar todos sus recursos disponibles en el juego, debería consultar a un especialista. Puede estar cayendo en la ludopatía. Foto: Roberto Cárdenas. Foto
 

Los casos de adicción a los casinos son muy comunes. La mayoría de las personas hoy frecuentan algún casino de vez en cuando; el problema está cuando lo vuelven parte de su rutina.

La ludopatía es una enfermedad que hace que las personas se vuelvan mentirosas y dependientes del juego. Además, las personas adictas pocas veces lo aceptan, simplemente justifican todas sus acciones. Creen encontrar en el juego, un refugio a sus problemas.

Todos los números vistos por los apostadores son relacionados con la suerte y los ven como una casualidad. Por ejemplo, si van caminando, pasa un carro y la placa de este tiene el número 23, inmediatamente piensan y aseguran que ese es el número al que le deben apostar, ya que se les pasó por delante.

El ‘guayabo’ moral o del juego es aquel que sienten todos los adictos al otro día de haber perdido mucho dinero apostando. No se levantan de la cama, se mantienen arropados y sin ganas de hacer algo. Sin embargo, el día siguiente sienten la necesidad de volver a recuperar lo perdido. La historia se repite dependiendo de la frecuencia con que el jugador va al casino.

Plataforma tuvo la oportunidad de conocer algunos casos que ponen en evidencia la adicción que puede llegar a crear una simple máquina.

“El riesgo es excitante”

Marco Rubio, un hombre de 37 años, ha pasado los últimos 16 confiándole su suerte al juego. Este bumangués vive en Cañaveral, por lo que frecuenta más los casinos de la zona. Comenzó a jugar desde los 21, por medio de un amigo cercano que jugaba póker, quien lo incitó a los juegos de azar. Su deseo de probar más lo hizo conocer el juego que aún lo mantiene fascinado: la ruleta. Le tomó casi un año aprender a jugar bien.

Su motivación de volver cada día al casino es la buena suerte que ha tenido en algunos casos. Por ejemplo, una vez hace 12 años se ganó el pozo de la ruleta, el cual sumaba un millón 800 mil pesos. Sin embargo, este hombre soltero e independiente ha llegado a perder hasta 700 mil pesos en un día, un poco más de un salario mínimo mensual. Marco mantiene su secreto, ya que ningún integrante de su familia sabe que es un apostador.

- ¿Usted cree que la casa siempre gana?-.

-Sí, la mayoría de las veces la casa gana; de diez, uno gana una-, reitera.

- ¿Por qué vuelve entonces?, ¿qué lo hace volver, querer recuperar lo perdido o simplemente las ansias de querer ganar más?

- En parte sí, recuperar lo perdido, pero más que eso, es que el riesgo es excitante-, relata.

Marco ha pensado en no volver a jugar, pero siempre hay algo que lo hace querer regresar: la ansiedad.

-¿Cómo se siente cuando juega, qué pasa por su cabeza?-.

-Que caigan los números que estoy apostando (risas)-.

Marco está de acuerdo con que jugar lo afecta tanto económica como psicológicamente. Es consciente que tiene un problema, pero no lo quiere asumir.

- Según la Fundación Colombiana de Juego Patológico (Fcjp) hay cuatro tipos de jugadores: el ocasional, el frecuente, el problema y el patológico (el grado más alto). ¿Cuál se considera?

-Me reservo la respuesta-, comenta.

Destructor de matrimonios

Un caso muy similar al de Marco es el de Ramiro Mantilla*, quien tiene 37 años y en el mundo de los juegos de azar es conocido como “Papeto”, ya que su cabeza es calva como una bola de billar y su cuerpo es bastante robusto. Vivía en el barrio El Diamante, en Bucaramanga, junto a su esposa y su hija hasta hace pocos años.

Mantuvo engañada a su esposa casi una década, haciéndole creer que le vendía licor a los casinos, pero la realidad era que se jugaba el sueldo en ellos. Por esta razón, se la pasaba metido en todos los de la ciudad, pero en especial el que está cerca a los parqueaderos del Éxito de Cabecera. Sus apuestas eran grandes, las cifras variaban en millones.

[FOTO 2]: La ruleta de la adicción
Este es el típico juego de cartas con el que los jugadores apuestan grandes sumas de dinero. Foto: Laura Estupiñán. Foto
 

Su esposa le comentó a una vecina del conjunto donde vivían “que ellos estaban súper mal”, que eran escasos los momentos de intimidad bajo el pretexto de que estaba muy cansado por el trabajo. La vecina le aseguró haberlo visto jugando en un casino, así que comenzó a sospechar que Ramiro le estaba mintiendo. Se puso en la tarea de seguirlo para confirmar la sospecha. En efecto, un día lo encontró en el casino apostándole a su juego favorito, la ruleta.

Eduardo Fabián Arraud, médico psiquiatra especialista en adicciones y psicoterapia, explica que estas personas al principio sienten que pueden controlar su gusto por los juegos de azar, pero con el tiempo esto no sucede porque se convierte en un grave problema de adicción, ya que primero comienzan utilizando su tiempo libre, pero después abarcan el tiempo extra, dedicado a la familia o al trabajo.

El juego los hace pensar todo el tiempo en eso, en la plata que se pueden ganar, a qué numero le van a apostar. Por eso, “Papeto” ya no respondía en la casa ni como esposo ni como padre. Al cabo de dos años, terminaron separándose.

¿Hasta dónde se puede llegar?

Lucas Cáceres* es un bumangués de 38 años, de ojos negros y achinados, piel trigueña y 1,85 metros de estatura. Sus inicios en el juego fueron hace casi dos décadas con las tragamonedas. Se hizo muy amigo de un joven que lo incitaba acompañarlo a una especie de casino donde solo había de esas máquinas. Sin embargo, un día Lucas quiso entrar a un casino real y se “enamoró” de la ruleta.

Vivía en ese entonces con su mujer, Diana López*, y su hijo recién nacido. Comenzó a llegar tarde a su casa, oliendo mucho a cigarrillo. A ella se le hizo extraño, ya que no era un hombre de fiestas ni tragos. Tiempo después, se dio cuenta que la causa de sus trasnochos, eran los casinos; pero no le prestó mucha atención. Pensó que era algo pasajero, nada de qué preocuparse.

Diana no imaginaba la frecuencia con la que Lucas asistía al casino ni cuánta plata perdía a diario. Hasta que les empezaron a cortar los servicios por falta de pago y el mercado no se hacía completo. Lucas es transportador, lleva productos a Valledupar, Cesar. No obstante, siempre que viajaba iba a los casinos y se gastaba toda la plata con la que lo mandaba la empresa. La llamaba para que le mandara dinero porque no tenía cómo devolverse a la ciudad. Siendo un hombre que adora los relojes finos, un día empeñó uno de ellos. Era tanta su adicción, que comenzó a llevar cosas a las prenderías para ir a jugar.

También le atribuía la culpa a Diana de sus idas al casino. Le decía que “ella jodía mucho y que la culpa era de su hijo Antonio*, porque no hacía sino llorar”. Todo esto fue deteriorando la relación entre ellos. Una vez vendió un camión viejo que tenía guardado. El negocio cerró en ocho millones, pero decidió jugarse cinco en la ruleta pensando que los duplicaría. Al final, perdió todo.

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Hay ludópatas que han llegado a perder su familia y su capital por dedicar gran parte del tiempo de su vida a los juegos de azar. Foto-montaje: Roberto Cárdenas. Foto
 

La pareja planeó un viaje en familia al Archipiélago de San Andrés, viajaban un lunes a las cinco de la mañana; era medianoche y Lucas no llegaba a la casa. Diana estaba desesperada. Terminó apareciendo a la una de la madrugada sin un peso en el bolsillo. Se había jugado los 800 mil pesos con los que pagarían todo el viaje, así que tuvieron que pedir dinero prestado, porque ya tenían todo reservado. Lucas prometió esta vez que no nunca más volvería al casino, pero lo dicho se quedó en eso, en promesas.

Tras seis años llenos de problemas a causa de la adicción, Lucas atendió el consejo de Diana de asistir a una consulta psiquiátrica. Pero fue el mismo profesional el que les recomendó no continuar con el tratamiento, pues Lucas no quiso aceptar el problema y mentía en las consultas. Lucas pensó que podía salir del problema solo, pero no fue así. Continuó jugándose la vida hasta que su esposa no aguantó más. Se separaron.

¿Es la ludopatía sólo una adicción?

Casos como los de Marco, Ramiro y Lucas ponen evidencia, como lo explican los expertos, que la fascinación en este nivel por los juegos de azar es peligrosa. Iván Sanmiguel, médico general, afirma que la ludopatía podría estar relacionada con enfermedades mentales como la depresión y la ansiedad. Es decir, una persona ludópata también podría presentar síntomas depresivos y ansiosos, sin embargo, hace falta evidencia para establecer la relación temporal entre el juego patológico y estas dos enfermedades; no se sabe qué ocurre primero.

Sanmiguel agrega que de lo que sí existe evidencia es que hay un factor que se encarga de controlar la impulsividad, lo que ocasiona que una persona que sufre de depresión y suele estar todo el día en cama sin ánimos de hacer nada, empiece a desarrollar adicción (patológica) a los juegos de azar. Al parecer el juego patológico asociado a la personalidad límite (borderline), a lo largo del tiempo, produce sentimientos de abandono que hacen que después haya episodios de juego desenfrenado.

El doctor Arraud confirma que los estudios demuestran que muchos pacientes tienen diferentes trastornos de personalidad, que en términos psiquiátricos es llamado “patología dual”, es decir, que puede tener dos diagnósticos, uno heredado de la genética y otro del hábito.

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Los juegos de azar terminan convirtiéndose para muchos en una obsesión al considerar que siempre tendrán suerte. foto: Roberto Cárdenas. Foto
 

El psiquiatra advierte que para tratar la ludopatía se requiere que el paciente tome conciencia de que su comportamiento es inadaptado, debido a las dificultades que le genera tanto a él como a su familia. Además, es importante que este reconozca la obsesión por el juego como un problema. Seguido a este proceso se hace la evaluación médica y psiquiátrica del paciente. Cuando ya hay un diagnóstico, el profesional le prescribe los medicamentos adecuados que regulan los centros de placer y limitan los impulsos de la persona. Luego viene la intervención en la personalidad, que son acciones directas en su conducta para poder tener control sobre él.

Según el experto, finalmente el paciente debe aceptar la hospitalización para comenzar un programa de deshabituación al juego, para esto se analizan los hábitos que lo llevaron a tal actividad, dándole paso a los procesos ambulatorios que demoran aproximadamente tres meses. En la mayoría de los casos, si los pacientes vuelven a tener contacto con el juego, pueden recaer. “Para evitar esto es necesario que el paciente asista a grupos sociales como por ejemplo jugadores anónimos”, apunta el psiquiatra.

La toma de conciencia es indispensable, ya que muchas personas no ven a la ludopatía como una enfermedad. Quienes han experimentado esta realidad confiesan que en el casino todo está hecho para que la persona juegue, es como una hipnosis que los separa de la realidad, donde todo se vuelve agradable. La oferta de bebidas, el agradable olor del lugar, la ausencia de entradas de luz y relojes, pueden ‘atrapar’ para siempre a un jugador obstinado.

*Nombres cambiados a petición de las fuentes.

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