La historia detrás del hábito

Publicado en Revista | Jueves 28, de Abril de 2016 | Actualizado el Jueves, 28 de Abril de 2016

[FOTO 1]: La historia detrás del hábito
Carlos Montañez conserva el archivo histórico de su hermandad. En la fotografía está mostrando el folleto de la primera exposición de documentos histórico-religiosos de la Semana Santa de Piedecuesta. Foto: Paula Serrano. Foto
 

Muchas historias y pensamientos se esconden tras el velo de algunos penitentes o nazarenos, pero pocas veces estas son contados

Hay tradiciones que vienen de familia, que llevan años construyéndose. Estas son legados generacionales que hacen presencia en el presente, los podemos ver en las familias de abogados, ingenieros, deportistas, pero muy pocas veces están vinculadas a los temas religiosos. Carlos Montañez, un hombre de 58 años, lleva casi toda su vida siguiendo los pasos de sus ancestros, conservando el hábito de ser nazareno.

¿Qué es un nazareno? Para Carlos Montañez, quien lleva 40 años en esta labor, va más allá de vestir una sotana y salir a la calle a pagar penitencias durante la Semana Santa. Para este hombre ser nazareno tiene un “sentido muy sagrado, especial, pues es acercarme más a Jesús y cargar con él la cruz de mi vida”.

Este pensamiento quizás fue el que acompañó al padre de Carlos, quien también fue nazareno a pesar de los inconvenientes, pues aunque en su época fue considerado por la iglesia como un "bastardo", al ser fruto de una unión "no matrimonial", nunca perdió su entrega al servicio de Dios, pero sí, su apellido paterno: Mantilla que lo vinculaba con uno de los fundadores de la hermandad.

Para este nazareno su vida es muy sencilla, “como la de cualquier católico”, pero la rutina que sigue durante la Semana Mayor desmiente sus palabras modestas.

***

Son las cuatro de la mañana del Miércoles Santo del año 2016, Carlos Montañez nazareno por tradición y convicción, se levanta de su cama y busca su hábito, ese mismo que lo ha acompañado a lo largo de estos cuarenta años de servicio. Este traje no es como cualquiera, pues lleva una historia tras él que se remonta a los tiempos en los que Piedecuesta tenía dos hermandades de nazarenos: una de caballeros españoles y otra de “negros y plebeyos”.

La fusión de estos dos grupos llevó a la creación de una nueva vestimenta que representa hasta el día de hoy a la entonces naciente Hermandad de Jesús Nazareno. Por esta razón se tomó lo mejor de cada una: de los españoles se tomó el sobrepelliz [vestidura blanca de lienzo fino], que pasó a ser el hábito; el cuello, que ahora es pañoleta; también el fajón, que ahora es la soga, los guantes no tuvieron cambio y finalmente como a cualquier caballero no le puede hacer falta su espada, el crucifijo vino a reemplazarla.

De los lugareños de la época, representados en el grupo de “negros y plebeyos” se tomó la cotiza, la cual representa las raíces campesinas, la humildad y la nobleza. Todo este hábito está acompañado por el velo que cubre su rostro, el cono, el cual apunta al cielo y el cordón de penitencia de la regla de San Benito, santo que en tiempos de antaño en Piedecuesta, según algunos de sus habitantes, se le rendía una devoción especial en la que en su día de celebración varias personas hacían penitencia y teñían su piel a semejanza del santo.

Siendo las cinco de la mañana, después de haberse puesto su hábito, Carlos Montañez sale a las calles junto con sus compañeros a hacer la “señalada”, la cual es la demarcación del camino que seguirá la procesión, al ritmo de la campana o esquilón, estando en esto, piensa que hay cosas que no han cambiado en estos cuarenta años, como la emoción y la entrega a su labor. Este sentimiento lo hace recordar sus inicios, como cuando participó en la “ceremonia del chocato”.

Esta extinta ceremonia se realizaba en la iglesia y era una especie de bienvenida que le daban sus compañeros al ingresar a la hermandad. En esta los nazarenos se formaban haciendo una especie de calle de honor, el más viejo de ellos se quitaba la cotiza hecha de piel de res curtida y le pegaba al iniciado en señal de aceptación, así seguía el camino, hasta que en el altar lo esperaba su padrino quien le pegaba en cada hombro con el alpargate, pues a los caballeros así el rey les ponía la espada.

[FOTO 2]: La historia detrás del hábito
Carlos, quien no se distingue entre sus compañeros, desfila el Viernes Santo cargando el “paso” de Jesús caído, la imagen tradicional de la familia Mantilla. Foto: Paula Serrano. Foto
 

Después de la “señalada”, el reloj marca las seis de la mañana, hora en que Carlos Montañez junto con sus compañeros deben llevar el Santísimo a la capilla de los nazarenos para iniciar su evaluación personal, examinar su conciencia y pensar en qué se va a consagrar, pues en la noche renovará sus promesas y hará sus juramentos.

El desayuno es el aliciente físico de la mañana, pues aunque no es mucho, al menos no es un ayuno como en épocas pasadas. Son las 7 y 30 de la mañana y la labor apenas empieza, pues en la tarde los espera un encuentro con sus hermanos que ya “partieron” y en la noche Carlos Montañez será reconocido por su labor, al igual que a sus “hermanos” de vocación.

Una nube densa cubre la tarde, según los medios locales se trata del calima; los nazarenos, entre ellos Carlos, visitan las tumbas de sus compañeros que ya partieron. El sonido del viento se confunde con el murmullo de los rezos, Carlos se acerca a la tumba de su padre, quien hace ocho años murió y en un momento de silencio cruza unas palabras mentales que lo motivan a renovar sus promesas.

Son las siete de la noche y en el parque se vislumbran las figuras de los nazarenos quienes con sus conos en la cabeza parecen una misma persona, pues no se distingue quién es quién, algunas veces su figura sirve a los padres para atemorizar a los niños aunque esta nunca sea la intención de los nazarenos.

Llegado el momento de la eucaristía o misa los velos desaparecen y se logra reconocer de nuevo a Carlos entre la multitud, quien ahora porta su medalla distintiva por estas cuatro décadas de servicio. Las celebraciones de la noche se extienden hasta las 11, hora en que todos vuelven a su lugar de descanso o a la casa de la hermandad.

Camino a su casa Carlos Montañez expresa que quiere ser nazareno hasta el día de su muerte, lo demás, como su trabajo depende de lo que el señor le socorra, pues hace un año estaba con los indígenas en el Guanía y ahora se encontraba celebrando la Semana Santa en su pueblo natal.

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