muerte

Sepultando vidas

Publicado en Edición 47 | Martes 19, de Abril de 2016 | Actualizado el Miércoles, 20 de Abril de 2016

Sepultureros

[FOTO 1]: Sepultando vidas
Vicente Pérez, arreglando una de las tumbas del cementerio La Colina. Foto: María Paz Atuesta. Foto
 

Plataforma reconstruyó a partir de relatos la labor de una profesión poco valorada y llena de imaginarios en el departamento de Santander.

“¿Ustedes qué hacen acá?”, pregunta un hombre quien nos revela después de un tiempo que es sepulturero. Cautivado por la presencia de tres periodistas que andan buscando las historias de quienes trabajan en los cementerios de la ciudad, Vicente Pérez accede a una entrevista de manera amable.

En un cementerio se tejen todo tipo de historias, y una de estas es que las ramas de un árbol se entrelazan entre sí mostrando claramente los seis días que vivió un bebé, quien según determinó la Fiscalía fue asesinado por su mamá en el año 2009. Por el crimen, la mujer fue sentenciada a 37 años de prisión. Este fue un hecho que causó revuelo en el país y que todavía sigue atrayendo a curiosos al cementerio Jardines La Colina, en Bucaramanga.

Algunas de las personas que laboran en este cementerio le contaron a la revista que aunque existen muchos tabúes alrededor de la muerte, consideran que su lugar de trabajo es un remanso de paz en el que siempre se respirará tranquilidad. Sin embargo, explican que ser sepulturero no es una tarea fácil, pues cada día deben enterrar personas y saber cómo abordar a los familiares entristecidos. Por esta razón, creen que lo clave es tener fortaleza mental, algo que ganan con el tiempo y la experiencia.

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Eduardo Rojas Montañez recuerda que accedió a ser sepulturero después de buscar por varios meses trabajo y afrontar una situación de deudas. Menciona que al principio no le era fácil su trabajo, pero con el tiempo se acostumbró a una rutina que ya suma cinco años. Rojas explica que le gusta mucho estar en La Colina porque “es muy campestre; hace que uno se sienta en otro mundo”, desmintiendo de paso todos los mitos que se construyen alrededor de estos lugares. “Todas esas cosas son temores que la gente se crea”, dice.

[FOTO 2]: Sepultando vidas
Eduardo Rojas un hombre que muestra dedicación a su labor diaria en el cementerio Jardines La Colina, en Bucaramanga. Foto: María Paz Atuesta. Foto
 

Como buen santandereano, es amante de su trabajo y aunque muchas veces sale tarde del cementerio, asegura que nunca ha sentido temor o miedo. “Hace unas semanas había neblina y un visitante me comentó que si la neblina bajaba de esa manera, significaba que ahí venían los muertos. Simplemente le respondí que era neblina y nada más”.

Durante 2015 Rojas no pudo ejercer su labor como sepulturero por problemas en la columna, pero mientras se recupera realiza otras labores como barrer las hojas que caen de los árboles o servir de guía a quienes están buscando las tumbas de sus seres queridos. “Me gusta todo lo que hago, además tengo seguridad social y el ambiente laboral es muy bueno”, añade.

Antes de trabajar como sepulturero Eduardo era estampador textil e intentó trabajar en Venezuela, pero por la situación que atraviesa ese país prefirió regresar a Colombia. Afirma que la mejor decisión fue regresar. En sus horas libres toma refrigerio y de forma extra laboral, sólo cuando se justifica monetariamente, realiza algunos trabajos de estampado.

Aunque Eduardo no cree en los mitos del cementerio porque “el muerto, muerto está”, se sabe una que otra historia que cautiva a más de uno, como por ejemplo la de un bebé que con apenas seis días de nacido fue asesinado por su madre, como lo determinó la justicia. Según cuenta, muchas personas vienen a visitar su tumba y algunos aseguran que oyen llorando al pequeño como si su alma estuviera penando.

También ha podido encontrar maleficios, los cuales hacen referencia a cartas escritas que dejan cerca de las tumbas; entierros de muñecos con alfileres en todo su cuerpo o lazos en sus articulaciones que pueden significar dolor o amarres de amor; monedas que simbolizan ruina; la vulva de madera (aparatos reproductores del hombre y la mujer) para que la persona no funcione sexualmente y pierda el deseo de estar con su pareja; oraciones para la mala suerte y desdicha, y el búho para que la persona no pueda dormir y enloquezca. El procedimiento que los sepultureros emplean al encontrar este tipo de elementos es romperlo y tirarlo a la quebrada, en lo posible recomiendan no tocarlo directamente.

[FOTO 3]: Sepultando vidas
Estos son los árboles que según algunos visitantes entrelazan sus ramas como un fenómeno paranormal cerca de la tumba de un bebé asesinado por su madre. Foto: María Paz Atuesta. Foto
 

Rojas comenta que aunque los trabajadores son muy tranquilos frente a estas situaciones; mucha gente cree en supersticiones: “aquí nadie está preparado para la aceptación de la muerte y por eso se crean esos temores”, dice.

*** Julio César Ortiz es otro sepulturero y al igual que Eduardo Rojas llegó a este oficio por falta de oportunidades de empleo. Fue su suegro quien le avisó de la oportunidad y desde hace 17 años se dedica a esta labor, a la que califica como “pesada” sobre todo cuando debe abrir lotes. Esta es una actividad que requiere de fuerza y dedicación por la extracción de grandes cantidades de tierra y piedras.

Según Ortiz, cada día en el cementerio se sepultan entre tres y cuatro difuntos. Asegura que en algunas tumbas ha encontrado muñecos con alfileres y pajas amarradas, pero a diferencia de su compañero Eduardo sí cree en supersticiones. “En las noches se sienten espantos, como el de una mujer que llora cerca de la tumba de un niño”, menciona.

Julio relata que otro de los personajes del cementerio es Jesús Ojeda “el mago”, un hombre al que varios visitantes le atribuyen milagros. Luz Estela, una mujer que da gracias al lecho de su tumba, agrega que lo conoció en vida y que fue él quien curó a su hijo de una enfermedad. Los sepultureros conocen del “mago” por las historias que les ha contado un compadre de Jesús.

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Vicente Pérez es un hombre de 61 años de edad y considera que su familia es su “motor de vida”, integrado por su esposa María Eugenia, con quien está casado desde hace 35 años, y sus dos hijos Juan Carlos y María Camila. Trabajó como constructor desde sus doce años de edad, pero laboralmente sólo logró estabilidad cuando una empresa lo contrató por tres años. .

A falta de trabajo, un día Vicente decidió comprar un local en las afueras del cementerio donde vendía limonadas, jugos y salpicón. Un trabajador le ofreció la posibilidad de presentar su hoja de vida y así fue como terminó contratado. “Uno con mujer y dos hijos ya no piensa en uno sino en ellos, para darles algo mejor y por eso decidí trabajar como sepulturero”, dice.

[FOTO 4]: Sepultando vidas
La rosa marchita que refleja el proceso natural de la vida. Foto: María Paz Atuesta. Foto
 

Pérez lleva ocho años trabajando allí y con fervor agradece a Dios por darle todo lo que necesitaba, un empleo estable y una familia unida. “Gracias a mi trabajo tengo seguro anti-riesgos y salud ocupacional. Me siento a gusto con mi trabajo”.

El horario laboral en el cementerio es de 8 a 12 del mediodía y de 2 a 6 de la tarde. Y aunque en algunas ocasiones se tarda más de lo estipulado en el cementerio, Pérez asegura que nunca ha pasado nada extraño.

Vicente explica que antes vivía en Sabana de Torres, Santander, y cuando visitaba a sus hermanas llamaba su atención el clima y la gente de Bucaramanga. Esto último terminó convenciéndolo de quedarse en Bucaramanga. Anhela trabajar en otro lado y poder ganar mucho mejor, pero sabe que su edad es un factor que influye demasiado. “Algo muy importante para mí y que me da fuerzas es que soy creyente de la palabra y soy un hombre juicioso tanto en mi hogar como en mi trabajo”, comenta.

[FOTO 5]: Sepultando vidas
Ofrendas entregadas por visitantes a las tumbas de los difuntos en señal de su agradecimiento. Foto: María Paz Atuesta. Foto
 

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