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“Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno

Publicado en Edición 47 | Martes 19, de Abril de 2016 | Actualizado el Miércoles, 20 de Abril de 2016

Danilo

[FOTO 1]: “Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno
Danilo fue el goleador de la Selección Santander con siete dianas, llevando su equipo hasta la final y logrando el subcampeonato. Foto: Suministrada del archivo familiar de los Moreno Cala. Foto
 

A dos horas de Bucaramanga se forma en silencio una promesa del fútbol. Un niño que busca ser profesional en este deporte, haciéndose “a pulso”, poniéndole empeño a sus estudios escolares y contando con el apoyo de sus padres.

-Quién es Danilo-, le pregunté a Johan, hijo de Huber Rojas, entrenador de la Academia Santandereana, un equipo de los 37 actualmente inscritos en la Liga Santandereana de Fútbol.

-Mírelo es el 7, el que está corriendo por la banda izquierda, el que va allá-, me dice cuando tratábamos de buscar al entrenador de la Selección para sacarle unas fotos a Danilo. Mientras caminábamos hacia el interior del campo pensaba en su contextura física: poco más o menos 1.69 de estatura y sin contar el pelo que tal vez le sumaba algunos centímetros más, de piernas fornidas para un niño de 13 años y brazos musculosos como si alzara pesas todos los días.

Estaba sorprendido no solo por su figura, sino por las corridas que pegaba para alcanzar el balón. No creía que tuviera tan poca edad. Miraba al resto de niños y él era de los más grandes y acuerpados de la selección. 

-Dani, ¿el profesor?-, le grita Johan desde la distancia. -No vino-, respondió. -Están ellos tres-, aseveró Danilo a lo lejos. Nos dirigimos hacia al asistente para que nos diera el permiso de tomar fotos. Intentaba ver los movimientos de Danilo en el entrenamiento, corría y no paraba. En ese momento la temperatura ya hacía sudar hasta un padre de familia que esperaba a sus hijos en las gradas.

[FOTO 2]: “Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno
A su corta edad, Danilo acompañaba a su padre en los torneos que él disputaba como aficionado. Foto: Suministrada del archivo familiar de los Moreno Cala. Foto
 

“Tuve la mala fortuna de escucharle decir a una profesora: ¿es que ahora piensan vivir de eso, es que el fútbol les va dar de comer?”: Ximena Cala, mamá de Danilo.

-Corre, corre. Métela toda-, se le oía a uno de los tres asistentes decirles a los jugadores para que alcanzara el balón, que anteriormente había lanzado al vacío (término utilizado en el fútbol para correr hacia un determinado espacio en solitario dentro de la cancha).

Antes de ir al entrenamiento a conocer a Danilo, Huber su entrenador desde el año 2012 me contó que fue uno de los 27 niños que logró pasar al equipo de la categoría Infantil después de varios filtros que dispone la Selección para elegir a los jóvenes.

-Danilo es una bendición-, me dice observando sus propios trofeos que en ese momento estaban frente a nosotros. Huber es un tipo de aspecto noble, sonríe cada vez que se le pregunta por Danilo. Miro su casa atestada de medallas conseguidas a lo largo de sus 20 años como formador de niños. -¿Por qué formador; y no entrenador?-, le pregunté dudoso mientras anotaba en mi cuaderno de dos páginas. -Porque uno no entrena niños para ser personas, uno forma personas por medio del fútbol-. Esto fue lo último que me expresó antes de frotar sus manos por los ojos, síntoma de querer ir a dormir.

Es el turno de Danilo para realizar el ejercicio: toma el balón blanco con líneas grises, da dos, tres pasos hacia el cono que indica la posición de partida y realiza un toque dirigido a su entrenador. Éste la recibe a más de siete metros y patea hacia la banda lateral. Corre como “alma que lleva el diablo”. El balón da tres botes friccionando el césped, la pelota ya ha recorrido más de 20 metros y antes que diera el cuarto bote sobre el campo, Danilo alcanza el balón y se devuelve a su posición con el sudor ahogante de las tres de la tarde y sin ningún síntoma de fatiga. 

-El chino es el que más corre-, dicen sus compañeros entre susurros. En la selección todo es una lucha, se logra ver la competencia en cada uno. Todos quieren jugar, dan lo mejor que tienen y Danilo es el mejor alcanzando el balón.

El entrenamiento estaba dividido en tres grupos: el de arqueros, resistencia física y definición. Mientras unos le pegaban a los palos para mejorar su definición, al estilo de Ronaldinho en los comerciales de gaseosa, los otros corrían, y los del fondo del arco volaban. Tres experiencias distintas pero con un mismo fin, ganarse la titular en la Selección.

Hacía mucho sol, sudaba sin parar. El asistente me informa que no puedo sacar fotos por orden del entrenador, el cual había llamado por celular. No le doy mucha importancia a eso. Salgo del terreno con el sol a cuestas haciéndome empapar de sudor la correa de la cámara que en ese momento tenía atravesada. Al salir me detengo en la línea final, tomo la cámara y doy ráfagas estrepitadas para sacar una buena foto pero el asistente pega un alarido desde la distancia para que saliéramos de la cancha y nos sentáramos en las graderías.

El asistente finaliza el condicionamiento físico y el desarrollo técnico que desempeñaban durante la primera parte del entrenamiento. Los niños se reúnen, toman agua y molestan entre ellos. Danilo sale lentamente del terreno. Busca su maleta, saca el termo con agua y se refresca. Lo guarda y otra vez está en la mitad de la cancha.

Seguía la práctica pero ahora con movimientos tácticos dentro del terreno de juego, un partido entre suplentes y titulares era la exigencia que debían afrontar los niños frente a sus entrenadores. En ese instante tenía mucha expectativa de ver al chico jugar, reparten los petos y no logro visualizar bien en qué quedó Danilo, -búsquelo por el 7-, pronuncia Johan al verme intentando a través del lente. -Suplente, quedó de suplente-, dice Johan un poco molesto por la decisión del asistente técnico.

Además del notorio fastidio, Johan agrega que Danilo fue uno de los goleadores del campeonato Asefal que se disputó en Barranquilla. -Hizo siete tantos. Dos por debajo del goleador del torneo, ¡y cómo viene este man a dejarlo en la banca!-, concluye Johan en simultáneo mientras arruga sus cejas.

Danilo es el anhelo de lo que uno quiere ver en los estudiantes: disciplina”: Juan Carlos Álvarez, profesor de educación física.

[FOTO 3]: “Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno
Juan Carlos Álvarez es el profesor de educación física que más ha apoyado desde que el joven ingresó al colegio Fray Nepomuceno Ramos. Foto: Jorge Mayorga. Foto
 

No cabe duda que para un jugador el peto simboliza más que ser suplente. -La banca para muchos es sinónimo de no estar haciendo las cosas bien-, me responde Johan al preguntarle sobre su fastidio por ver a Danilo con el peto. Se reúnen los equipos en la mitad del campo y cada uno, titular y suplencia hacen un círculo para hablar, tal vez de las debilidades del otro. Se alientan entre ellos y gritan “SANTANDER, SANTANDER, SANTANDER” como si fuera un partido por la final de la copa del mundo.

Empiezan los toques. El equipo suplente mantiene la posesión del balón. Dani recibe y toca, ese es su trabajo. Mientras él corre, una que otra foto sale bien. Obturo hasta sacar la mejor. El chico pide el balón pero el 10 decide no pasársela. Así transcurren 15 minutos. Y se escuchan susurros: ¡Dénsela! ¡Dénsela!, repetía Johan detrás de mí.   

Danilo señala con su mano derecha la banda, indicando que se la pasen como hicieron hace unos minutos en el entrenamiento. Tirarla al espacio para que él saliera corriendo como un potro y lanzara un centro. “El potro” es el apodo que sus amigos le han puesto resaltando su agilidad a la hora de correr y esfuerzo físico. Se notaba la intranquilidad que sentía. De repente le queda una pelota y decide rematar. Pasa lejos de la portería. Estaba ansioso, tal vez porque le tomaba fotos o quizás porque tenía el peto azul.

[FOTO 4]: “Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno
: Danilo intenta alcanzar el balón que anteriormente fue pateado por su entrenador. Foto: Jorge Mayorga. Foto
 

Busco posibles ángulos para las fotos. Encuentro uno y decido cambiar de posición. Me dirijo hacia la puerta por donde entran los jugadores. La deslizo a medio abrir para que no genere desenfoque con las mallas que separan la cancha de las graderías. Clic, clic, clic. Danilo ya no está. El asistente técnico decide sacarlo del partido. Con gran desazón se dirige a la línea. Se quita el peto y se sienta.

***

Esa corpulencia Danilo la utiliza para ayudar a su familia, compuesta por la madre, el padre y una hermana más, en una casa  de cinco metros y de fachada inacabada en el municipio de Rionegro, Santander, a 25 kilómetros de Bucaramanga. A veces, durante dos horas carga ladrillos a la volqueta de su padre, el negocio con el que César logra sostener no solo la alimentación diaria sino los 15 mil pesos que el muchacho invierte todos los días en su apuesta por lograr ser un destacado futbolista.

Dani, como le dice cariñosamente su padre César, nació el 23 de febrero del 2002 en Bucaramanga, Santander. Empezó su carrera futbolística a los cinco años. A esta edad recibió su primer “no”. -Él estaba tan entusiasmado de jugar que le compramos sus primeros guayos y canilleras, pero el profesor le dijo que “no” por ser muy pequeño-, cuenta su madre Ximena Cala un poco acongojada al recordar.

“Cuando él escuchó que no podía jugar, me miro y le dije: Dani, será en otra oportunidad”. Esas fueron las primeras palabras de su madre Ximena, intentando consolar la primera negación que recibía su hijo en el fútbol. Un “no” que recibió hasta el mismo Messi cuando su padre lo llevó a que se probara en varios equipos argentinos, pero por su estatura y condición física no pudo competir, de forma inicial, en su propio país de origen.

Después del “no”, Danilo se dedicó a patear y acompañar a su padre en una y otra ‘recocha’ en Rionegro, su lugar de crianza. Allí jugó en el equipo del pueblo, pero por condiciones ajenas a él como la politiquería y corrupción, el equipo del pueblo no prosperó. Así que sus padres decidieron inscribirlo al Afis, un equipo de la capital santandereana en el que tampoco pudo jugar lo esperado.

-Era banca y solo me ponían a jugar cinco minutos-, cuenta Danilo tímidamente al preguntarle por su proceso.

400 mil pesos mensuales gasta César en transporte para que su hijo pueda asistir a los entrenamientos con la Selección Santander.

Del Afis pasó a la Academia Santandereana Fútbol Club, equipo que actualmente es el dueño de su pase. Entró a jugar ahí por recomendación del padre de Jhonier, su mejor amigo que también vive en Rionegro y juega en la Academia.

El papá de Jhonier fue uno de los precursores para que Danilo llegara a la Academia con Huber. César cuenta que le insistió para que lo inscribiera pero no fue una decisión fácil, dado que su hijo debía tomar el bus para llegar a los entrenamientos sin compañía de él.

-La primera vez que fui a entrenar a Bucaramanga sin compañía de nadie fue en la Academia, en ese momento tenía mucho miedo. Solo pensaba en los buses que debía coger y en dónde debía bajarme-, comenta Danilo un poco exhausto después de llegar de la práctica.

Dos horas duraba en la buseta para llegar a los entrenamientos con Huber, un recorrido de 25 kilómetros que ha hecho hasta el día de hoy desde que decidió dar su vida por este deporte. Pese a esto, el chico no solo es bueno con el balón, sino con el estudio. En la actualidad cursa octavo grado en el colegio Fray Nepomuceno Ramos y está entre los cinco mejores estudiantes con mayor rendimiento.

Todos los días se levanta a las 5:30 de la mañana, alista la maleta del colegio y la del entrenamiento; cuadernos, libros y lápices seguidos por el par de guayos, uniforme y canilleras, todo listo para después ir a entrenar. Toma el desayuno que con tanto esmero hace Ximena para su familia. Danilo come ligeramente y sale de su casa rumbo al colegio, que está en la entrada del pueblo, una cuadra más arriba del puente que saluda a cada transeúnte que se topa con Rionegro.

Juan Carlos Álvarez, profesor de Educación Física de Danilo, es la persona que más ha apoyado el esfuerzo del joven por cumplir sus sueños. Él y otros profesores de la Institución le han alivianado el largo camino que se necesita para llegar, como dice Huber, a ser jugador élite. Cuenta que el chico es muy aplicado y estricto en sus cosas. -Él es el anhelo de lo que uno quiere ver en los estudiantes: disciplina-, pronuncia con orgullo.

La Institución alberga mil 270 estudiantes de secundaria, 706 en primaria y 109 en preescolar. Es la escuelita a la que por tradición fueron la mayoría de rionegranos, tiene aproximadamente 70 años desde que se creó como colegio, asegura Juan Carlos.

“Danilo fue uno de los 27 niños en pasar a la Selección Santander después de que mil niños se presentaran de todo el Departamento”: Huber Rojas, entrenador de la Academia Santandereana de Fútbol.

César cuenta que el sueño de su hijo por ser futbolista le ha traído problemas en el estudio, inconveniente que surgió cuando sus prácticas con la selección se cruzaron con sus estudios. -Hubo días en los que él no pudo ir al colegio porque debía entrenar y si no entrenaba, era probable que no siguiera en la selección-, indica César.

Fue así como Ximena se dirigió al colegio para pasar una carta a la rectora sobre un posible cambio de jornada para que los entrenamientos no afectaran sus estudios. Ximena cuenta que fue duro porque a veces iba y la rectora no le daba respuesta a la solicitud, tardó varios días hasta que la rectora accedió a su requerimiento. Pese a esto, también tuvo problemas con algunos profesores que no ven en el fútbol una profesión a futuro.

-Tuve la mala fortuna de escucharle decir a una profesora: ¿es que ahora piensan vivir de eso, es que el fútbol les va dar de comer?-, cuenta Ximena, recordando que sintió rabia y desazón, pero por evitar conflictos prefirió callarse para que a su hijo le fuera otorgado un permiso para asistir al entrenamiento que tenía con la Selección Santander.

Inmerso en el relato de Ximena y de cada interrupción temerosa de Danilo, me doy cuenta que ya son las 7:30 de la noche. ¿Cómo hago para volver a Bucaramanga?, pregunto. César se ríe, levanta la cabeza, mira el reloj y pronuncia: a las ocho pasa el último.

***

Trato de seguir mirando el partido, es bueno. Los chicos juegan parecido a los que suelen correr por la televisión, Barcelona, Real Madrid, Inter de Milán… Tal vez son sus referentes y es el tipo de juego que los entrenadores quieren que expresen en el campo. La suplencia ya ha perdido la posesión del balón y se dedica a aguantar el partido. Caen las 4 de la tarde y dan por terminada la práctica. Cero-cero. No hay diferencia y sigue la competencia entre ellos, unos por ser titulares y los otros por mantener la titularidad en la selección.

Salen los muchachos y espero a que Danilo salga y se refresque un poco, yo también decido hacerlo: compro una bolsa con agua y lo persigo hasta la salida. Él se sienta con un grupito de compañeros, charlan un rato hasta que Johan lo llama y hablamos.

Conversamos del porqué lo habían sacado del partido, le ofrezco disculpas por sacarle fotos en el entrenamiento, -a lo mejor su entrenador no le gustó y lo sacó- le dice Johan. -No. También sacaron a Pacheco-, dijo sin mayor impresión y con la humildad que lo han caracterizado sus más allegados.

Johan se despide cojeando. Enciende la moto y sale disparado por la calle que divide el colegio tecnológico con el estadio Alfonso López.- ¿Usted va para Rionegro?-, pregunta Danilo.-Sí, dónde podemos coger el bus-, le respondo.-Toca bajar hasta la 15-, es decir, 10 cuadras y algo más.

Caminamos cuadra tras cuadra. No hablaba, solo determinaba la línea blanca que separa el andén de la carretera. Es difícil sacarle una palabra, le expreso lo impresionado que estoy de verlo. Me imaginaba a esa edad, le hablo sobre mis gustos y por qué hago lo que hago, pero responde escueta y ágilmente. No sé si por evadirme o porque está agotado del entrenamiento.

Bajamos por la calle 10 para más adelante rodear el caballo de Bolívar y seguir hasta la carrera 15. Cuando vamos de camino nos topamos con un accidente provocado por una motocicleta. Danilo levanta la mirada, observa poco y vuelve a fijar sus ojos en la línea que separa el andén.

Es obsesivamente callado, responde poco hasta que decide cambiar los papeles, tal vez cansado de tanta preguntadera. -¿A usted no le da como miedo pena preguntar cosas?-, lo pronuncia mientras se ríe. -No, un día fui como tú. Era demasiado tímido para lo que había escogido (ser periodista), así que fui perdiendo la timidez por mi carrera-. Después de esto se echa a reír, es la primera vez que siento que le agrado.

-Ahí viene la buseta-, indicó. Era un colectivo pequeño que recorre la Avenida Quebradaseca hasta la cabecera municipal de Rionegro. Subimos y cancelamos 5 mil 600 pesos por los dos, dimos varios pasos y nos sentamos en la última fila al lado de un señor que tenía herramientas de albañilería, supongo. En el que pequeño viaje hablamos de todo, hasta le presté mi celular para que escuchara algunas notas de una amiga que hablaba en inglés.

[FOTO 5]: “Todos buscan el amor verdadero; yo busco jugar al fútbol toda mi vida”: Danilo Moreno
Danilo a sus cuatro años ya demuestra su amor por la pelota. Foto: Suministrada del archivo familiar de los Moreno Cala. Foto
 

-¿Cuál es tu mayor referente en el fútbol?-, le pregunté mientras su mirada se perdía por el ventanal. -Beckham. Me gusta cómo le pega al balón-, concluyó. Fue rara su respuesta, en ese momento pensé que iba a mencionar otro jugador más cercano a sus habilidades, no sé, alguien que se asemejara más a su juego por la banda, pero no, su referente es David Beckham: el de los goles de tiros libres y abdominal tatuado.

De las largas conversaciones con sus padres recordé las palabras de Ximena.-Danilo es muy vanidoso, cada vez que hace ejercicio se mira al espejo-, eso me ayudó a entender su respuesta del porqué el chico se veía en el jugador inglés.

Continuamos hablando. De repente una señora grita:-¿me hace el favor y me timbra?-. Danilo se levanta acelerado y hace el favor. Como puede, le ayuda a bajar las bolsas que llevaba. Fue muy cordial de su parte, amabilidad que, entre todos los pasajeros, solo tuvo él. Me hacía recordar algunos aspectos de mi niñez. Seguimos hablando, ya había dejado un poco la pena hacia mí, le pregunté si tenía algún otro sueño a parte del fútbol. “Llegamos”, fue lo único que respondió al finalizar el recorrido.

Quizás el otro sueño esté ligado al primero y es darle a su padre una volqueta nueva para que siga transportando arena y ladrillos, trabajo con el que su padre ha luchado toda la vida para que su hijo esté cada vez más cerca de ser un profesional del fútbol.

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