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Los héroes de naranja

Publicado en Edición 47 | Lunes 18, de Abril de 2016 | Actualizado el Miércoles, 20 de Abril de 2016

Defensa Civil

[FOTO 1]: Los héroes de naranja
La Defensa Civil realiza actividades especializadas en acción social, acción ambiental, atención de emergencias y salvamento en sus diferentes modalidades. Foto: Karen Sánchez Foto
 

En la ciudad hay personas que realizan un trabajo voluntario para salvar vidas, rescatar y limpiar sin los afanes de lograr fama o reconocimiento. Ellos son los integrantes de la Defensa Civil.

A las dos de la tarde de un sábado, nueve voluntarios de la Defensa Civil se alistan para comenzar con su labor. Mientras empacan ganchos oxidados, cuerdas sucias, un par de guantes viejos y tres cascos, Luis Bernal, jefe de operaciones asignado y el más antiguo en esta institución, los llama a formar, revisa que no tengan objetos que puedan atrofiar la operación como pulseras u otro tipo de accesorios e inmediatamente toma lista.

-¿Quién se quiere ir en la ambulancia?-, dice Luis, en tono sarcástico mientras se ríe.

Parece que nadie quiere subirse en ésta, todos comienzan a reír y dicen que se quieren ir en el carro de rescate Toyota.

-Nelly, Jairo y Érika se van en la Toyota y a ustedes les tocó conmigo en la ambulancia-, ordena Luis.

Listos con chaquetas y la dotación de un solo uniforme, por el que el Estado les cobra a 130 mil pesos por cada uno, nos embarcamos en el carro de rescate a cumplir la misión del día.

Sobre la carrera 15, en pleno centro de Bucaramanga y muy cerca de la estación La Isla de Metrolínea, funciona una de las sedes de este organismo de socorro que fue bautizada como Defensa Civil Colombiana Junta Ciudad Bonita. Este es el nombre que reluce sobre una vieja casa pintada de color naranja fosforescente con blanco. Esta se compone de dos plantas, un patio que fue adecuado como parqueadero, tres habitaciones con camarotes, una sala de estar, una habitación de insumos y una cabina de mando.

[FOTO 2]: Los héroes de naranja
Los voluntarios deben portar completo el uniforme bajo cualquier circunstancia, el vehículo de rescate Toyota que utilizan para laborar no cuenta con sistemas de ventilación internos. Foto: Karen Sánchez. Foto
 

Los que integran este organismo son personas que se vinculan libremente y no reciben ningún tipo de pago por ello, todo lo hacen por amor a la vida y según ellos, espíritu de aventura.

Una de las actividades que realizan como voluntarios de la Defensa Civil es proteger el medio ambiente, y en este día están listos para recoger la basura que conductores y pasajeros inconscientes arrojan a las vías nacionales, como es el caso del mirador de La Nevera ubicado en el kilómetro 37 vía Cúcuta.  “El camino es largo y desde aquí son dos horas en carro”, explica Luis.

Luis va manejando. Adentro van cuatro rescatistas, entre ellos Julián Jácome, quien se pide siempre el puesto de atrás para no marease. Durante el recorrido todos hablan y hacen bromas sobre la sensación de mareo que produce el movimiento del vehículo en la parte posterior de la ambulancia.

Por ser el más veterano del equipo, Luis Bernal es el que da las órdenes. Lleva nueve años en la Defensa Civil, un oficio que alterna con su trabajo como taxista. Sus 59 años no le han agotado el vigor, ni su fuerza para vivir situaciones de adrenalina. Es un hombre delgado y de baja estatura, sus manos ásperas como lima demuestran el esfuerzo que ha hecho, y aunque dice haber visto cosas que le rompen el corazón, su ánimo y felicidad no se alteran.

“Uno de los recuerdos que más me ha impactado fue un accidente de una señora en Morrorico (Bucaramanga), estaba embarazada, pasó por medio de dos camiones en una moto, no se sabe qué pasó pero uno retrocedió, se golpeó la cabeza y murió. La llevamos al hospital para hacerle una cesárea a ver si el bebé se salvaba pero ya era muy tarde”, recuerda Luis en tono melancólico.

Al llegar al mirador del kilómetro 37 vía Cúcuta conocido como La Nevera, nombre que hace alusión a su clima, se entiende por qué es tan concurrido. El paisaje es excepcional.

El lugar tiene un contraste. De un lado están las montañas que se juntan con las nubes, la niebla parece cubrir los árboles y la puesta de sol a las 4:15 de la tarde hace su entrada en el escenario; pero al bajar la mirada y ver la colina quedan al descubierto los residuos que botan las personas que llegan a observar: vasos, bolsas, botellas, comida y cartón ‘adornan’ el pasto.

Los voluntarios empiezan a bajar las herramientas, su misión es limpiar de nuevo el mirador. “Tan solo hace tres meses vinimos a limpiar aquí, pero la gente viene, ve el paisaje y bota los vasos en donde toman tinto y las otras cosas, como si nada”, explica Luis. Antes de bajar les recuerda cómo se hacen nudos, la diferencia entre el nudo de anclaje que es para descensos y el de cinta, que es para tensión.

-Érika, prepárese porque va a bajar conmigo y con la niña a recoger los residuos-, señala Luis.

Julián amarra una cuerda al chasis del carro de rescate y se enrolla otra en la cintura llamada “la cuerda de vida”. Ha sido escogido para hacer la fuerza por ser el más joven, con tan solo 24 años se ha posicionado como el jefe de capacitaciones operativas. Aunque estudió Técnicas Forenses, desde hace siete años se dedica tiempo completo a ser voluntario de este organismo de socorro: “cuando me vinculé era menor de edad pero me vieron tantas ganas que me dejaron formarme como rescatista”, cuenta.

Érika se alista, se pone el arnés, los ganchos, el casco, los guantes y se amarra a la cuerda de presión o de vida que tienen Julián. Una periodista es escogida para bajar con ellos. Julián hala la cuerda con fuerza y retiene mientras recogen los residuos; Luis decide bajar sin protección y como quien se desenvuelve bien en su oficio comienza a acumular todo en bolsas negras.

Al caer la noche, a las seis de la tarde, los rescatistas ya están un poco cansados. Se van a las casetas a tomar Coca-Cola y a comer salchichón y pan para recargar energías.

Ya con la misión completa suben a los carros todas las herramientas y se embarcan de regreso a la sede, en la ambulancia Julián canta una canción de Vico-c  y recuerda a su esposa, la cual conoció en la Defensa Civil,  y a sus dos hijos.

Jairo prefería hablar de su experiencia, “para entrar a  la institución necesitaba aprobar la capacitación inicial. En ese tiempo trabajaba como mecánico y mi jefe no me dio permiso para asistir, así que me fui sin autorización, lo que causó mi despido; pero no me arrepiento de estar aquí, ha sido lo mejor”, recordaba y en sus ojos se veía un brillo particular.

***

De camino a la sede, la ambulancia se adelanta y deja atrás al  carro de rescate que se queda atrapado en un trancón en la calle 36.

-Péguese al carro de bomberos para salvarnos del trancón-, dice Érika animada.

Al pasar encuentran un herido en la vía, un hombre que se había caído al parecer, al momento de instalar una publicidad en la sede de un reconocido banco.

-Hay un herido ahí, corran, muévanse, bájense ya-, ordena Érika con más experticia ya que su trabajo oficial es ser paramédica; aunque en este momento no esté laborando.

Se bajaron rápidamente, le tomaron los signos vitales, todos corrían y se movían con el fin de salvar la vida del paciente. Con mucho cuidado lo subieron en el carro entre las dos socorristas. Al sacar los utensilios puede verse el estado en el que trabajaban, las herramientas están desgastadas, casi obsoletas, debido a que el gobierno hace mucho tiempo no los dota con nuevos equipos; pero como pudieron lograron estabilizarlo.

[FOTO 3]: Los héroes de naranja
En la capacitación inicial se refuerzan en los voluntarios los temas de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) y primeros auxilios necesarios para desempeñar sus labores en la sociedad. Foto: Laura Pinilla. Foto
 

Una vez adentro se prendió la sirena y en cinco segundos los automóviles abrían paso al carro Toyota que se movilizaba a gran velocidad con rumbo a la Clínica Chicamocha. Esperan media hora entre llenar formatos, recibir  el diagnóstico del paciente y los equipos para retornar su camino a la sede.

Mientras tanto, en la sede llega a las 8:20 de la noche la ambulancia con los cuatro integrantes agotados por la actividad. Se quitan el traje y bajan la dotación, Luis Bernal le entrega las llaves y le cede el puesto como jefe a Raúl, quien se dispone a hacer el turno de la noche.

-Dónde está el carro de rescate, no viene detrás de nosotros-, dice Julián.

-Se quedó atendiendo una emergencia-, responde Raúl que escuchaba el transmisor por donde habían informado el accidente.

A las 9:00 de la noche llega el carro de rescate, se bajan los cinco integrantes y empiezan a hacer inventario, limpian la sangre y se preparan para dejar el turno, ha pasado la adrenalina de la emergencia y se van con la satisfacción de haber salvado una vida.

Se empezaron a escuchar risas en el segundo piso. Eran los cuatros hombres que iban a quedar de turno en una pequeña sala que tiene en el medio una mesa de billar, en donde juegan pool, una de las actividades que realizan frecuentemente para distraerse cuando no hay emergencias.

Cuando Raúl frota el taco de billar con tiza, explica cómo poner las manos para jugar: “los dedos deben ir pegados y debes hacer como una especie de “puente” con ellos para que le pegue a la bola blanca en la dirección que es”, indica Raúl con una mirada fija en la mesa.

Todo parecía calmado, Raúl y sus compañeros estaban sentados viendo el celular y Julián jugaba en el computador, solo se escuchaba el ruido de un día sábado en la noche, risas, música y carros.

-¡Cinco- uno, cinco uno se ha presentado un accidente en la carrera 15 con 34, se chocaron un Metrolínea y un taxi!-, decía una voz que salía del transmisor.

La expresión de los cuatro hombres de turno cambia radicalmente, se ponen las chaquetas, aligeran la salida del carro de rescate, y luego de encender el penetrante ruido de ‘la sirena’ emprenden su camino.

Por la diagonal 15, un sábado en la noche es muy común ver habitantes de la calle, gente en estado de embriaguez en establecimientos, uno que otro transeúnte y algunos policías del sector. Raúl, quien va tras el volante, comenta que el sueño de todo hombre es manejar una ambulancia, pero que esta labor trasciende más allá de ir en un vehículo que roba miradas a toda costa. "Es estar en actitud de servicio a la comunidad, y preparado para lo que venga”.

El incesante sonido de alerta parecía desaparecer cuando llegaron al lugar de los hechos. Un conglomerado de aproximadamente 40 personas rodeaban la escena del accidente: un choque entre un taxi y un vehículo de transporte masivo, Metrolínea, ya sin ocupantes.

En el puesto trasero del taxi había una persona herida. Tres rescatistas entran al carro con los guantes de látex previamente puestos, Juan Carlos hace la valoración y acto seguido ajusta un cuello ortopédico a la paciente, una joven de unos 19 años. Entre los compañeros la suben a la camilla y luego al carro de ambulancia.

En cuestión de segundos se incorpora a la ambulancia otra mujer joven que dice estar embarazada y en aparente desfavorable estado de salud. Se cierra la ambulancia y comienza el recorrido hacia un establecimiento de asistencia médica. En la cabina, Raúl manejando, Juan Carlos de copiloto y una periodista de acompañante. En la parte de atrás estaba José Julián y su colega quienes vigilaban a las mujeres en el viaje que no tardó más de 15 minutos.

-¡Esa mujer no estaba en el accidente dentro del taxi!, ¿dónde están sus documentos? ¿por qué la subieron a la ambulancia?–, dice enfurecida la doctora que recibe la ambulancia refiriéndose a la última joven que entró.

En el afán de llevar a salvo la joven herida a la clínica, los jefes de la misión de rescate no se percataron que habían subido a la ambulancia a una mujer ajena al accidente, y eso es técnicamente un error y más aún cuando no se tienen los papeles de su seguro social.

La tensión aumentó entre los voluntarios después del regaño, se habían metido en problemas serios únicamente por la necesidad de ayudar.

[FOTO 4]: Los héroes de naranja
Los voluntarios tienen pasatiempos comunes reflejados en su pasión por socorrer y las pequeñas zonas recreativas que les dan calma después de momentos de tensión. Foto: Laura Pinilla. Foto
 

-Cuélguense del de arriba, compañeros-, expresa José Julián bastante angustiado mientras se devolvían hacia el lugar del accidente a buscar si alguien conocía a esta mujer ‘sorpresa’.

Cuando llegan se comunican con una vecina del sector, quien informa que aquella joven es una habitante de calle y que posiblemente está embarazada. Luego da su documento de identidad y se  devuelven en el vehículo a toda velocidad.

La EPS arregla la situación y los voluntarios vuelven a la sede a las 11:40 con una sonrisa espontánea y la satisfacción de la labor cumplida. La noche parece estar tranquila de nuevo, las tensiones entre ellos bajan y todo se pone en calma mientras esperan con paciencia un nuevo llamado de emergencia.

Las 24 horas del día esperan alerta este grupo de hombres y mujeres, que voluntariamente decidieron pertenecer a la Defensa Civil y que como su nombre lo indica, harán todo lo posible para proteger a la comunidad. Ellos son la muestra fiel y real de que se puede escoger ser héroe, pero sin rostro, sueldo, medallas ni mucho menos menciones de honor, como ellos lo dicen: “no importa si no se es reconocido; lo que importa es estar siempre en servicio y cumplir con la misión.”

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