La tierra de quienes la trabajan

Publicado en Edición 47 | Lunes 18, de Abril de 2016 | Actualizado el Miércoles, 20 de Abril de 2016

Campo

[FOTO 1]: La tierra de quienes la trabajan
Esta vaca se llama Tormenta. Prácticamente una joya de la familia, pues no sólo es productora de leche sino de crías para la comercialización de su especie. Foto: Danny Alexis Torra Martínez. Foto
 

A diez minutos de Floridablanca está La Alsacia, una finca donde una familia sobrevive con la producción y comercialización de animales y alimentos. Esta es una historia que rememora cómo es la vida en el campo.

Son las siete de la mañana y la tierra ya está arada, el canto del campo lo hacen los cacareos de las más de mil gallinas, gallinetas y pavos que ocupan los galpones de la hacienda La Alsacia. Esta es una finca que ha pasado por las manos de cuatro generaciones y que ahora reposa en el trabajo arduo, de más de ocho horas diarias, de dos hermanos y sus esposas.

Edmundo Caballero y su esposa Lucila Gómez han tomado el mando de la hacienda que cumple más de 70 años de haberse construido. La casa tiene nueve habitaciones y un patio donde se riegan los granos de café en las tardes mientras el sol los seca. Sus muros son construidos en tapia pisada y el techo en caña brava, bareque y teja de barro.

La casa ha envejecido junto con ellos, ya muestra el desgaste de los años que pasaron. Algunas partes del techo se quebraron y las paredes que dejaron de ser blancas se agrietaron, ya no funciona la antigua hornilla de la cocina que prende con leña, Lucila cuenta que el sismo de magnitud 6.6 en la escala de Richter con epicentro en la Mesa de los Santos que sacudió el 10 de marzo a Bucaramanga en 2015, con una profundidad de 161 kilómetros, partió la pared que la sostenía.

“Hoy el trabajo en la finca puede producir un salario de 1 millón y medio, que no es ni la mitad de lo que antes producía mientras el padre de Edmundo la dirigía”, dice Lucila mientras pela unas papas en la antigua cocina que aún se conserva en esta casa.

Mientras espera a que hierva el agua para preparar una changua, Lucila cuenta que tenía la idea de dejar la finca una vez su hijo Sergio Andrés se graduara de la universidad de Medicina Veterinaria. Tras 25 años de trabajo en el campo, dice que “está cansada”. Pero ya reversó esta decisión, pues su esposo es incapaz de alejarse del patrimonio familiar y la memoria que le ha dejado en sus manos el trabajo de esta tierra consentida por sus abuelos.

“Soy de la ciudad pero pude haber estudiado y trabajado. Podría estar en este momento como mis compañeras con las que trabajaba, que están pensionadas”, recuerda con un cigarrillo en la boca.

Edmundo tuvo la oportunidad de salir del campo y estudiar Zootecnia en la Universidad Cooperativa de Colombia, en Bucaramanga. Y aunque puso todo su conocimiento para trabajar la tierra, siente la ausencia del patrón mayor, su padre, quien hizo crecer tanto la finca que ésta podía sostenerse solo con la producción de septiembre, octubre y noviembre que les daba el café.

Puesto el sol a mediodía el hermano de Edmundo, Raúl Caballero, un hombre de tez morena que impregna el olor y el color de la tierra en sus manos, su ropa y sus botas, riega café en el piso mientras su hijo de ocho años lo ayuda seleccionando el grano que se quedará en Colombia y el que será para exportar. “Este que usted ve acá es el que nunca va a probar. Sólo el mejor café se manda para exportar; el otro se queda acá”, dice Raúl con la mirada atenta a su tarea.

Por ahora la gran descerezadora de café, la máquina que permite despulpar el grano, cuenta con sus grandes rieles y maquinaria la cantidad de producto que pasaba hace unos años cuando los intrusos de la vereda La Alsacia sabían del dinero que éste les producía.

Edmundo cuenta que eran los años 90 cuando guerrilleros y bandidos llegaron a la vereda a hacer de las suyas. Sus tierras eran como si no les pertenecieran, pues fueron obligados a pagar ‘vacunas’, es decir, extorsiones a cambio de que no les secuestraran o asesinaran. Esto sucedía a tan solo 15 minutos de Floridablanca y media hora de Bucaramanga, la capital santandereana.

Aunque pagaron forzados varias de las ‘cuotas’ exigidas por el grupo armado, eso no fue suficiente. Un día el grupo guerrillero secuestró al padre de Edmundo y para que lo regresaran vivo, los obligaron a pagar una ‘recompensa’ de 30 millones de pesos, una fortuna para esa época. Finalmente su padre volvió a casa pero un tiempo después les robaron dos camionetas llenas de productos, un miedo que desmotivó el aliento que les hacía feliz viendo crecer sus tierras.

Aunque la violencia imperaba en la región, Edmundo considera que pese a ello la finca producía muchas ganancias, y además el apoyo del gobierno era más visible. “Ellos enviaban recursos para la siembra de café porque sabían que éramos grandes productores”, cuenta Edmundo divisando Bucaramanga desde el gran mirador que le regala su casa.

En la finca aguardan dos de los tractores que en 2006 el Centro Internacional de Agricultura Tropical de Cali les donó a los campesinos de las veredas de Floridablanca. Pero ellos ni sus vecinos les han podido dar uso y menos venderlas, porque el estado de la vía sigue siendo precario. La vereda La Alsacia, aunque está a tan solo 20 minutos y ocho kilómetros del casco urbano, no cuenta con una vía pavimentada y por tanto, tampoco con un transporte público que permita su acceso rápido.

[FOTO 2]: La tierra de quienes la trabajan
: Uno de los alimentos más sagrados a la hora de alimentar a las codornices, es el calcio. Pues si las aves no se mantienen bien alimentadas no producen los huevos suficientes que se requieren para la comercialización. Foto: Danny Alexis Torra Martínez. Foto
 

Solo carros particulares ofrecen el servicio por 40 mil pesos que representa dos días de trabajo para una persona que gane el mínimo, que son 644 mil 350 pesos en Colombia, un precio exagerado comparándolo con el trayecto a San Gil que queda a 3 horas y 96 kilómetros de Bucaramanga, y cuesta solo 15 mil pesos. La otra opción para subir la trocha es la que dan varios motociclistas, que con 7 mil pesos ofrecen el servicio.

El camino empieza en una esquina escondida donde la carretera muere y solo un sendero con dos hileras de pavimento quebrado la alcanzaba, es como ver el rastro de las cuatro llantas de un carro pero en hileras de pavimento mientras la tierra abandonada se encuentra llena de mugre y baldosa en cuartillas. Esto se desvanece mientras continúa el camino hasta convertirse en solo tierra, agua y sonidos de una gran montaña donde lo único que perturba el ambiente es el motor de los carros y motos que la transitan.

“Bajamos al pueblo tres veces a la semana para poder vender los productos en la Plaza Principal del Floridablanca”, explica Lucila.

La Plaza Principal de Floridablanca solo alquila sus puestos a campesinos productores, mas no a los que quieran revender productos. Edmundo en su tercer periodo como presidente de la Asociación de Usuarios Campesinos de Floridablanca lidera la gestión de esta plaza de mercado hace seis años. Esta plaza cuenta con 180 asociados de todas las veredas del municipio y donde cualquier producto que lleven, se vende para minoristas.

“Aquí todo lo que produce la finca se vende, así que lo que se gane depende del trabajo que hagamos. Nosotros mismos nos ponemos el sueldo”, afirma Edmundo.

La tierra que les da de comer a ellos y sus clientes es rica en agua y su geografía y clima permiten producir café, perejil, apio, cilantro, tomate; maduro, mazorca, trigo, arveja, fríjol; leche, carne de pisco, de gallina criolla y semicriolla, y huevos de codorniz, gallina y pato.

“Por allá en la Quebrada Seca con quince venden patos, pollos y gallinas. Me costó a seis pesos cada pato y esos nunca se enferman, se mueren es de viejos. La gente se pelea por los huevos de pato, y los piscos los ponemos a engordar para diciembre que es cuando más se venden. Las gallinas duran poniendo huevos aproximadamente un año y medio y luego se venden”, dice Raúl.

[FOTO 3]: La tierra de quienes la trabajan
Edmundo Caballero sigue en la lucha de recuperar la producción y comercialización del sustento diario para la familia que con tanto esfuerzo y dedicación ha sacado adelante. Foto: Danny Alexis Torra Martínez. Foto
 

Todas las semanas los campesinos que no tienen carro propio para bajar sus productos deben acudir por lo menos tres veces al servicio que ofrecen los transportadores, pues es la única manera en la que pueden comercializarlos en la plaza de mercado. El cobro para los asociados por el alquiler del puesto de venta en la plaza es de 2 mil 500 pesos si es entre semana y 3 mil 500 en los fines de semana por ser los días en los que más gente va.

La plaza tiene tres pisos. En el primer piso queda la plazoleta de mercado. El segundo hay dos locales arrendados donde hay compra y venta de café, y en el tercer piso hay un salón de la asamblea que se arrienda para eventos sociales como cumpleaños y primeras comuniones. Este también funciona como un pequeño hotel con dos habitaciones donde se presta un servicio a los asociados y pueden quedarse por lo menos 16 personas en cada habitación.

“En época electoral, siempre los políticos llegan a hacer campaña y a prometernos una y mil palabras pero finalmente no terminan haciendo nada cuando son elegidos. El alcalde que está terminando en Florida, le colaboramos y luego de que lo eligieron no volvió a la plaza nunca”, rememora Edmundo resignado frente a la realidad de la política en su Departamento.

[FOTO 4]: La tierra de quienes la trabajan
Esta es una de las crías de tormenta con apenas un mes de vida. Es otro de los consentidos de la finca. Foto: Danny Alexis Torra Martínez. Foto
 

Liderando la gestión de la plaza, Edmundo encuentra muchas necesidades que deben ser atendidas por los que lideran la región para generar ayudas y apoyo a los campesinos de las veredas. Considera imposible que solamente cuando se hace política manden a arreglar algunas partes de la carretera por recoger votos y cuando ya han obtenido el cargo, se olvidan de los que mueven el sector primario de la economía, “de nosotros los que trabajamos la tierras”, dice Edmundo con orgullo.

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