Cambiando a rojo

Publicado en Edición 46 | Lunes 28, de Marzo de 2016 | Actualizado el Lunes, 28 de Marzo de 2016

Semáforos

[FOTO 1]: Cambiando a rojo
Mariale, la gacela inmóvil, que eleva su pierna y mantiene el aro con una precisión exacta. Foto: David Gómez. Foto
 

Los semáforos de la ciudad de Bucaramanga son espacios que mucha gente utiliza para ganarse la vida y a su vez, se convierten en trabajos fijos para colombianos y extranjeros.

El Instituto Municipal de Empleo y Fomento Empresarial (Imebu) reporta que en la ciudad la tasa de desempleo es de 54 por ciento, que equivale a 52 mil personas que trabajan de manera informal. Gran parte de estas cifras la componen personas en situación de desplazamiento, vendedores ambulantes y artistas callejeros, quienes se ubican en los 173 semáforos del sector urbano para ganarse la vida.

9:30 a.m. En la carrera 27 de Bucaramanga, a espaldas de un semáforo y donde el único estruendo son los pitos de los vehículos enloquecidos por avanzar, está Gabriel Ledesma. Es un joven alto y delgado, con un sombrero reposando en su cabeza y acento extranjero. “Llevo haciendo esto durante 13 años, de esto vivo y es lo que realmente me hace feliz”, dice. Todos los días se ubica frente al semáforo que cruza la 27 con la calle 40, donde sujeta con sus manos unas clavas, más conocidas como boliches. Durante cuarenta segundos, cuando el color rojo aparece, arroja los objetos al aire para ganarse la vida.

Al cruzar por la avenida, el reloj marca las 10 de la mañana. Hay una pareja haciendo maniobras. Agustina Díaz y Francisco Martínez llevan nueve meses de novios, ambos tienen 24 años y realizan lo mismo que Gabriel. “Cuando no hay semáforos, hacemos artesanía o comida”, pronuncia Agustina, vestida con una cinta rosa en el cabello y un short alto. Sin embargo, en el tono de voz de aquella pareja se percibe el mismo acento que tenía aquel joven alto de sombrero negro.

Los minutos seguían transcurriendo hasta marcar las diez y media de la mañana. Ella estaba diagonal al edificio Sura que pasa por la 27 con calle 36 moviendo un hula-hula en su cadera, que se convertía en una extensión de su cuerpo. Ella es Mariale Farías, tiene 30 años, su estatura es de un metro con cincuenta y lleva rastas que finalizan en la punta de su coxis.

-Hace tres años me gano la vida con el hula-hula-, expresa Mariale con la convicción fuerte que se refleja en su sonrisa.

Su felicidad es contagiosa y comienza a contar: “Una las mejores experiencias que he tenido en este trabajo es la sonrisa de la gente cuando te mira”, dice con gesto amable haciendo ver sus dientes un poco desgastados. “Y, de las peores experiencias, la verdad no recuerdo muchas porque las dejo fluir”, apunta.

El sol se hace cada vez más fuerte. Mientras el sudor baja por la frente de Mariale, cuenta que lleva diez años en este oficio. Una vez el semáforo se enciende en rojo se detiene en su relato. Su cuerpo permanece inmóvil durante cuarenta segundos hasta que atraviesa por sus caderas un aro azul, que eleva con su pierna izquierda y lanza a la derecha haciéndolo girar. Los espectadores, unos desde la calle y otros desde la comodidad de sus vehículos, muestran cara de angustia como haciendo fuerza para que la chica no deje caer el objeto. 

El termómetro marca 35 grados, el sol calienta el pavimento minuto a minuto. Ya son las 11 de la mañana y en la carrera 27 con calle 36 está una chica de cabello rubio ondulado y ojos con iris de tono azul cielo. En sus manos sostiene cinco sombreros, que lanza y mueve con ayuda del viento. Ella es Mariela Olivera y lleva tres años trabajando en los semáforos.

[FOTO 2]: Cambiando a rojo
Los sombreros que arroja Mariela por cada semáforo. Foto: David Gómez. Foto
 

 “Una de las mejores cosas que hay de este trabajo es que la gente te mire y te regale una sonrisa”, dice Mariela con un tono dulce y amigable. Mientras está tras el semáforo, arroja cincos sombreros de colores llamativos que en el aire toma un particular contraste. “El amor que le tengo al arte es para toda la vida”, asegura con un acento muy parecido al de los artistas anteriores.

Gabriel, Francisco, Agustina, Mariale y Mariela provienen de aquel país de América del Sur, donde está la Casa Rosada, la tierra de los asados, de Lionel Messi, los alfajores, y donde se baila tango con pasión. Es el país cuya bandera está compuesta por un sol dorado, con franjas azules y blancas: Argentina.

La otra cara de los semáforos

Los argentinos son los únicos que trabajan porque la pasión los empuja a ganarse y sentirse feliz en la vida, pero otros, lo hacen por una sola razón: necesidad. Son las 11:40 de la mañana y Juan Pablo Castillo está sentado en medio de una multitud de gente, muy cerca de la ciclo-ruta trazada sobre la carrera 27. Lo acompaña un carrito de ‘pocicles’, que son famosos en la televisión por sus comerciales con títeres de pingüinos y mujeres atractivas y se venden por las calles de la ciudad.

“La falta de empleo fue lo que me llevó a trabajar en esto”, dice con mirada triste, explicando que lleva 12 años en un oficio del que máximo logra reunir entre 15 mil y 20 mil pesos al día producto de las ventas. Sin embargo, es muy poco lo que le queda: 10 mil pesos son para el alojamiento en el hotel y otra cantidad inexacta les corresponde a sus respectivos jefes.

Muy cerca de este lugar, al lado de la ferretería Reina, atravesando la 27 con calle 41, se pasea un hombre de piel oscura, acompañado de su esposa. En una mano sostiene una bolsa de dulces; en la otra, un cartel de color verde escrito con letras rojas que indicaba: “somos una familia afrodescendiente, desplazados de una vereda en Timbeque, Tumaco (Nariño)”. Cuentan que son  padres de 14 hijos y que por su situación piden una limosna en los semáforos para sobrevivir. “Qué Dios les bendiga y les multiplique”, repiten.

[FOTO 3]: Cambiando a rojo
Una pareja en situación de desplazamiento busca sustento para sus 14 hijos. Foto: David Gómez. Foto
 

-Era pescador, pero lo dejé por un problema en la columna. Y  lo único que recojo a diario son 11 mil  pesos. Pero lo peor de todo esto es dejar aguantando hambre a mis hijos…-, dice el hombre con una voz que parece extinguirse entre el ruido de la ciudad.

Siguiendo los gritos de un niño pequeño, por la misma carrera 27 con avenida González Valencia, sujetando bajo la lluvia un palo con diez melcochas entre un semáforo esta Julián*. Con timidez, el niño de 11 años relata que también es desplazado, proveniente del municipio de Santa Rosa del Sur de Bolívar, y que ‘trabaja’ en la calle porque no alcanzó a lograr un cupo en el colegio. 

-Tengo dos hermanas, una tiene 14 y la otra 15 años. La de 13 trabaja de niñera y la otra se queda haciendo oficio. Y, mi mamá es señora de servicio, así que vengo acá con la vecina-, expresa con la mirada perdida.

El significado de la luz roja en los semáforos no es solo una señal vial de pare, sino una oportunidad para mucha gente de ‘trabajar’ y salir adelante. En distintos puntos de la ciudad se encuentran bumangueses y hasta extranjeros que luchan para sobrevivir. Para algunos este oficio es un estilo de vida. Sin embargo, hay personas, como lo reflejan varios de estos relatos, que lo hacen por necesidad, con ganas de salir adelante, y que cuando trabajan van pensando en una vida de sueños que quieren cumplir. 

[FOTO 4]: Cambiando a rojo
La pareja de artistas Agustina y Francisco que llenan de alegría a los transeúntes de espalda a los semáforos y de cara a los conductores. Foto: David Gómez. Foto
 

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