James: no Rodríguez sino Triviño

Publicado en Edición 46 | Viernes 18, de Marzo de 2016 | Actualizado el Viernes, 18 de Marzo de 2016

Crónica James

[FOTO 1]: James: no Rodríguez sino Triviño
James Triviño dedica 19 horas del día para darle de leer a los lectores el diario de todos los días, el Q´hubo. Foto: Jorge Mayorga. Foto
 

Han pasado nueve años desde que la rivalidad entre guerrilleros y paramilitares en el corregimiento de San Blas, que fue un punto de operaciones de las Auc en el sur de Bolívar, provocó la huida de James Triviño a la ciudad, teniendo que repartir periódicos todos los días para lograr sobrevivir.

Se levanta a la siete y media de la noche, sí de la noche. La jornada laboral se tergiversó el día que un grupo paramilitar comenzó a asesinar a diestra y siniestra toda la gente que encontraban a su paso en el corregimiento de San Blas, del sur de Bolívar. De allí se desplazó con su hermano Aldrubal y su sobrino al municipio de San Alberto, Cesar, en el vecino departamento. En aquel municipio trabajó varios días como albañil, pero sus pies y tensa piel no aguantaron el calor abrasador en uno de los pueblos más calurosos del país. Así que luego de ganar unos pesos tomó un colectivo que lo llevara a la capital santandereana en busca de mejor suerte.

A esa hora se alista, saca uno que otro pan de la panera, coge su morral y sale rumbo a Vanguardia Liberal, el periódico regional que tiene su sede en el centro de la ciudad. Ahí espera a que salga la edición del periódico del día siguiente, aguarda una que otra hora. Son las 10 de la noche y ya tiene en mano las 100 ediciones de la Vanguardia y otras 100 de Q’hubo, el periódico judicial popular, listas como pan caliente para ir a ser leídas.

Sale de la empresa y toma el último servicio del Metrolínea que lo lleve hacía el barrio el Rocío, en el sur de la ciudad de Bucaramanga. Mientras echa andar el bus, piensa en cómo sería su vida, si aquel grupo paramilitar no le hubiera cambiado la recogida de la hoja de coca y siembra de plátano por la de vender periódicos 19 horas al día.

-Duermo poco, como tres horas, creo-, me dice con la mirada dura y ojos descompuestos por los seis años que lleva trabajando para el diario.

Al llegar al barrio El Rocío, James ya ha repartido algunos periódicos, dado que primero “echa pata”, como dice él,  repartiendo periódicos por algunos barrios de la comuna 11. Deja, como todo voceador, el diario por debajo de la puerta a los clientes que ha forjado durante estos  seis años de andariego: no es porque le gusta, sino porque le toca.

-Lo bueno de este trabajo es que no me muero de hambre-, me responde James tratando de sacar un poco el desconsuelo de su historia.

Desde 2006, cuando llegó a Bucaramanga con su hermano se dedicaron a la venta ambulante, las bolsas de aseo fue su sustento durante dos años. Los trabajos de ocho horas como jornalero y ‘raspachín’ (recolector de hoja de coca) habían quedado atrás. Durmieron 15 días en la calle porque el poco dinero que habían trabajado en San Alberto no les alcanzó para seguir pagando la pieza de alquiler.

-La señora nos echó, sí, nos echó, porque eso se llama echar. A nosotros se nos acabó el dinero y no nos quiso dejar unos días más mientras conseguíamos algún trabajo-, recordó con enojo.

Cuatro kilómetros recorre para dejar todos los periódicos en las casas y luego pasar por la mañana a cobrar.- En ese trayecto me vendo más Q’hubos que Vanguardias, pero hoy  (26 de octubre del 2015), por ser el día después de elecciones me vendí  70 vanguardias-, dijo James explicándome cada recorrido que hace y por el cual dura hasta la una de la tarde del día siguiente.

 A James, como a todo voceador, se le suele conocer en su ámbito laboral, repartiendo periódicos. ¡Q’hubo! ¡Q’hubo! Se escucha entre la lejanía. -¿Tiene la vanguardia?, le pregunta mi madre porque quiere saber si los voticos del día de las elecciones no se le quemaron. James abultado de Q´hubo  busca en su bolso alguna Vanguardia que no haya vendido. -Acá tengo una-, concluyó.

-¿Se nota que le ha ido bien?-, le pregunté refiriéndome a su sonrisa. -Al final de cuentas las elecciones sirven pa´ algo-, me responde James mientras busca en su bolsillo repleto de monedas los vueltos del billete de 2mil.

Le comento que estoy investigando sobre la vida de los voceadores en la ciudad.  Sin mediar palabra me responde: “a la una y media lo espero entre el Parque Caracolí y La Canasta en Cañaveral”, en el municipio de Floridablanca. En ese momento eran las ocho de la mañana, es decir, ya llevaba 13 horas sin dormir. Llego al lugar tarde, son casi las dos, pero no por mí sino porque el transporte público no fija horas exactas en sus recorridos. Me pregunto si James ya se habrá ido. 

 Al llegar a la intersección del retorno y la autopista le pregunto a una señora si sabe de alguien que venda Q´hubo o de una persona llamada James y se dedique a eso-, aseveré para dar una mejor explicación.

-Es él, el hombre chiquito que está allá-, fue su respuesta señalando hacia el otro lugar de la calle.

Observo y lo miro parado en el segundo semáforo, con las manos en los bolsillos, erguido, cansado. Tiene la misma ropa de esta mañana. Gorra roja, el chaleco de Q’hubo, jean a medio lavar y zapatos de material negro. Me acerco y con mirada distante me da la mano.

-Lo siento-, fue mi réplica al llegar tarde. –Tranquilo. Yo acabo de llegar-, fueron las palabras más desgastadas que escuchaba en esa tarde. 

James se nota agotado, tal vez reventado de tanto trabajar. –Hacemos la entrevista de una vez-, le digo para no hacerle perder tiempo. - Soy desplazado-, fue la primera frase que pronunció antes de narrar el porqué de su vida.

[FOTO 2]: James: no Rodríguez sino Triviño
Día 309. 12 de la noche. James deambula de arriba abajo ofreciendo el diario local a cualquier vehículo que se detiene a la distancia. Foto: Jorge Mayorga. Foto
 

El sueño le invadía hasta el más recóndito músculo de su cuerpo. Habla con voz rasgada, quizás de tanto decir Q´hubo.  -¿Quién es James?-, le pregunto para entrar  un poco en confianza y entre risa y risa comenzó su alocución sobre lo que no es vida.

 –Fue duro, no entiendo porque hay gente tan mala como esa-, refiriéndose a los paramilitares que los sacaron de sus tierras. Me dice que está cansado de caminar todos los días, que no puede con sus piernas, que los dolores son insoportables, que no vale la pena tanta pena.

Su madre murió de pena moral en Santa Rosa, del sur de Bolívar. –Falleció de tristeza al no saber el paradero de cada uno de nosotros-, dice James con nostalgia.

La tristeza en ese momento fue contagiosa. Me puse en sus zapatos, pero no bastaba. Había que ponerse la ropa pa´ sentir en ese momento todo lo que sus palabras generaban. El dolor era tan grande que las sonrisas que a veces lanzaba no lograban matizar la melancolía que le invadía el alma.

-Cuando reparto todos los periódicos me quedo en el semáforo a seguir vendiéndolos para ver si me saco los 40 mil pesos.  Y así paso toda la noche hasta las 6:30 de la mañana, vendiendo una y que otra pena.-, dice James refiriéndose a las notas del Q´hubo.

Por periódico vendido se gana 150 pesos, es decir, el ocho por ciento del producido, exactamente 30 mil pesos por día. Eso se gana James por recorrer durante 19 horas la cuarta parte de la ciudad de Bucaramanga. Le pregunto si descansa, pero entre risas me da a entender que no. Asimilo que de lunes a lunes va a la misma hora a recoger el periódico y venderlo a su fiel clientela.

-Sí descanso; no como-, fue su respuesta después de haberse reído por la pregunta.

-¿Qué pasa si se enferma?-, le pregunto atónito por su historia.

-Simple, no como-, vuelve y se ríe. En ese momento pensé que estaba haciendo preguntas tontas, pero no. James se reía porque la vida le ha dado tanto problema que hasta sus penurias lo hacían reír.

Trabaja sin prestaciones, sin salud ni vivienda. Vive en una aparta estudio que comparte con su hermano y sobrino. -Nunca nos decimos las buenas noches,  porque ninguno está, ni los buenos días, porque tampoco estamos. No somos una familia disfuncional, sino muy funcional-, pronuncia James con su cálida sonrisa.

[FOTO 3]: James: no Rodríguez sino Triviño
A las 6:30 de cada mañana James deja el puesto en el semáforo para concluir su jornada en los barrios gritando "Q´hubo". Foto: Jorge Mayorga. Foto
 

-Con las ganancias de la venta de periódico los invierto en la ‘chazita’ de minutos (teléfono celular)-, me dice señalándome su negocio ambulante. -Ahí me saco los 200 mil pesos. Con eso vivimos los tres y comemos los tres-, se le dibuja una gran sonrisa. Caigo en cuenta que no todo es tan malo, que la vida en sí es un problema por resolver y James es uno de esos. Un rebuscador a lo colombiano.

El día siguiente es el día anterior. No hay diferencia entre un día y otro. Tal vez cambia el fechado del periódico que suelen tener los diarios para demostrar que los días avanzan, pero “se vive igual, se siente igual”, me dice entusiasmado al hacerle la última pregunta que tenía predestinada. Era obvio, los ojos no le daban pa’ seguir hablando.

-¿Tiene sueños?-, le pregunté. –Uy sí hermano. Tengo mucho sueño-, se ríe. –No mentiras. Sueños tengo muchos, tener mi casita. Lo que uno paga en arriendo lo puede pagar en una casa propia. También quiero tener un local para vender una que otra cosita, así tendríamos otra entrada-, fue lo último que me dijo antes de recoger su bolso y dirigirse hacia un sueño, está vez junto a su almohada, que no durará más de tres horas.   

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