El telégrafo, extinto pero nunca olvidado

Publicado en Edición 46 | Jueves 17, de Marzo de 2016 | Actualizado el Viernes, 18 de Marzo de 2016

Telégrafo

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Margarita y Esther Silva fueron telegrafistas cuando el telegrama era “la red social” de entonces. Ambas relatan la importancia de este invento en las comunicaciones. Foto: Stefany Uribe Cueto. Foto

¿Le suena la palabra ‘abracaríbes’?,  ¿se la han dedicado? Las telegrafistas Esther y Margarita Silva desvelan a carcajadas el significado de esta expresión que era utilizada desde hace 150 años para enviar abrazos, caricias y besos por el telégrafo.

Aunque el telégrafo haya quedado sin pulsar para siempre, en la historia aún puede escucharse su tintinar metálico y entrecortado al escribir el punto, raya, punto de los emotivos mensajes que se transmitían acortando distancias. Pese a su extinción, el padre olvidado de las comunicaciones, y su socio el telegrafista siguen perennes con nostalgia por medio del lenguaje del recuerdo. 

La moderna tecnología no es algo que estremezca a Esther y Margarita Silva. Como si se refirieran al último Smartphone, se ilumina su mirada hablando con emoción de un antiguo aparato de madera y cobre esmaltado y en cómo funcionaba para comunicar.

Esther y Margarita Silva fueron telegrafistas hasta donde los avances tecnológicos lo permitieron. “Somos de los pocos “Morsistas” [de la palabra morse, sistema de telegrafía] que quedan, y amamos nuestra profesión”, afirman las hermanas que se ocuparon del manipulador, el sonante y una máquina de escribir. Hoy a sus 81 y 74 años recuerdan con emoción la época dorada de este sistema de comunicación que cambió para siempre el destino tecnológico del país. 

En 1828 el inventor norteamericano Harrison Dyar creó lo que sería el primer dispositivo desarrollado para la comunicación eléctrica a distancia. Este telégrafo funcionaba por medio de una chispa eléctrica aplicada a un papel químicamente tratado, que permitía dejar un mensaje grabado. Más tarde en 1837, Samuel Morse logró perfeccionar el funcionamiento del aparato, creando un nuevo lenguaje de códigos para su utilización, y enviando en 1844 el primer mensaje desde Washington a Baltimore en Estados Unidos.

Aunque el telégrafo fue implementado por primera vez en Panamá en 1855, cuando este era un Estado Federal y todavía hacía parte del territorio colombiano, el primer mensaje sólo fue enviado hasta 1865 desde el hoy municipio de Mosquera, en Cundinamarca, con destino al presidente Manuel Murillo Toro, en Bogotá. 

 La llegada del telégrafo

 Julián Andrés Montañez Torres, licenciado en Ciencias Sociales y Magíster en Historia con la tesis meritoria titulada “La introducción del servicio telegráfico en Colombia, 1865-1886”, precisa que en principio fue una tecnología que se usó con fines económicos y de control administrativo. El Estado contrató  al discípulo de Morse  William Lee Stiles, con su firma División, Stiles y Woolsey con el compromiso de poner en operación mecánica una línea de alambre telegráfico erguida sobre postes para proveer los aparatos telegráficos y baterías para su funcionamiento. Inicialmente el sistema se derrumbó por desconocimiento y mala calidad en las obras. 

[FOTO 2]: El telégrafo, extinto pero nunca olvidado
Julián Andrés Montañez Torres, licenciado en Ciencias Sociales y Magíster en Historia, revela en su investigación que el uso de las comunicaciones telegráficas se incrementaba en proporción al funcionamiento de la economía. Es decir, cuando había mayor comercialización de productos, también lo era en número de telegramas. Foto: tomada de la Agencia de Noticias UN, Universidad Nacional de Colombia. Foto

A pesar de los problemas, el tendido de la línea telegráfica avanzó hasta lograr su momento cumbre el 1 de noviembre de 1865 a las cinco de la tarde, cuando Lee Stiles y el  presidente Manuel Murillo Toro cruzaron  a 20 kilómetros de distancia, los dos primeros telegramas transmitidos en los Estados Unidos de Colombia. 

El historiador sostiene que para lograr la telegrafía en el país primero se tuvo que capacitar al personal y enseñar a la población, “bajo el gobierno radicalista liberal había un anhelo por desplegar el telégrafo por los andes nororientales, asimismo, los líderes políticos nacionales eran cercanos a los liberales santandereanos, construyendo la red telegráfica y gran parte de esta hacia Santander. Incluso se dio una conexión telegráfica con Venezuela”.  Fue en este momento cuando Santander entró a ser una de las zonas más importantes de la telegrafía nacional. 

“Eso dependía de la inteligencia y el oído de la persona, nosotras aprendimos rápido”, expresan las hermanas Esther y Margarita Silva.

Montañez puntualiza  que Santander tuvo un papel importante en la expansión por ser la red que más puntos tocó en Colombia y contribuir con personajes como Demetrio Paredes, constructor de redes telegráficas de la década del 70. El telégrafo nacional no tocó la red telegráfica antioqueña, el gobierno conservador de Antioquia desarrolló una red telegráfica propia a causa de las divergencias políticas, razón por la cual se buscó llevar el telégrafo hasta la Costa Caribe por Santander. 

Jorge Navas quien trabajó como técnico de Telecom desde 1974 y vivió el trance del morse, explica que participó del despliegue subterráneo de fibra óptica desde Bucaramanga hasta Piedecuesta. “Montamos todas las líneas para que fueran directas Telecom-Telebucaramanga que ahora permiten tener teléfono e internet”, dice Navas, indicando que además implementaron el Coldapac, Colombiana de Transmisión por Paquetes de Telecom, que transmitía datos con aparatos por velocidades; lo que ahora se conoce como módem y los famosos paquetes de velocidad de Internet.

En 1934, el servicio telegráfico estaba en auge en el país y Esther Silva, una muchacha de 15 años se probaba por primera vez haciendo un reemplazo como telegrafista, esto gracias a un tío que  hizo las veces de profesor, enseñándole el código morse y el manejo del manipulador eléctrico, aparato con el que se reemitían los mensajes. “No fue fácil entrar, tocaba con ‘palanca´”, apunta Esther.

Las líneas eran físicas, y si llegaba a romperse una por una tempestad u otro motivo, quedaban sin comunicaciones. Por esto existían los guardalíneas, el servicio técnico del sistema.

Aunque poco se conoce de este personal, Esther y otros de los Pensionados de la Unión Nacional de Pensionados de las Comunicaciones (Upeco), coinciden en que eran hombres que vivían en ‘el monte’ en campamentos organizados por el Ministerio de Comunicaciones, andaban a caballo o en lo que les tocara, y se movían entre la infinidad de postes sin importar las condiciones. Ante una urgencia eran especialistas en ‘remendar’ la línea y reestablecer el servicio.

Se crearon oficinas telegráficas en diferentes poblaciones donde los encargados tenían destreza en  escuchar y escribir al tiempo, es decir, operando los manipuladores para transmitir y el sonante para recibir las señales. Después se desarrolló un equipo más avanzado que ofrecía imprimir con tinta la combinación de puntos y rayas en el papel para ser traducida por el telegrafista en caracteres alfanuméricos mediante máquina de escribir. Cada oficina tenía una clave y al transmitir el mensaje el corresponsal confirmaba su recibido con un ok.

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A los telegrafistas pensionados les decían ‘caimanes’. Y tenían la costumbre de llegar temprano a las oficinas del servicio telegráfico buscando la oportunidad de quedarse con la paga del día si el funcionario de turno llegaba tarde. Foto: suministrada por la Unión Nacional de Pensionados de las Comunicaciones (Upeco) de su periódico Otras Palabras. Foto

Jorge Navas expone que en ocasiones “condicionaba algunas máquinas para recibir y otras solo para enviar, en donde estaban los operadores”. Igualmente, para que la máquina -que era mecánica- identificara la corriente y la convirtiera en alfanuméricos, se necesitó de un dispositivo llamado teleconector que tenía dos aparatos internos, uno de transmisión y otro de recepción. “Cuando veía a esa persona trabajar era impresionante, escuchaba y escribía en una máquina Remington como la que siempre usó Gabo”, comenta Navas.

Telegrafista, la profesión del futuro

En el siglo XIX  la telegrafía se consideraba la profesión del futuro. Gran parte de la juventud quería ser telegrafista, pero solo lo lograban personas de familias prestantes y poderosas. Además, les exigían excelente ortografía, gramática y amplio conocimiento de cultura general.

El magíster en historia Julián Andrés Montañez indica que el telegrafista era una profesión muy relevante con prestancia social por hacer parte del Ministerio de Comunicaciones, una entidad estatal reconocida en el país. “Se les consideraba garantes de la fe pública, incluso tenían funciones notariales. En un pueblo se distinguían: el sacerdote, el policía, la maestra de escuela, los de hacienda y el telegrafista”, dice.

Esta profesión se convirtió en tradición para la familia Silva. “Cuando eso no había escuelas, solo una en Bogotá. Un tío le enseñó a mi hermana y mi hermana me enseñó a mí. Ella fue mi profesora”, señala Margarita quien trabajó diez de sus 74 años como telegrafista en diferentes pueblos de Santander y en Bogotá junto a su hermana mayor.

Juntas reconstruyen la historia. El telegrafista era una persona importante en el pueblo, y tenía que guardar los secretos como de confesión, “era algo sagrado. Por eso también los gobernantes y los bancos, se comunicaban por medio de claves secretas”, atribuyen las hermanas.

Narran que en los pueblos se manejaba horario de oficina y una sola persona se encargaba de todo, incluso de entregar los telegramas personalmente. Al contrario de Bucaramanga o territorios más extensos, donde trabajaban por turnos de ocho horas y había mensajeros a pie o en bicicleta.

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Operarias durante su turno en Telecom Bogotá en 1982. Foto: Suministrada por la Unión Nacional de Pensionados de las Comunicaciones (Upeco). Foto

“Tú llevabas el mensaje escrito a la oficina telegráfica, uno lo transmitía y cobraba”, explica Esther. Mensajes de amor, asuntos familiares, buenas y malas noticias transitaron por sus escritorios. “Se contaba por palabra. Valía tres centavos cada una, la urgente valía doble y la nocturna valía menos”, recuerda Margarita. 

Un día de trabajo para Esther y Margarita Silva comenzaba al abrir su oficina, una casa ubicada en el centro del pueblo; a las ocho en punto de la mañana recibir la llamada de supervisión desde Bogotá. Recibir los primeros mensajes para el alcalde, luego los judiciales sobre capturas o prófugos. El tiempo les transcurría sentadas frente a su estación enviando y recibiendo mensajes hasta con cinco corresponsales en simultáneo. 

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El telegrama se componía del número de mensaje, seguido de la ciudad de donde venía, la fecha, la hora, destinatario, dirección de entrega, luego el texto y por último la firma. Así lucía un telegrama en la década del 70. Foto: Stefany Uribe Cueto. Foto

Cuando el reloj  marcaba las seis de la tarde las puertas de la telegrafía se cerraban, a menos que ocurriera un caso fortuito. Para Margarita lo más duro fue que la enviaran de un pueblo a otro sin su consentimiento: “Sin consultar llegaba un telegrama notificando el cambio. Uno estaba lejos de su familia; vivía en un hotel o una casa de familia. Eso sí, a uno lo respetaban porque era el telegrafista”.

Ser telegrafista exigía tener una póliza de seguro por administrar dinero, manejar la caja fuerte de donde se pagaban su salario, hacer las veces de notarios del pueblo y al final del día mandar un giro con el dinero producido en un sobre lacrado. Esther por ser menor de edad  tenía la garantía de su tío.  

Ver acá los municipios de Santander y Norte de Santander que tenían telegrafía en 1878 y lugares donde estuvieron las telegrafistas Silva.

Por sus funciones notariales Esther fue intimidada en Chima, Santander, por un reconocido delincuente, hijo de una familia acomodada del pueblo, de la que Esther era amiga. “Decían que había matado a  varia gente y a una señora. Una tarde yo estaba cerrando mi oficina y me dijo que necesitaba un documento de identidad con otro nombre pero con la foto de él”.  A pesar del miedo que la invadía, Esther se negó a la petición, a lo que el delincuente respondió con irritación descubriendo su arma y diciendo: “agradezca que es amiga de mi mamá y mis hermanas”. 

A pesar de la distancia, las parientes reconocen que se comunicaban todo el tiempo entre operadores, “uno tenía sus raticos en los que podía hablar”, comentan. Una sorpresiva risa juguetona delata a Margarita: “era cómico porque llegaba el inspector y de repente a uno le enviaban un “hola” o “un beso” y eso comenzaba tac, tac, tac. Uno tratando de taparlo; y en la mente: no transmitan más”. 

Cuando el transmisor enviaba un mensaje, el sonante, un aparato metálico, reproducía los golpes a registrar en la máquina de escribir. Los inspectores conocían el código morse, y así atrapaban a los empleados utilizando la máquina para conversaciones personales. Esther replica levantando la ceja con un gesto pícaro: “uno conseguía novio por telégrafo, sobre todo ella que era muy coqueta”.

Las Silva

“Un día era para un señor Antonio Chacón y yo por escribir rápido puse cachón en lugar de Chacón. Luego llegaron a hacer el reclamo. Pasaban muchas cosas así por la rapidez”, relata Margarita mientras se ríe a carcajadas de una de tantas anécdotas.

Las ilustradas de las líneas resistieron la discriminación de género y violencia propia de la época, en especial Esther. La hermana mayor cuenta que trabajaba en Bucaramanga haciendo un reemplazo, y en ese momento se presentó una vacante. Entusiasmada le dijo al inspector que quería ingresar, a lo que este le respondió: “Cuando se eche los pantalones largos, usted será nombrada acá”, en referencia  a la regla de que solo los hombres podían usar pantalón largo para trabajar en el servicio telegráfico y las mujeres tenían que usar falda o vestido.

Esther insistió hasta conseguir un traslado a Bogotá y fue nombrada morsista operadora de la central de radio, en ese entonces, un puesto de alto rango. Acepta que ofendida le puse el mensaje: “Inspector Oviedo, con mis calzoncitos cortos, hoy me posicioné como operadora central de radio”.  

Margarita lamenta la dura situación que le tocó vivir cuando trabajó en Puente Nacional durante las masacres de Efraín González, y debían estar hasta la una o dos de la mañana enviando mensajes directos al Palacio Presidencial a la luz de las velas, porque si los descubrían, los asesinaban. 

El sistema fue evolucionando, primero se conocieron las máquinas que leían e identificaban los pulsos, hasta llegar al Télex, máquina que las hermanas trabajaron juntas en Bogotá, que ya permitían recibir mensajes traducidos y mecanografiados. Lo último que manejaron fue Siemens, compuesto por máquina de escribir aún más rápida que luego fue reemplazada por el conocido fax.

Luego de años frente al manipulador Esther y Margarita pasan sus días en compañía de los 88 pensionados de Telecom que hacen parte de la asociación Upeco Bucaramanga. A Esther, aún le gusta participar activamente en defensa de los derechos de los pensionados, como cuando lo hacía en las huelgas organizadas por el gremio de telegrafistas. Algunos de sus compañeros consiguieron trabajo como mecanógrafos, pero a ella su liderazgo le costó no volver a conseguir empleo debido a que en sus referencias laborales se le tildaba de revolucionaria y problemática. No obstante, el amor por su profesión sigue intacto. 

Actualmente la telegrafía está extinta y apenas se recuerda en museos o en los corazones morsistas y aficionados que guardan las máquinas o sus partes, y añoran un reconocimiento al telégrafo en las cartillas de historia, por levantar los cimientos de las comunicaciones en Colombia. 

Según la academia, las comunicaciones son el vigor en la soberanía de un pueblo, sin embargo, en Colombia los telegrafistas fueron despojados de su oficio en 2013, bajo el gobierno de Álvaro Uribe que liquidó y vendió la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Telecom) dejando en manos de terceros las comunicaciones; convirtiendo en cachivaches despintados los primeros pasos de la evolución en los escenarios de comunicación, a la que muy a nuestra ignorancia, le debemos la vida de nuestra exuberante tecnología moderna.

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