Un atentado contra la historia

Publicado en Edición 45 | Jueves 24, de Septiembre de 2015 | Actualizado el Miércoles, 06 de Diciembre de 2017

Demolición de casas antiguas en Bucaramanga

[FOTO 1]: Un atentado contra la historia
La Casa de Bolívar, en la calle 37 con carrera 12, hace parte de las primeras construcciones de la capital. Esta es de las pocas edificaciones que recibe oportuno cuidado por parte de la administración local. Foto Miguel Reina. Foto

La falta de voluntad política para proteger el patrimonio y la acelerada construcción explican la desaparición de casas que hacen parte de la memoria histórica de la capital santandereana.

La ciudad que hoy conocemos como Bucaramanga nunca ha sido la misma. Nacida como un pueblo de indios en diciembre de 1622, esta ha tenido 393 años para crecer y definir su identidad a través de los hechos y personas que le han marcado: de villa a capital de departamento, la urbe es la suma de su gente y sus vivencias, de los relatos de ayer y hoy. Un reflejo de una sociedad nacida de tierras recias y pujantes.

De esos días de antaño, más allá de recuerdos generacionales, solo quedan las distintas edificaciones que como centenarios guardianes custodian la población que alguna vez fue, y guardan la memoria para las futuras generaciones que algún día vendrán. Y es que a pesar del constante asedio de la ciudad actual, aún un embrión de modernidad, estos inertes centinelas se resisten a desaparecer porque tienen una historia que contar.

De las construcciones de bahareque y techos de tapia, alguna vez evidencia de una región próspera y colonial; o bien de aquellas de tintes más contemporáneos, fieles representantes de antiguos momentos de gloria, hoy quedan pocas. Y aunque algunas de las obras bumanguesas más icónicas estén protegidas como patrimonio urbano, son más aquellas que por falta de diligencia y compromiso han desaparecido, llevándose consigo la grandeza de épocas pasadas y una parte de la esencia citadina.

Un ejemplo contundente es el hoy extinto Teatro Garnica, edificado a principios de la década de los 20 por Emilio Garnica, y alrededor del cual giró por no poco tiempo la vida social y cultural de la ciudad. Ubicado en la carrera 17 entre calles 33 y 34, este edificio llegó para revolucionar la vida de los bumangueses, ofreciendo una gran oferta cultural dentro de la que se destacaba su uso como cine, plaza de toros, ring de boxeo y escenario para teatro. De dimensiones nunca vistas en la ciudad y una magnificencia irrepetible, con el pasar de los años este fue quedando en el olvido, hasta que eventualmente fue cerrado y, en la década de los 90, demolido para construir un centro comercial.

Como este representativo lugar, varios más han terminado cayendo para dar paso a proyectos muchas veces de menor valor para la ciudadanía. Así lo afirma Cecilia García, antigua residente del barrio Sotomayor, quien en una muestra del sentir popular afirma que “se están borrando las pocas cosas que nos unen a nuestro pasado. Muchas construcciones con una arquitectura bellísima y una imponencia indescriptible han perdido la guerra contra las actuales moles de cemento, sin siquiera traer mejoras significativas para la ciudad”. 

Las edificaciones incluidas dentro de los inmuebles protegidos de Bucaramanga, debido a su alto valor cultural e histórico, están en lo que hoy es conocido como el Centro, lugar donde nació la ciudad y tuvo sus primeras oleadas de crecimiento. Así, estas 20 edificaciones (ver mapa) se localizan entre la avenida Quebradaseca y la calle 45 por un lado, y entre la carrera 9 y la carrera 23 por el otro.

De importancia religiosa, institucional, social e histórica, construcciones como la Capilla de Los Dolores, el Palacio de Justicia, el Teatro Santander o la Casa de Bolívar tienen un cupo asegurado en la trascendencia de la ciudad, en sentido que cuentan con la normativa para su protección, resguardo y mantenimiento.

El riesgo de no ser “patrimonio”

Pero el problema no para acá. En Bucaramanga existe un preocupante dilema que poco se ha planteado y mucho menos se conoce, y es qué tanta protección están recibiendo lugares emblemáticos que aún no han sido declarados patrimonio municipal, y que por tanto pueden ser demolidos sin traba alguna.

En esta desafortunada posición se encuentran 142 edificaciones, que reunidas dentro de lo que se conoce como Lista Indicativa de Candidatos a Bienes de Interés Cultural, proferida por el Alcalde de Bucaramanga, están a la espera de ser declaradas parte del selecto grupo de los bienes que conforman el patrimonio de la ciudad.

[FOTO 2]: Un atentado contra la historia
De las pocas casas históricas que se mantienen en pie es la casa Streithorst, ubicada sobre la carrera 27 donde hoy funciona la Universidad Antonio Nariño. Foto: Miguel Reina. Foto

El caso más reciente de esta silenciosa barbarie se vio en la demolición de la casa de Nepomuceno Cartagena, levantada en el año 1958 en una esquina de la carrera 27 con calle 54, donde por mucho tiempo funcionó un jardín infantil. Sin declaratoria alguna que la protegiera, esta icónica residencia cayó la primera semana de febrero de 2015 para dar paso a lo que será un edificio de 38 pisos, llevándose consigo miles de recuerdos y lo que para algunos ciudadanos fue en algún momento “la construcción más bonita de Bucaramanga”, cuyo opulento costo superó el millón de pesos de la época.

[FOTO 3]: Un atentado contra la historia
Varias casas del centro histórico de Bucaramanga, comprendidas en la calle 37 entre carreras 11 y 13, fueron protegidas gracias a la labor de vigías del Patrimonio del Ministerio de Cultura. Foto Miguel Reina. Foto

[FOTO 4]: Un atentado contra la historia
En la Avenida González Valencia aún se conservan antiguas edificaciones en buen estado, resistiéndose a desaparecer. Foto: Miguel Reina. Foto

Y es que en el inoportuno ‘calvario’ que atraviesan estos bienes, ¿quién hace algo por ellos? La respuesta a este interrogante son personas como Arnulfo Basto Álvarez, un barranqueño que hace diez años se embarcó en la defensa del patrimonio cuando decidió proteger las instalaciones del antiguo Hospital San Rafael de Barrancabermeja, Santander.

Basto Álvarez es vigía del patrimonio, una figura impulsada por el Ministerio de Cultura que le otorga a personas la potestad para vigilar bienes patrimoniales y culturales a lo largo del país y que, pese a estar protegidos por la Ley, poco interés suscitan entre las administraciones locales, departamentales e incluso, la nacional.

En el caso bumangués, Basto ha sido autor de muchas de las iniciativas de protección a inmuebles de la ciudad, sobre todo en el Centro Histórico (calle 37 entre carreras 11 y 13). El Vigía explica que su trabajo prácticamente lo realiza ad honorem, pues aunque no recibe pago alguno hace su labor pensando en el legado que dejaron las generaciones anteriores. “A todos nos gusta la plata, pero a mí me gusta más el patrimonio”, dice sin tapujos.

Sin embargo, Basto afirma que pese a los intentos por promover el patrimonio aún falta conciencia y compromiso gubernamental y ciudadano por su conservación y defensa. Por ejemplo, de lo que era Sotomayor, El Prado, Bolarquí, Centro e incluso Cabecera es más lo que ha desaparecido que lo que aún queda en pie. Estos barrios de grandes casas, amplios andenes y buen urbanismo se han transformado de forma paulatina en selvas de cemento que poco respeto tienen por el ciudadano.

¿Y el problema qué?

Arnulfo Basto sostiene que hay dos razones que explican la desaparición de casas históricas. La primera es la limitada voluntad política, pues a su juicio la administración municipal no está ejerciendo la función constitucional que tienen tanto el Alcalde como el Concejo para proteger dichos bienes.

La segunda es el elevado índice de construcción de la ciudad. Según cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), Bucaramanga y su área metropolitana es la tercera zona del país donde más se construye luego de Bogotá y Medellín, con un total de más 18 mil viviendas nuevas, y con un incremento cada vez más notorio de las licencias de construcción. Esto se relaciona con “la destrucción del escaso casco histórico bumangués”, dice Basto, debido a la escasez de terrenos en la ciudad, la facilidad de compra de lotes en sectores antiguos y el casi nulo avance en la declaratoria de bienes de interés histórico.

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Entre las más recientes demoliciones de casas históricas está la que perteneció a Nepomuceno Cartagena, construida en 1958 sobre la carrera 27. Foto: Miguel Reina. Foto

“Esto va en detrimento de la misma ciudad, del urbanismo que distinguió a Bucaramanga”, apunta Basto. El Vigía considera que esta realidad es producto de la improvisación en la construcción, que en muchos casos obedece a intereses políticos. Por eso considera que de no existir los instrumentos, la declaratoria de protección, la responsabilidad de las administraciones y una conciencia colectiva sobre el valor histórico de estos bienes, el declive del patrimonio es inevitable.

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La acelerada construcción en la ciudad ha dejado atrás una Bucaramanga caracterizada por barrios de casas; a una de hileras de apartamentos. Foto Miguel Reina. Foto

“El legado histórico debemos conservarlo para nuestro disfrute y, sobre todo, el de futuras generaciones. ¿Qué les vamos a dejar?”, cuestiona Basto. “Cuando uno entra a una casa antigua se transporta inmediatamente a la época, se reencuentra con el pasado y siente que este le habla. Esas son cosas que no deberían desaparecer por la cada vez mayor amenaza de destrucción a estos bienes”, concluye.

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Así lucía el Teatro Garnica que entre la décadas de 1920 y 1990 funcionó en la carrera 17 entre calles 33 y 34 hasta cuando fue demolido para construir allí un centro comercial. Foto tomada de la colección personal de Edmundo Gavassa. Foto

De antiguas casas como las de Carlos J. Meyer y Alberto Díaz Soler, en el barrio Sotomayor, o la de la familia Lubinus en el Centro, donde por buen tiempo funcionó Radio Bucaramanga y hoy está el edificio Colseguros, sólo queda la memoria de los más antiguos habitantes o los archivos fotográficos. Lo mismo está a punto de suceder con la casa que está frente al colegio San Pedro Claver, en el barrio Nuevo Sotomayor, o en la que se ubica la Incubadora Santander, en plena carrera 27, que ya dan sus últimos ‘respiros’ mientras esperan el aval de la curaduría para su demolición.

Mientras tanto, las pocas que aún quedan en pie sobre la Avenida González Valencia y en los barrios Sotomayor, Bolarquí, San Francisco, La Aurora, San Alonso y La Universidad se sostienen fuertes y resistentes frente al acelerado boom de su destrucción. El patrimonio es algo que heredamos del pasado, que nos dice quiénes somos y de dónde venimos, y ahí radica su importancia: destruir lo poco que aún nos queda es socavar nuestra identidad como bumangueses.

[FOTO 8]: Un atentado contra la historia
La Iglesia San Laureano hace parte del patrimonio arquitectónico de la ciudad. Foto Miguel Reina. Foto

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