Desempleo, el espejo en el que se refleja la pobreza

Publicado en Edición 43 | Martes 14, de Abril de 2015 | Actualizado el Martes, 14 de Abril de 2015

Son miles de santandereanos quienes aún teniendo títulos en educación superior se enfrentan a diversas barreras al momento de emplearse. Otros que no cuentan con esta suerte se ven en la necesidad de buscar alternativas informales de trabajo que no son bien remuneradas.

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Santander ha recibido por años población vulnerable producto del conflicto o desastres naturales. Las posibilidades de trabajo para ellos son reducidas si se tiene en cuenta que incluso profesionales aseguran que las oportunidades son escasas. Collage: Paola Henao Foto

Santander tiene alrededor de un millón 957 mil habitantes, de los cuales 389 mil viven en pobreza monetaria, es decir, están en un nivel de bienestar económico menor a lo mínimo establecido.  Los datos suministrados por el Departamento Nacional de Estadística (Dane) advierten que un hogar compuesto por cuatro personas es considerado pobre si su ingreso es inferior a los 845 mil pesos mensuales. La situación de pobreza extrema está declarada para familias que con los mismos integrantes o más, tienen ingresos al mes de 337 mil pesos.

Las entidades que se encargan de regular y controlar la estrategia contra la pobreza en Colombia  son el Departamento para la Prosperidad Social (DPS), la Agencia Nacional para la Superación de la pobreza extrema (Anspe) y Red Unidos, liderados por la Presidencia de la República.

Red Unidos es una estrategia del Gobierno Nacional apoyada por las gobernaciones y municipios, y tiene como fin acompañar a las familias más vulnerables de Colombia para la superación de la condición de pobreza extrema y exclusión, en alianza con entes territoriales, instituciones del gobierno, organizaciones sociales y el sector privado.

El empleo es la principal herramienta para que estas familias superen la condición de pobreza. Según informes de la Cámara de Comercio, en agosto de 2014 en la región había 74 mil empresas activas. En el mismo mes, mil 329 empresas fueron matriculadas y hasta el 20 septiembre 725 nuevas empresas fueron creadas. La fundación de una empresa propia es un arma fundamental que los santandereanos escogieron para luchar en contra del desempleo.

Plataforma presenta relatos de varias personas que evidencian las realidades sobre el empleo en la región:

Sobrevivir con el salario mínimo

Nuria Hernández es madre cabeza de familia. Tiene tres hijos y durante los últimos 20 años ha sobrevivido con un salario mínimo que se gana en el oficio de la zapatería.

En un asentamiento de Floridablanca, Nuria Hernández arrendó una habitación que no tiene más de nueve metros cuadrados. Allí tiene un clóset y dos camas donde duerme junto a sus tres hijos. Ella es una mujer de avanzada edad y todos los días se despierta a las cuatro de la mañana para preparar el desayuno y comenzar su jornada laboral. En un garaje del barrio Zapamanga, también en Floridablanca, realiza tareas de zapatería como cortar suelas o pegar plantillas.

Mientras Hernández trabaja, sus tres hijos tienen que caminar por lo menos seis kilómetros para llegar al colegio, pues el dinero no alcanza para pagar el pasaje del transporte público. Su mamá solo gana el salario mínimo. En la zapatería no la tienen afiliada a la seguridad social y aunque esto es una desventaja en caso de sufrir un accidente, ella asegura estar ‘agradecida’ porque le llegan unos pesos de más que le sirven para el sostenimiento de su hogar.

Sin embargo, el dinero nunca es suficiente. Los únicos productos que pueden consumir, por su costo accesible, son panela, mazapán, arroz y granos. “El desayuno en un día normal es una aguapanelita con una arepita y muy de vez en cuando aguapanela con leche (el desayuno es igual a la comida). Pero ese gusto no nos lo podemos dar muy seguido. Gracias a Dios mis hijos entienden. Al almuerzo ellos son felices con tal de que día de por medio les intercambie arroz y  frijoles, y arroz y  arvejas. Para el jugo, el frutiño es la mejor opción”, cuenta Hernández con una sonrisa triste, que quizá es la misma de sus hijos.

La necesidad tiene cara de rebusque

La falta de oportunidades laborales ha llevado a muchos habitantes a rebuscarse la vida en trabajos informales como vendedores ambulantes, lustrabotas, malabaristas y artistas musicales callejeros.

Todos los días desde las seis de la mañana un simpático personaje sale de su humilde casa en el barrio San Antonio, de Piedecuesta, y se dirige al lugar donde pasará las siguientes seis horas del día sentado en una banca y acompañado por una gran multitud de palomas.

[FOTO 2]: Desempleo, el espejo en el que se refleja la pobreza
Agustín Gamboa. Foto Katherine Silva Foto

Es Agustín Gamboa, un señor de 81 años, que lleva al parque una báscula como instrumento de trabajo. Por su uso cobra 200 pesos a las personas que deseen conocer su peso corporal. Cuando tiene suerte en las seis horas que espera sentado a algún cliente, logra recaudar 3 mil 500 pesos, solo la cuota para desayunar. A su avanzada edad Gamboa decidió recurrir a esta opción ya que “no pude volver a trabajar en una finca en el municipio del Playón porque enfermé y después que me operaron de las  rodillas, se me dificultó seguir realizando las labores pesadas del campo”, cuenta Agustín, entristecido por la situación en la que vive.

Otra es la historia de Graciela Guerrero, de 54 años, que pese a las adversidades siempre tiene una sonrisa. Ella es vendedora ambulante desde hace cinco años en un puesto en el que vende chance, tinto y un gran variedad de caramelos en una mesa que transporta sobre un coche de bebé y que ubica todos los días en la calle 56 con carrera 15, cerca a Sanandresito La Isla.

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Graciela Guerrero. Foto Katherine Silva Foto

Guerrero llegó hace varios años a Bucaramanga con el sueño de montar un restaurante pero hasta el momento no ha podido lograrlo. Su esposo enfermó y junto con un hijo ha tenido que trabajar duro para pagar los servicios, la alimentación y otros gastos como transporte. “Le doy gracias a Dios porque cuando termino mi jornada de trabajo puedo llegar a la casa y no pasar la noche en la calle con mi familia como muchas personas que conozco”, afirma Graciela.

En el centro de la ciudad y detrás de unos lustrados zapatos de algún personaje de la vida pública se encuentra el complejo trabajo de un joven hombre muy tímido, forjado en tierras chucureñas y que buscando empleo puso un pie en la capital santandereana. Todos los días Alexander Jaimes comienza un viaje agotador desde su casa situada en el barrio Nuevo Girón hacia su destino final, el Parque Santander, donde trabaja desde hace cinco años lustrando los zapatos de muchas personas que requieren de sus servicios.

Con tan solo siete años de edad, ya trabajaba en zapaterías haciendo cualquier labor que en esta se le ordenaba, pues su propósito era ganar algo de dinero y así contribuir al sustento del hogar. En la actualidad esa responsabilidad sigue siendo el motor que lo mantiene en pie para soportar jornadas extenuantes de trabajo, dice Jaimes.

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Alexánder Jaimes. Foto Katherine Silva Foto

Aunque al principio tuvo problemas como muchos del gremio de los lustrabotas para ejercer su oficio, con el apoyo de empresarios y de una tutela logró seguir lustrando zapatos en las calles y parques de la ciudad. Su única herencia es la silla de lustrar que le dejó su padre. Así pasa todos los días este hombre de 28 años a la espera de que alguien se acerque a solicitar los servicios de sus manos guerreras.

Según datos del Dane, cerca del 50 por ciento de las personas en Santander que son aptas para trabajar están en la informalidad. Esto quiere decir que por lo menos 975 mil personas trabajan bajo esta modalidad.

Gente muy preparada pero rechazada por su edad

Con gran cantidad de diplomados y una especialización en su hoja de vida, Josefina Almeida* tuvo la necesidad de ejercer labores alternativas a su profesión por no encontrar empleo. En varias puertas que tocó la rechazaron argumentando que no era apta por su edad.

Almeida es administradora de empresas, especialista en gestión humana y tiene diplomados en recursos humanos y alta gerencia. Tiene 55 años y pese a sus títulos hace parte de los 2 mil 243 colombianos que, según datos del Banco de la República, han tenido que desempeñar otras labores diferentes a las de su profesión ya que las empresas le negaron la oportunidad por su edad o falta de experiencia.

“No importa cuánto tiempo y dinero se inviertan en una carrera o especialización. Así de sencillo, si cumple más de 25 años en la empresa o alcanza la edad de 50 años dentro de ella, ya es excusa suficiente para que los directivos lo retiren a uno del cargo”, relata Almeida, quien fue despedida de una empresa después de haber trabajado durante casi diez años consecutivos en ella. Cuando eso ocurrió tenía 50 años de edad.

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Josefina Almeida. Foto Ana Díaz Foto

Una vez fue despedida Almeida tuvo que acudir a ser digitadora, secretaria, administradora de un local y vendedora de catálogo para sostenerse. Aunque es una mujer soltera las cuentas no paraban de llegar. "En vista de mis obligaciones personales me vi en la necesidad de rebuscarme un salario sin importar los títulos profesionales con los que ya contaba”, agrega.

Almeida tardó dos años en conseguir un nuevo empleo pero no fue fácil. Logró un cupo en una empresa porque un familiar le cedió el cargo. A pesar de las dificultades, sigue capacitándose. En la actualidad cuenta con más de 40 cursos de actualización y estudia sobre Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF).

“Es que hay que estar en constante cambio. Pues si uno no cambia, lo cambian a uno”, reitera. El problema para estas personas es que después de trabajar muchos años en una misma empresa les cancelan sus contratos justo cuando están cerca de la edad de pensión.

El 16 de mayo de 2013 el Ministerio de Trabajo anunció que ofrecería una iniciativa para darles garantías a personas que estén a punto de pensionarse. Según el decreto expedido el 17 de octubre de 2014, se trata de un ahorro programado voluntario de manera que cuando la persona se pensione, obtendrá un 20 por ciento adicional a lo que ya ha ahorrado. Esto, que se conocerá como Beneficios Económicos Periódicos (Beps) representará un apoyo económico mensual.

Sin embargo, aún no existe una norma que garantice seguridad laboral y económica a estos empleados que están sobre el borde de la pensión.

Con sus 55 años de edad, Almeida continúa trabajando para recuperarse económicamente y para complementar su salario de pensión.

Pese a que el decreto establecido el pasado 17 de octubre de 2014 no beneficia de ninguna manera a Almeida, ella disfruta de su actual vida como pensionada sin revivir los obstáculos que en un pasado tuvo que sentir.

Egresados que trabajan en otras áreas

En el departamento varios egresados aceptan trabajos alternativos por la falta de oportunidades. Un técnico empresarial decidió conducir un taxi para sobrevivir.

Nicolás Palacio Delgado es técnico y profesional en gestión empresarial. Tiene 48 años pero en los trabajos que consiguió con su título sólo le pagaban el salario mínimo y este dinero no era suficiente para sostener a su familia que está integrada por su esposa y tres hijas. Por lo menos él necesita 2 millones 800 mil pesos para pagar arriendo, servicios, alimentación y los gastos de la universidad.

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Palacio trabaja aproximadamente diez horas diarias en el taxi para poder sustentar a su familia. Foto Natalia Gómez Foto

“Manejar un taxi es más rentable que ejercer como profesional”, señala Palacio, quien en lugar de cerrar grandes negocios o estar a cargo de una empresa, ahora está pendiente de que un peatón le haga señas en la calle y tome su servicio. Palacio conduce al día entre nueve y diez horas, que le dan una ganancia aproximada de 190 mil pesos. Pero en la realidad este dinero no lo recibe completo, pues el taxi no es de su propiedad y por ello debe pagar una cuota por su uso de 75 mil pesos por día, entregar el vehículo lavado sin contar los 40 mil pesos de gasolina. Al final, lo que le queda en promedio son entre 70 y 80 mil pesos.

Además este trabajo no le genera garantías pues no está afiliado al sistema de seguridad social y por la norma del pico y placa, un día a la semana no puede producir lo del diario. A pesar de todas las dificultades que se le presentan es de esta forma como sostiene a su familia.

La situación de Palacio es similar a la de muchos colombianos que no llegan a cumplir sus expectativas laborales debido a la poca posibilidad de empleo en sus áreas de conocimiento. Los profesionales se ven obligados a buscar otras oportunidades de trabajo como subempleados.

*Nombre cambiado por petición de la entrevistada.  

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