Un recuerdo en la piel

Publicado en Revista | Miércoles 14, de Diciembre de 2016 | Actualizado el Miércoles, 14 de Diciembre de 2016

Moda, identidad, rebeldía, influencia, gusto, madurez, cultura, pasión, espiritualidad, recuerdo, creencia, curiosidad o sentido de pertenencia son sólo algunas de las razones para quien decide tatuarse, una práctica que poco a poco es más común en las sociedades del mundo. 

[FOTO 1]: Un recuerdo en la piel
Gustavo Gómez en la feria internacional de tatuajes “Bucarafest Tattoo” que organiza año tras año desde 2012 en Neomundo Bucaramanga. Foto: suministrada por Gustavo Gómez. Foto

Sencillo, espiritual, organizado… Así es Gustavo Gómez, un apasionado tatuador bumangués de 42 años, quien se considera profesional en este arte y lleva 16 años viviendo del mismo. A Gustavo ser tatuador le ha dado todo, lo ayudó a crecer como persona, le ha permitido conocer el mundo e incluso tener una familia estable. “He conseguido muchas cosas que con otra profesión sé que sería más difícil, un tatuador puede vivir como quiere, sin tanta monotonía como en otras profesiones… le llamo ahorita la profesión de moda, los muchachos ven eso y se motivan”, expresa.

Como un fiel amante y defensor de lo que hace, Gustavo tiene sus brazos completamente tatuados y una barba que contrasta con su organizada personalidad. No es alto, ni mono, ni de ojos claros, pero tiene la gracia de la juventud a pesar de estar pisando ya el “cuarto piso”.

Su lugar de trabajo “Skin Art Tattoo”, en la calle 56 con 34 de Bucaramanga, es pequeño pero cómodo y muy organizado. Entrando a la derecha está un mostrador de vidrio donde pueden observarse piercings, tintas de distintos colores y otros materiales importados de Estados Unidos y Alemania; a la izquierda, una mesa con revistas locales e internacionales especializadas en modelos de tatuajes para sus clientes, eventos en diversos lugares y propagandas de otros locales; al fondo, se observa una puerta negra que conduce a la sala donde la “magia” ocurre. Un local sin más ni menos que lo necesario.

En Colombia, ser tatuador no es considerado como una profesión, “no existen academias avaladas por el Ministerio de Educación… Sí hay asociaciones mundiales de tatuajes como la Association Profesional Tattoo (APT), pero acá en Colombia, en Bogotá, solo conozco a alguien que ha estudiado pintura, arte y ahora da un taller de tatuajes con el deseo de ser reconocido como una opción educacional legalmente constituida”, expresa Gustavo.

[FOTO 2]: Un recuerdo en la piel
Tatuadores nacionales e internacionales en el Cuarto Encuentro del Bucarafest Tattoo. Foto: suministrada por Gustavo Gómez. Foto

Entre tantas anécdotas que se le vienen a su cabeza, Gustavo recuerda una en especial: “un amigo quería entrar a la Marina y no podía por tener un tatuaje en el brazo, él por el afán se hizo una operación de injerto de piel, le cortaron la zona donde estaba el tatuaje y le pegaron piel de la entrepierna. La cosa no le salió bien, la nueva piel se le endureció como una piedra, al hombre no lo aceptaron en la Marina [se le veía muy extraño eso, le dijeron] y terminó en el local para tapárselo con otro tatuaje. El chiste le costó aproximadamente 20 millones de pesos”.

El proceso para quien tatúa es creación, arte y goce, un instante que requiere mucha disciplina porque cualquier error puede ser fatal. Por el contrario, el que se marca no goza mucho el momento. La gente tatuada suele referirse al impacto de las agujas “como una sensación de indescriptible dolor”, sin embargo, este es insignificante cuando el deseo es mayor. El mismo Gustavo Gómez cree que no se compara con ninguna otra cosa.

Rompiendo tabúes

Tres mujeres, una señora de 45, una adolescente de 18 y una niña de 14 años, denuncian que han sido atacadas por un total desconocido. Al atacante lo describen como bajo, delgado, trigueño y con tatuajes en un brazo, pecho y pierna. Estas eran las únicas pistas que tenían los patrulleros de Bucaramanga para dar con el delincuente, estas serían las señales que permitirían su captura mientras caminaba campante por una calle del barrio Campestre Norte, en Colorados. A alias ‘el pito fumón’ lo delataron sus tatuajes, pero estos no lo convirtieron en el delincuente que es.

[FOTO 3]: Un recuerdo en la piel
El médico patólogo japonés Masaishi Fukushi trabaja en la conservación de las pieles tatuadas de los Yakuza, para exhibirlas como artes en varios museos del país. Foto: tomada de Internet. Foto

Omar Mateen pasaría a la historia en la madrugada del 12 de junio de 2016, luego de asesinar a 49 personas y herir a otras 53, en la discoteca gay Pulse de la ciudad de Orlando, Florida, en Estados Unidos. Omar Mateen o como lo llamarían los medios, “el asesino de Orlando” no tenía ni un solo tatuaje y es el autor del ataque mortal más grande contra la comunidad Lgbt, conformada por lesbianas, gays, bisexuales y transexuales.

Para unos es un arte milenario digno de admiración. Para otros, en pleno Siglo XXI sigue siendo motivo de rechazo y estigmatización. En Japón todavía discriminan a las personas con tatuajes, el motivo es que la tradición de llevar estas marcas en la piel corresponde a la cultura del grupo criminal más temido del país, los Yakuza.

En muchos espacios como cárceles o barrios marginales de Honduras, México y Estados Unidos, los tatuajes representan la pertenencia a grupos delincuenciales, simbología nazi, anti-nazi, calaveras, nombres de pandillas, de líderes o lo que sea para alejar al enemigo sin siquiera mirarlo.

James Rodríguez, Mariana Pajón, Angelina Jolie o Guillermo Prieto “Pirry” tienen en común que por lo menos por un año no pudieron donar sangre y tuvieron que seguir otras precauciones de bioseguridad como no tomar alcohol, usar bloqueador solar y humectar con cremas especiales las zonas donde se tatuaron.

Todos profesionales renombrados, algunos deportistas de alto rendimiento, otras actrices íconos del mundo moderno o periodistas comprometidos con el cambio de sus sociedades; y es que, a pesar de lo malo, las sociedades en el mundo están cambiando el rechazo por aceptación, militares, policías, bomberos, profesores, ingenieros, abogados, doctores, ya no hay profesión que escape de esta corriente artística que no pasa de moda tras miles de años.

Aída Martínez, docente de semiología, catedrática de la Universidad Pontificia Bolivariana, Seccional Bucaramanga, considera que el ser humano tiene la necesidad de proyectar sus pensamientos, pasiones, creencias, y hasta una dimensión artística innata que muchas veces se esconde al caer en la vida rutinaria. “Los jóvenes se tatúan y no entienden ni por qué”, dice Martínez, explicando que la sociedad colombiana aún no está lista para aceptar esta nueva cultura. Aunque la semióloga no tiene marcada su piel, dice que de hacerse uno “me haría una flor en el antebrazo o algo que tenga que ver con la naturaleza”, apunta con picardía.   

“… los tatuajes son el recordatorio de un pensamiento o hecho que envejece con las personas y queda para toda la vida”: Gustavo Gómez, tatuador.

Gustavo Gómez, quien es una autoridad en el gremio de los tatuajes, dice recordar siempre a sus clientes lo importante que es hacerse uno. “Es por eso que no hago nada satánico, nada nazi, no tatúo menores de edad sin autorización de los padres, ni borrachos que al otro día se arrepientan, aliento a que el diseño sea representativo y no banal, nada hecho por moda, ni esas cosas”, dice.  Aunque los tatuajes no son para toda la vida, la técnica de eliminación de tatuajes con láser es 99.9 por ciento efectiva y bastante costosa.

Para tatuar hay una serie de pasos, que se siguen siempre con la misma meticulosidad y respeto. El artista bosqueja el diseño que acordó con su cliente, descontamina y ambienta el espacio, Gustavo lo hace con esencias y musiquita de Pink Floyd, invita al cliente a sentarse en una silla grande y reclinable, saca del empaque sellado las agujas completamente nuevas que pronto atravesarán con tinta la piel del atrevido y espera amablemente un gesto de aprobación en el rostro del otro para empezar a ‘torturar’, o sea, trabajar.

El proceso es charlado, de risas y uno que otro quejido, mientras tatúa, Gustavo no aparta los ojos del bosquejo y las líneas que repisa una y otra vez para dar solidez a la pieza. Un diseño grande puede tardar horas, e incluso días y hasta meses o años. Eso depende de la plata, la disponibilidad de tiempo, la tolerancia al dolor o el cansancio.

El dolor, el sacrificio, la valentía y la paciencia envuelven el espacio en una atmósfera sagrada cargada de significados ancestrales propios de la cultura humana, que de hemisferio a hemisferio han marcado sus pieles por miles de años.

Muchas personas aman los tatuajes, pero no se tatúan por el miedo al “qué dirán”, por no dar “mal ejemplo” a sus hijos, por asegurar un empleo o por el simple miedo a las agujas. Sin embargo, superan estos obstáculos y sus tatuajes representan un cambio personal. Así les sucedió a unos clientes de Gustavo, una pareja que decidió tatuarse por primera vez a sus 65 años de edad. El dibujo que eligieron fue un águila, él se lo tatuó en el pecho y ella en el glúteo. Una reafirmación de amor, un lazo que los unirá para toda la vida.

Gustavo no se cansa de recordar y contar historias, pero, esa última en particular parecía más ficción que realidad. Al no entender el sentido de un tatuaje en la vejez, le preguntamos:

-          Gustavo, ¿a esa edad ya para qué tatuarse?

+     Eso es lo lindo de los tatuajes, son el recordatorio de un pensamiento o hecho que envejece con las personas y queda para toda la vida, respondió.

[FOTO 4]: Un recuerdo en la piel
El evento “Bucarafest International Tattoo Festival” en su sexta versión continúa haciendo historia en la “Ciudad Bonita”. Foto suministrada. Foto

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